Piratas del Caribe: El Libro del Destino -Fanfic- Capítulo 7: Un Baile de Máscaras Lleno de Sorpresas
(Esta imagen fue realizada con IA)
Resumen de la saga: Piratas del Caribe es una saga de aventuras fantásticas centrada en el excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). La trama principal sigue sus esfuerzos por recuperar su barco, el Perla Negra, enfrentándose a maldiciones sobrenaturales, piratas fantasmales (Capitán Barbossa, Davy Jones), monstruos marinos y la Marina Real británica en el Caribe del siglo XVIII.
Argumento: Jack y Jacky se separaron! ahora son 2! un hombre y una mujer! Doble problemas para todos! Lograrán cambiar sus destinos y el de los demás? Continuación de La Maldición del Anillo de la Calavera. James y Jacky pasan su primera noche juntos...¿pero será la última? ¡Tiene de todo! Advertencia: esta historia tiene escenas subidas de tono que estarán censuradas en este blog pero con la posibilidad de leerlas en otro blog redirigido.
Género: aventura, drama, acción, fantasía, humor
Personajes: los principales e inventados
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: 384,335
Duración: 57 capítulos
Estado: completo
Año de publicación: 2007-2009 (Iniciado el 31 de Octubre del 2007 y finalizado el 17 de Mayo del 2009)
Primera Publicación: Fanfiction
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada tanto por el anime, los dramas asiáticos y la literatura universal. Me gusta hacer pasar a los personajes por duras pruebas. ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores!
SEGUNDA PARTE: NO TODO LO QUE SE PLANEA SALE BIEN
Capítulo 7: Un Baile de Máscaras Lleno de Sorpresas
La noche había resultado magnífica para la celebración del compromiso de Elizabeth; cientos de estrellas titilaban sobre el cielo azul abovedado dando la bienvenida a los invitados; una brisa fresca soplaba sobre la región habitada de Port Royal y el clima caluroso de verano se hacía menos intenso, permitiendo así que los invitados asistieran con sus mejores trajes de gala.
Toda la gente en la ciudad sabía sobre el motivo del baile celebrado por la hija del gobernador Swann, todo el mundo sabía que ella se casaría con William Turner, un joven y modesto muchacho que trabajaba hábilmente como herrero del pueblo y armero de la milicia. Claro que aquello había sorprendido un poco a los que estaban al corriente de aquella relación y sorprendido bastante a otros que habían creído firmemente que la joven y hermosa Elizabeth Swann se casaría con el respetado comodoro James Norrington. Tanto mujeres como hombres tenían una opinión diferente respecto al sorprendente resultado de la efímera relación. Algunas decían un tanto envidiosas: "Hizo muy bien, el joven herrero era mucho más apuesto que el comodoro"; "¡Pero el comodoro Norrington tiene mucha mejor posición social que él¡Una buena paga!" decían otras que pensaban más en la posición social que el amor. "Ese William se salió con la suya, el arrogante de Norrington tuvo lo que se merecía" decían otros a quienes jamás les había caído simpático el oficial. "Esa mujer es una cualquiera, el comodoro Norrington bien puede conseguirse algo mejor" decían los que estimaban al oficial. Pero no importaban demasiado las habladurías de todos los que habitaban el pueblo, Elizabeth era dichosa y Will estaba más feliz que nunca.
Tanto él, Elizabeth y su padre, estaban encantadoramente arreglados para recibir a los invitados que comenzaron a llegar a partir de las siete de la noche. Elizabeth llevaba un precioso vestido de seda color durazno lleno de lazos, vuelos y encajes, era la última moda parisiense, también llevaba un antifaz blanco perlado y unas hermosas flores blancas sobre sus rubios cabellos recogidos. Will vestía un fino traje azul adornado con botones y bordes dorados, camisa y medias blancas, zapatos negros al igual que el lazo que ataba su liso cabello castaño; tenía puesto un sencillo antifaz negro. El gobernador Weathervy Swann, mucho más señorial que los dos anteriores, llevaba un fino traje de terciopelo gris oscuro adornado con bordes y botones dorados, camisa y medias de seda blancos, zapatos negros de charol, peluquín níveo muy bien cepillado y atado con un moño del mismo color que su casaca; su duro antifaz forrado de terciopelo negro tenía un manguito en uno de sus costados para que su dueño lo tomara elegantemente con la mano. A pesar de que su querida hija iba a terminar casándose con un "don nadie", se encontraba tremendamente feliz al verla llena de júbilo por el anuncio de su compromiso; claro que él hubiera deseado algo mejor para su hija, pero si ella consideraba que iba a ser feliz con un simple armero, pues, bendecía su unión y les deseaba lo mejor.
