Piratas del Caribe: El Libro del Destino -Fanfic- Capítulo 6: Preparativos
(Esta imagen fue realizada con IA)
Resumen de la saga: Piratas del Caribe es una saga de aventuras fantásticas centrada en el excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). La trama principal sigue sus esfuerzos por recuperar su barco, el Perla Negra, enfrentándose a maldiciones sobrenaturales, piratas fantasmales (Capitán Barbossa, Davy Jones), monstruos marinos y la Marina Real británica en el Caribe del siglo XVIII.
Argumento: Jack y Jacky se separaron! ahora son 2! un hombre y una mujer! Doble problemas para todos! Lograrán cambiar sus destinos y el de los demás? Continuación de La Maldición del Anillo de la Calavera. James y Jacky pasan su primera noche juntos...¿pero será la última? ¡Tiene de todo! Advertencia: esta historia tiene escenas subidas de tono que estarán censuradas en este blog pero con la posibilidad de leerlas en otro blog redirigido.
Género: aventura, drama, acción, fantasía, humor
Personajes: los principales e inventados
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: 384,335
Duración: 57 capítulos
Estado: completo
Año de publicación: 2007-2009 (Iniciado el 31 de Octubre del 2007 y finalizado el 17 de Mayo del 2009)
Primera Publicación: Fanfiction
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada tanto por el anime, los dramas asiáticos y la literatura universal. Me gusta hacer pasar a los personajes por duras pruebas. ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores!
Capítulo 6: Preparativos
Los días pasaban, James y Billy avanzaban bastante rápido con sus lecciones de "Comunicación por Señas" gracias a que Madame Foubert era muy buena enseñando; además, la sola presencia de Norrington, animaba a Billy con sus estudios y éste había progresado muchísimo con su nuevo lenguaje. El mismo pequeño se daba cuenta de lo mucho que comenzaba a servirle sus nuevas habilidades, pues, para su sorpresa, ya podía mantener una conversación con su querido protector y eso lo hacía muy feliz. Paradójicamente, la manera en que agradeció al ama de llaves tanta "amabilidad" no fue exactamente lo que ella esperaba, pues el chico, travieso por naturaleza, le hacía las mil y un bromas pesadas. Un día le había echado engrudo a sus zapatos antes de que ella se despertara al amanecer, Madame se los puso y… casi vomitó por el asco que le causó aquella masa viscosa de harina y agua en sus esbeltos pies. Billy fue castigado severamente con limpiar el baño todos los días. En una tarde lluviosa, después de que Foubert le hubiera regañado por no hacer su tarea, Billy había logrado meter un montón de perros sucios y mojados a la habitación de la mujer, provocando tal desastre, que Annete tuvo que irse a dormir a la habitación del chico, donde ella lo mantuvo como a su esclavo personal haciendo todo lo que Annete le pedía a modo de castigo. Deseoso de venganza, el incorregible muchachito echó una buena cantidad de polvo de rábano picante a la sopa de la cena. Pero le salió el tiro por la culta, pues gracias a eso, todos los integrantes de la casa (incluyéndolo a él), enfermaron del estómago. Al día siguiente todos amanecieron sintiéndose bastante mal, pero justo cuando más necesitaban un doctor y no los remedios caseros de Madame Foubert, dos personas muy queridas por el comodoro James Norrington, llegaron de visita a su casa.
—¡George¡Doctor Jacobson¡Qué gusto volver a verlos! —saludó James alegremente mientras entraba por la puerta del salón y se dirigía hacia los recién llegados, quienes habían estado esperándolo después de que la doncella que los había hecho pasar fuera a darle la buena nueva al amo de la casa.
—También comparto tu alegría de vernos de nuevo, amigo mío —le dijo George tomando la mano que Norrington le tendía amistosamente. El sólo tacto de su piel, puso a Isabel un tanto nerviosa, pero logró contenerse para no sonrojarse y ponerse en evidencia.
—Doctor Jacobson, se lo ve tan bien como siempre¿cómo estuvo el viaje?
—Como todo viaje, joven James, tranquilamente aburrido —con una simpática sonrisa dirigida al comodoro, inclinó su cabeza a modo de saludo. El visitado respondió de igual manera.
El almirante George Jacobson se rió de buena gana.
—Creo que mi tío se ha aficionado demasiado a mis aventuras.
—No lo dudo —rió también James—, pero creo que los "peligros" que hay ahora en mi casa no son nada comparados a esas aventuras.
—¿A qué te refieres? —inquirió George extrañado.