A medida que los invitados llegaban y entraban por la puerta principal del gran salón de baile, se maravillaban con lo que veían: enormes y elegantes candeleros de techo alumbraban la suntuosa habitación, largas cortinas rojas de seda color bermellón cubrían los grandes ventanales, las paredes de suaves tonos pasteles estaban adornadas con elegantes cuadros de elaborados marcos dorados, altas columnas renacentistas se encontraban proporcionalmente repartidas por todo el salón, hermosos jarrones con bellísimas flores se encontraban en lugares estratégicos a lo largo de las cuatro paredes; al fondo en el lado izquierdo, había una especie de plataforma escalonada lo suficientemente grande como para albergar a toda una sinfónica, que en esos momentos se encontraba tocando sus instrumentos interpretando las piezas más de moda en ese entonces. En la pared derecha, una larga mesa ofrecía una buena cantidad y variedad de platos y bebidas para comensales de paladares exigentes. Todo aquello era una maravilla, todo estaba hecho para terminar de la mejor forma sin que ningún desagradable incidente les echara a perder la noche tanto a los anfitriones como a los invitados, pero, con los dos capitanes Sparrow muy cerca de allí, era algo muy difícil de hacerse realidad.
Grande fue la sorpresa de Will y Elizabeth cuando vieron llegar bastante tarde al comodoro Norrington con el doctor Jacobson y una desconocida en vez del almirante Jacobson, pues, con la presencia de éste último, el baile se iba a tornar muy prestigioso. Luego de los infaltables saludos, la joven Swann preguntó por el ausente.
—El almirante Jacobson lamenta mucho tener que rechazar tu invitación, Elizabeth —James comenzó a explicar—, pero le ha dado una terrible migraña esta mañana y se le ha hecho imposible asistir a tu baile de máscaras.
—¡Oh! Espero que se recupere pronto… —dijo la joven con evidente desencanto.
Antes de que la vieja institutriz de Norrington se presentara ante la joven pareja, Christian Jacobson se le adelantó:
—En su lugar le presento a madame Annete Foubert, es una fina dama muy distinguida de París que he tenido el placer de conocer gracias a James e invitarla a este feliz acontecimiento gracias a la repentina migraña de mi sobrino. Espero que no les moleste…
—¡Oh no! Es usted bienvenida a nuestra casa, madame Foubert —le dijo la muchacha con verdadera efusión. Al pobre Will no le gustó mucho aquello de "nuestra casa", puesto que aunque él estuviera comprometido con ella, no se sentía con el derecho ni la vanidad de sentirla como tal. ¡Él quería darle a su amada una casa que fuera completamente suya ganada con el sudor de su frente! No quería vivir de la caridad de su suegro, quería demostrarles a todos que él no se estaba por casar con Elizabeth por su dinero ni por su posición social, sino, por verdadero amor. Repentinamente, le llamó la atención que el comodoro Norrington y el doctor Jacobson lo estaban mirando fijamente, pero lo que no pudo deducir era en qué estaban pensando.
Más invitados llegaron en ese momento y la pareja tuvo que excusarse para ir a recibir a los recién llegados. James se les quedó mirando por un buen rato antes de suspirar con fastidio y dirigirse hacia la mesa de bebidas.
—¿A dónde va, señorito Norrington? —Annete le preguntó un tanto alarmada al verlo alejarse de ellos, pero el doctor le colocó suavemente la mano sobre su hombro y dijo con su habitual tranquilidad:
—Déjelo solo, Madame, esta fiesta de compromiso pudo haber sido suya.
La mujer lo miró por unos segundos, preocupada, luego miró hacia donde ahora se encontraba su antiguo pupilo y su preocupación se acentuó junto con una sensación de tristeza al verlo tomar una copa tras otra de brandy.
—James… —murmuró.
—No se preocupe, sólo déle un poco de tiempo, Annete. Él ha sufrido la pérdida de una persona a la que había amado con toda su alma… —miró al comodoro con una mirada casi distante, su voz parecía perderse en la lejanía de los recuerdos—, sólo el tiempo puede curar esa clase de herida…
Aquella última declaración llamó la atención de la mujer y lo miró detenidamente, preguntándose si Christian habría sufrido una experiencia semejante en el pasado. No lograba imaginarse al risueño y tranquilo doctor en un estado de aletargada tristeza.
De pronto, el hombre se volvió hacia ella con una gran sonrisa en el rostro y le preguntó:
—¿Me concede esta pieza, madame Foubert?
—¿Eh? —Tomada por sorpresa, la aludida miró con ojos grandes la mano tendida de quien la había invitado, como si aquellas dolientes palabras de hacía unos segundos no hubieran salido nunca de su boca. Orgullosa como era, Annete se repuso enseguida y decidió que no iba a ceder tan fácilmente al pedido de aquel caballero tan atrayente y simpático, ya que, después de todo, ella era una mujer y no podía resistir la tentación de hacerse de rogar al verse pretendida por un hombre como él.
—¡Oh! Es toda suya, monsieur Jacobson, disfrútela —le replicó con una sonrisa malvada mientras se cruzaba de brazos.
El doctor se quedó un tanto perplejo, pero enseguida se repuso y se dispuso a tener una batalla de astucia con su pretendida.
—Muchas gracias por su amabilidad, madame Foubert, pero me gustaría más compartir este baile con usted.
—Como usted quiera; puede elegir a su compañera de baile, yo elegiré al mío y así compartiremos esta magnifica pieza de baile.
—No me entendió usted, madame, me refiero a que ambos bailemos juntos.
—¿Bailar juntos? —lo miró de soslayo— ¿Y es usted un excelente bailarín, monsieur? Yo no bailo con cualquiera...
—Tan bueno que he llagado a ganar varios concursos, madame¿y usted?
—He enseñado en las academias de baile más prestigiosas, monsieur.
—¡Oh¡Eso suena magnífico¿Qué le parece entonces una comparación de habilidades? Veremos quién de los dos es mejor en el arte de la danza.
—Usted utiliza elegantes palabras para convencer a una dama, monsieur. Acepto su desafío con gran placer.
—No sabe lo mucho que me alegra oírle decir eso, madame —le dijo mientras se inclinaba respetuosamente ante ella y le ofrecía su brazo para que lo tomara.
Mientras los dos se dirigían hacia el centro del salón, ella murmuró sonriente:
—Tendrá que rendirse a mis pies en cuanto vea mi superioridad en el baile.
El doctor la miró significativamente.
—Ya estoy rendido a sus pies, madame.
—Tonterías —replicó la mujer con fingido desprecio pero sintiéndose alagada a la vez.
A todo eso, el comodoro James Norrington se encontraba muy entretenido bebiendo cada copa de alcohol que se le cruzaba frente a sus ojos, tratando en vano de ahogar sus penas y despechos. ¡Y pensar que aquella fiesta bien nomás podría haber sido en su honor y el de Elizabeth! Pero claro, tenía que interponerse en su camino aquel muchachito de cuento de hadas y arrebatarle a la joven…
Volvió a tomar un buen poco de ron, que resultó ser tan fuerte que lo hizo toser cuando sintió que le ardía la garganta.
Pero claro, aquel deseo irrealizado no era nada comparado con lo que ahora sentía con respecto a la pérdida de su amada Jacky… ¡Cómo se burlaban de él las personas que no lo querían! "Otra vez lo abandonaron" decían, "Ese muchachito Turner le dio su merecido por ser tan arrogante". Pero esas murmuraciones no eran peores que la de otros que sentían lástima por él: "¡Pobrecito, y tan bueno que es!" decían "Abandonado otra vez… ¡Está condenado a vivir solo todo el resto de su vida!" o "Que tonta es esa muchacha, decidió quedarse con un pobretón antes que un hombre de posición tan conveniente".
—Puras habladurías de viejas chismosas… —farfulló de muy mal humor mientras volvía a echarse otro poco de aquel líquido fuerte, luego, se quedó mirando al vacío, pensando.
—Los hombres buenos y honrados son unos patéticos perdedores… ¡Debería haber obligado a esas estúpidas a casarse conmigo! —exclamó furioso.
Se calló, asustado por sus propias palabras¿acaso él podía llegar a cometer cualquier locura con tal de realizar sus propósitos? Entonces, sin quererlo, las sabias palabras de aquella extraña pitonisa que había conocido algunos meses atrás vinieron a su memoria:
"Ten cuidado con la desesperación —le había advertido—-, tienes buen corazón, pero la desesperación te llevará a cometer errores con lo que tendrías que pagar con tu vida [… piensa bien en lo que vas a hacer…".
"¿Acaso puedo llegar a ser tan peligroso como para traicionar mis propios principios?" —Pensó con gran aflicción, mirando hacia el vacío con la mirada perdida—. "¿De qué sería yo capaz si lo perdiera todo?".
No se animó a contestar su propia pregunta, temeroso de su respuesta, de repente, una voz que le sonaba muy lejana lo volvió hacia el lugar en donde debía estar.
—Perdón¿cómo ha dicho, gobernador Swann? —logró preguntar mientras reordenaba sus pensamientos.
—Dije que aquella pareja es magnífica bailando —volvió a decir el aludido mientras tomaba un vaso de Whisky y miraba muy interesado hacia los bailarines—, es de las pocas que he visto bailar con tanta gracia… ¿Quiénes serán?
Norrington dirigió su vista hacia el centro del salón en donde danzaban alegremente las parejas enmascaradas; trajes multicolores se mezclaban con las elegantes y armoniosas melodías tocadas por las diestras manos de los integrantes de la sinfónica. Y en efecto, vio que un grupo de gente había formado un gran círculo en torno de la dichosa pareja de bailarines, que desplegaban sus maravillosas habilidades para la danza, dejando a todo el mundo pasmado ante tanta gracia y elegancia.
—Los conozco muy bien, gobernador Swann —contestó por fin el oficial—, son el doctor Christian Jacobson y madame Annete Foubert.
—¡Oh¿Entonces él es el tío del famoso almirante George Jacobson¡Hacía varios años que no lo veía! —comentó asombrado—. ¿Y qué pasó con su sobrino¿Ha venido al baile? —preguntó mientras miraba hacia todos lados tratando de visualizarlo.
—No ha podido venir, Señor, le ha dado una terrible jaqueca. Una migraña, creo yo.
—¡Oh! Es una pena escuchar eso… —murmuró desencantado, pues habría sido muy beneficioso para el compromiso de su hija anunciarlo frente a un personaje tan importante.
Pero se olvidó de ello en un instante, y se interesó una vez más en aquella elegante pareja que ya estaba por terminar de bailar aquel hermoso vals. Sus ojos brillaron ante la perspectiva que se le había presentado.
—Veo que ambos están muy enamorados uno del otro, hacen una magnífica pareja. ¿Quién es la dama?
—Ella fue mi institutriz cuando yo era un niño, ahora es el ama de llaves de mi familia… —Lo miró—. La estimamos mucho¿sabe? Es una excelente persona—. Miró hacia ellos otra vez y suspiró—. El señor Jacobson es el hombre perfecto para ella, solo espero que madame Foubert se de una oportunidad de ser feliz con él.
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Mientras tanto, afuera de la mansión de los Swann, un carruaje de alquiler se detuvo frente al enorme jardín que rodeaba la mencionada residencia. De él bajaron nuestros queridos y alocados protagonistas de esta historia: Jack y Jacky Sparrow. Jacky casi se cae el suelo al tropezar con la falda de su propio vestido cuando había comenzado a bajar por la escalerilla del carruaje, pero Jack pudo sostenerla a tiempo tomándola por la cintura.
—¡Epa¡Cuidado con tu valiosa mercancía, querida! Si te pasa algo, no lograremos engatusar al tonto de Norrington.
—¿Solamente eso se preocupa? —lo miró de soslayo haciéndose la ofendida—. ¡Pero que poco estimas a esta fina dama!
—¡Oh, vamos, hermanita! —la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. Sus rostros casi se tocaron—. Tú sabes muy bien que sin ti yo estaría perdido… ¿sabes?
—Y tú sabes muy bien que sin ti yo sería el verdadero capitán Jack Sparrow¿sabes? —y con una pícara sonrisa, la mujer pirata se desembarazó suavemente de los brazos de su "hermano" y se dirigió hacia el "cochero" del carruaje y le dijo:
—Abre bien los ojos, Gibbs, puede que tengamos que partir inmediatamente.
—¿Y por qué, mi capitana? —quiso saber el segundo al mando mientras se acomodaba el tricornio negro que tenía sobre su cabeza. Gibbs estaba vestido como el cochero del carruaje que había transportado a los Sparrow desde el puerto hacia la casa del gobernador. ¿De dónde había sacado esas ropas? Era fácil, bueno, fácil para ellos, pero no lo fue para el pobre cochero original del carruaje, a quien los tres piratas habían atrapado y despojado de sus pertenencias para dejarlo desnudo y abandonado en el puerto dentro de un barril de manzanas que estaba vacío.
—Por si nos descubren, Gibbs, por si nos descubren —aclaró el capitán Sparrow mientras le ofrecía su brazo a su contraparte femenina, quien lo aceptó gustosamente.
Mientras los veía alejarse por la senda que conducía hacia la mansión del gobernador, el contramaestre murmuró muy preocupado:
—Mejor me pongo a rezar para que no los descubran y no nos condenen a la horca…
Jack y Jacky iban caminando con exagerado contoneo a través de los jardines de los Swann, (algo que aumentaba aún más el aspecto extravagante de ambos), mascullando sus planes actuales y futuros de lo que podrían conseguir engañando al comodoro James Norrington. Claro está, que Jacky no quería aceptar que se moría de ganas de volver a ver a su "caballo-caballero".
—Norrington no tiene que saber de inmediato que estamos juntos, sino, va a sospechar que lo estamos engañando —comentó Jack indiferente ante los verdaderos pensamientos de su compañera.
Sobresaltada, pero reponiéndose en el acto, la aludida hizo como si nada la perturbara.
—No temas, hermanito, ya sabes que tanto tú como yo, somos excelentes actores. Muy pronto lo tendré entregado a mis brazos y hará todo lo que le pida sin importar nada más.
—¿Ah sí? —a Jack se le había ocurrido una estupenda e deshonesta idea—. ¿Y lo tendrías rendido en una semana?
—¡Por supuesto!
—¡Ah! Si tan segura estás¿qué te parece si hacemos una apuesta?
Jacky se detuvo de golpe y miró a su compañero con gran interés y curiosidad.
—¿Una apuesta¿Y de qué se trata?
Entonces, el capitán del Perla Negra se paró frente a ella un tanto inclinado y comenzó a revelarle su perversa apuesta.
—Escucha bien, hermanita, mi propuesta es esta: Si tú consigues que el comodoro Norrington nos permita piratear a gusto por todo el mar Caribe en el lapso de una semana, te entregaré el mando del Perla Negra.
—Interesante… ¿Y si no lo logro?
—Pues… —se acercó a ella con cara de perro en celo—, tendrás que entregarte a mí y pasar la noche más sensual de tu vida con el inigualable capitán Jack Sparrow… ¿Qué te parece¿Aceptas?
Antes de contestarle, la igualmente atrevida pirata, tomó a Jack por la solapa de su casaca y lo acercó bruscamente hacia ella.
—Déjame aclarar esto¿Tú dices que si Norrington se entrega a mí, tú me entregarás el Perla Negra y entonces yo no tendré que entregarme a ti, pero si Norrington no se entrega a mí, entonces yo tendré que entregarme a ti y tú no tendrás que entregarme al Perla Negra, no es así?
—Eeeh…, sí. Creo que eso fue lo que dije —contestó el capitán Jack Sparrow pestañeando algo confundido y meneando la cabeza.
—Verás cómo nos divertiremos, mi querida hermanita… —entonces se le acercó aún más, intentando besarla.
Jacky hizo el ademán de besarlo también, pero lo soltó bruscamente y le replicó con una amplia sonrisa:
—No te ilusiones tan rápido, hermanito, que aún no está nada dicho. Acepto la apuesta, puesto que voy a ganarla. —y comenzó a caminar muy contenta con su habitual contoneo con los brazos levantados. El capitán Sparrow la siguió con la mirada, una sonrisa perversa se dibujó en su rostro moreno.
—No te confíes tanto, hermanita, que aún no está nada dicho… Yo nunca apostaría mi querido Perla Negra si no estuviera seguro de ganar una apuesta —murmuró para luego empezar a seguirla hacia la gran casa, claro está, caminando de la misma manera que ella.
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Una vez que el doctor Christian Jacobson y Annete Foubert hubieran terminado de bailar, se dirigieron hacia donde se encontraban el comodoro James Norrington y el gobernador Weathervy Swann. Tanto los jóvenes como los adultos, los aplaudieron muy entusiasmados con semejante exhibición de baile.
—Es un enorme gusto volver a verlo después de tantos años, Christian. Es impresionante ver a una pareja como ustedes danzar de esa manera tan armoniosa y elegante —les dijo el gobernador en cuanto ellos se detuvieron frente a él.
—Lo mismo digo, Weathervy. Muchas gracias por tus halagos. ¡Hacía tanto tiempo que no bailaba con alguien tan ágil! —exclamó el doctor, más para Annete que para el gobernador. Y volviéndose hacia ella, le tomó delicadamente la mano y se la besó diciendo:
—Mis más sinceras gracias por haberme concedido esta pieza, mi querida dama, me ha hecho usted el hombre más feliz sobre la tierra. ¡Hacía tanto que no me sentía realmente vivo!
Colorada y bastante ofuscada por semejante demostración de cariño y devoción, el ama de llaves se quedó un momento en silencio antes de poder encontrar su perdida voz y contestarle.
—Exagera, monsieur Jacobson —trató de parecer lo más indiferente posible a pesar de que sentía que el corazón iba a salírsele del pecho por lo rápido que le latía—. Pero me parece que le he demostrado quién era el más hábil para el baile.
—De eso no hay duda, madame, usted me ha dejado sin palabras y me inclino ante su gracia. Me ha ganado sin duda alguna, y también mi corazón —y se inclinó graciosamente ante ella.
A pesar de la extraña máscara italiana que el doctor llevaba puesto, Annete sabía muy bien que una sonrisa burlona se asomaba en aquel rostro maduro pero hermoso. ¿Qué se traía entre manos aquel hombre¡Por supuesto que ella no estaba nada dispuesta a ceder ante sus evidentes demostraciones de amor! Si alguien iba a confesar su amor, esa persona tenía que ser Christian, no ella.
—¡Oh¡Ya basta de tonterías, monsieur Jacobson! —Exclamó con fingida coquetería e indiferencia—. ¿Por qué no hace una obra de caridad y me trae un postre?
No terminó de decir la oración, que el doctor enseguida se puso en camino para acatar su pedido. Con una sonrisa de satisfacción, Weathervy Swann declaró:
—¡Mi señora¡Usted ha conquistado plenamente el corazón de ese buen hombre¡La felicito! Ha hecho usted una magnífica elección. Le doy mi palabra que el doctor Christian Jacobson es una persona digna de amar y de ser amado, así que espero que usted le devuelva la felicidad, que una persona tan generosa como él, la haya perdido tan tristemente hace ya tanto tiempo.
Annete estaba estupefacta ante lo que acababa de escuchar.
—Perdón¿cómo dice? —preguntó muy intrigada.
—Pues verá, mi estimada señora… —carraspeó con afectación para darse más importancia—, supe por boca de su sobrino George Jacobson (no la del doctor Jacobson, ya que él jamás habla de su pasado), que nuestro buen doctor enviudó y perdió a sus pequeños hijos, a los que amaba muchísimo, en una terrible peste cuando era un muchacho. ¡Terrible¿No es así? Desde entonces, el señor Jacobson no se ha atrevido a amar con locura a otra mujer. Estuvo cerca de casarse con otra buena dama, pero rompió el compromiso al final. Nadie sabe muy bien el porqué, pero yo creo que tuvo miedo de revivir el pasado…
Annete y James lo observaron con interés, prestando toda su atención a las palabras del gobernador, quien estaba en su elemento como pez en el agua al tener tan interesada audiencia. Entonces, siguió contándoles sus propias ideas.
—Yo creo, señora, que usted ha logrado conquistarlo del todo y le ha devuelto buena parte de su alegría perdida; lo he notado por la forma en que él se comporta con usted… ¡Mis más grandes felicitaciones¡Usted es realmente afortunada¡Él es la persona más buena y desinteresada que he conocido en mi vida!
La ama de llaves no dijo nada, sólo se limitó a mirar hacia el pulido piso de mármol blanco, pensativa.
—¿Devolverle la felicidad? —Repitió James intrigado—Pero siempre lo he visto con una sonrisa en el rostro, nunca parece estar triste.
—¡Oh, comodoro Norrington¡Pero qué ingenuo es usted a veces! —Replicó el padre de Elizabeth con una sonrisa compasiva—El doctor Christian Jacobson de por sí es un hombre amable y feliz, (y muy fuerte, de eso no hay duda), jamás verá al buen doctor mostrarle una cara infeliz. ¡Está en su naturaleza!
James no replicó a eso, pero hubo una vez en que lo vio muy preocupado, terriblemente preocupado por Isabel cuando éste se había llevado a Jacky para entregarla a Beckett.
—¡Mire, mi afortunada señora¡Allí viene su príncipe azul! —exclamó radiante el gobernador.
Annete alzó la vista y, aterrorizada, lo vio aproximarse. Pero antes de que éste llegar con ellos, la asustada mujer salió huyendo de allí, dejando a los hombres muy consternados.
—¿Le ha ocurrido algo malo a madame Foubert? —preguntó el doctor muy preocupado.
—Creo que nuestro estimado gobernador habló de más, señor Jacobson —respondió un tanto indiferente el comodoro Norrington mientras se llevaba una copa de coñac a la boca. Weathervy lo miró significativamente.
Y sin decir una sola palabra más, el doctor le entregó a un sobresaltado gobernador el postre que le había traído a Annete y se fue detrás de ella para alcanzarla.
Mientras se comía el postre, el incorregible padre de Elizabeth no pudo evitar dar su opinión al respecto.
—Definitivamente, la ama… Y ella a él. No hay duda de eso.
—Pero no creo que ella le corresponda tan fácilmente, Señor —dijo Norrington con cierto menosprecio—, a ellas les gusta hacerse de rogar. Uno debería dejar de comportarse como un estúpido sentimental y obligarlas a acatar nuestros deseos.
Sorprendido y horrorizado por haber escuchado aquellas palabras tan frías proveniente de su oficial favorito, el gobernador Weathervy Swann se volvió hacia el comodoro y se lo reprochó seriamente.
—Espero, comodoro James Norrington, que lo que usted acaba de decir, sea fruto de su borrachera y no de su corazón.
James sonrió y se tomó otra copa de ron.
—No es el único en sorprenderse, Señor —se rió. Era una risa muy extraña—, pero es la pura verdad… ¿Importa ya eso?
Weathervy se sorprendió aún más, le llamó la atención que el dolor de corazón que había notado en su oficial, se había acentuado peligrosamente con la bebida, volviéndolo frío e insensible. Estuvo a punto de decirle algo, pero en ese mismo momento se le acercó uno de los fusileros y le comunicó algo alarmante al oído.
—¡¿Qué dice, soldado?! —exclamó muy sorprendido con los ojos completamente abiertos luego de haberlo escuchado—. ¡¿Hay una pareja de españoles que quieren presentarme sus respetos?!
A James se le cayó la copa de las manos al escuchar semejante noticia. ¿Cómo osaban un par de españoles poner el pie en territorio inglés¡Era inconcebible!
—Permítame ir con usted, Señor, hay que ser cautelosos —le dijo seriamente mientras lo tomaba del brazo.
Swann asintió un tanto asustado y nervioso, pensando en un sinfín de razones por la que los españoles estuvieran allí. Mientras se dirigían hacia el pequeño salón de recepción en donde la servidumbre los había instalado cómodamente, el soldado siguió hablándoles sobre los inesperados visitantes.
—Esa pareja, Señor, son un poco extraños.
—¿Por qué lo dice, soldado? —quiso saber su oficial al mando.
Frunciendo el entrecejo, el aludido respondió:
—Son demasiado extravagantes, Señor, casi hasta la vulgaridad.
—¿Han dado sus nombres y sus motivo por lo que se encuentran aquí?
—Sí, comodoro. Sus nombres son Juan y Juana de Los Gorriones, ambos son hermanos y dicen que quieren presentarle sus respetos al señor gobernador y proponerle un "negocio redondo".
—¿Ha dicho usted un "negocio redondo", soldado? —habló esta vez el gobernador, a quien le brillaron los ojillos bajo la máscara al escuchar aquellas interesantes palabras.
—Eso es lo que dijeron, Señor.
—¡Oh! Entonces no vienen como enemigos, sino como comerciantes. Despreocúpese, comodoro Norrington, no tiene nada que temer.
—Yo no estuviera tan seguro de eso, gobernador Swann —murmuró con preocupación mientras se quitaba el antifaz.
Mientras tanto, en la elegante sala de espera, los dos hermanos "comerciantes" estaban completamente dedicados a sus "negocios personales" tomando cualquier objeto pequeño que tenía cierto valor y guardándoselo apresuradamente en sus ropas antes de que su verdadero dueño apareciera. Era obvio suponer que los "hermanos" Sparrow no iban a perder aquella maravillosa oportunidad de robarle a tan importante personaje. Pero en cuanto sintieron varios pasos aproximárse por el pasillo, rápidamente los dos ladrones se sentaron "como al descuido" en un cómodo y elegante diván que se encontraba cerca de un gran ventanal, por si las dudas eran descubiertos y tenían que huir.
En cuanto el gobernador y el comodoro entraron al saloncito, se dieron cuenta que el soldado había sido muy acertado en sus descripciones, pues vieron en los recién llegados a personas muy poco distinguidas
Juan y Juana de Los Gorriones, al verlos entrar, se levantaron de inmediato de aquel cómodo asiento y se inclinaron exageradamente ante el gobernador Swann y el comodoro Norrington. Éstos notaron que los dos españoles tenían el rostro completamente empolvado y maquillado, aparte de las máscaras que llevaban puestas, como si no quisieran rebelar sus verdaderas identidades. Aquella situación puso en alerta máxima al comodoro James Norrington, y si no hubiera sido porque aquella mujer llamada Juana se le había quedado mirando como una tonta con la boca abierta, habría llamado a los soldados para que los detuvieran.
Y así era, pues la pobre pirata apenas pudo contener sus emociones al ver nuevamente al hombre con quien había compartido los momentos más "románticos" y extraños de su vida. Deteniéndose a sí misma para no lanzársele encima y comenzar a fastidiarlo, se dio cuenta de la profunda tristeza que demostraban sus ojos. ¿Acaso sería ella la culpable de semejante dolor¿Realmente él se había enamorado perdidamente de ella¿Sería posible?
"Jeh, jeh, jeh… —rió maquiavélicamente en su interior—, yo ganaré la apuesta, mi estimado hermanito, tengo al tonto de James comiendo mansamente de mi mano. ¡Recordarás esta noche como la noche en que el verdadero capitán Jack Sparrow te ganó el Perla Negra!"
Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron!
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