—Bien, pues, una especie de "batalla" se ha organizado en mi hogar entre el pequeño Billy y mi vieja ama de llaves. Verás, los dos…, no se soportan.
—¿Te refieres al niño sordomudo que tomaste a tu cargo? Ya sabía que era un truhan —comentó con desaprobación.
—Bueno, no es toda su culpa… Lo que pasa es que mi ama de llaves no es muy fácil de tratar que digamos…
Apenas terminó de decir eso, que los tres escucharon a una mujer exclamar en voz alta por el corredor:
—¡No se corre por los pasillos, mocoso malcriado!
De repente, la puerta de la elegante sala se abrió y entró Billy tan de prisa como si estuviera persiguiéndole el mismo diablo, detrás de él entró Annete Foubert murmurando muy enojada y con pasos firmes y decididos:
—No sé para qué le levanto la voz a este niño si ni siquiera escucha los truenos más ruidosos… —inmediatamente se quedó muda y tiesa como un palo al darse súbitamente de frente con las visitas, Billy también se había sorprendido al ver al estoico almirante George Jacobson, a quien le guardaba bastante recelo.
Solamente bastaron unos segundos, pero las miradas del doctor Jacobson y Madame Foubert se cruzaron por un instante y ambos se quedaron inmediatamente prendados del uno al otro, pero como ella era tan orgullosa y él tan burlón, ninguno de los dos lo demostró a ojos vistas.
—Buenos días, me llamo Christian Jacobson —saludó rápidamente el doctor con su habitual calma—. Encantado de conocerla, señora…
—Mademoiselle sería lo correcto, Monsieur Jacobson, pero debido a mi edad correspondería llamarme Madame Foubert, Annete Foubert —replicó la elocuente ama de llaves.
—Pues yo preferiría llamarla Mademoiselle Foubert, sería lo correcto, mi querida Annete —le dedicó una radiante y hermosa sonrisa.
Sin comprender muy bien el porqué, la francesa se puso nerviosa y enseguida se puso a la defensiva.
—Monsieur Jacobson, veo que usted no es todo un caballero como lo aparenta, debería respetar los deseos de una dama; usted me llamará por Madame Foubert y no de otra forma¿ha entendido?
—No se preocupe, siempre respeto los deseos de una bella dama, madame Foubert, pero no significa que esté en absoluto de acuerdo con ellos… —y se inclinó ligeramente ante ella, sonriéndole amistosamente.
Annete se le quedó mirando y luego bufó fastidiada, por lo visto, aquel hombre no se amedrentaba para nada con su fuerte carácter.
—Bien… —comenzó a decir James un tanto asombrado—¿qué les parece si vamos a tomar un poco de té para celebrar vuestra llegada?
—Sería lo correcto —argullo el ama de llaves, y no sin mirar antes de reojo al doctor, se marchó a la cocina para poner a la cocinera y a la servidumbre al tanto.
Una vez que la mujer desapareció del salón, Isabel se aproximó a su tío y le dijo:
—Pero, tío¿qué les pasa? Es como si estuvieran batallando una partida de ajedrez mental.
Christian la miró sonriente, sus ojos celestes brillaban juguetones a través de sus pequeños anteojos redondos.
—Lo que pasa, mi querido sobrino, es que esa dama ha cautivado por completo mi corazón y no descansaré hasta hacérselo saber en cuanto ella esté lista para aceptarme. Y ahora, vamos al salón del té que me muero por probar sus bocadillos…
Estupefactos, James e Isabel vieron al incorregible y sincero doctor dirigirse hacia la cocina, seguramente a "jugar otra partida de ajedrez intelectual" con la mujer francesa.
El doctor Christian Jacobson, había percibido con su natural y profunda inteligencia intuitiva, que Mademoiselle Annete Foubert también había sentido una especie de atracción hacia él, y viendo en ella a una mujer inteligente y de buen corazón, no había dudado en cortejarla. A juzgar por su temperamento, Christian sabía que la francesa iba a ser un "hueso duro de roer", pero él, como todo buen Jacobson, no era hombre de hacharse para atrás cuando se decidía a conseguir algo, así que estaba dispuesto a conquistar a aquella fina dama por más que se le resistiera.
El doctor Jacobson podría ser bastante enamoradizo, pero una vez que se prendaba de alguien, le era absolutamente fiel hasta la muerte.
Vale la pena relatar un poco sobre la vida de este distinguido caballero, pues su experiencia en la vida le había valido una gran sabiduría, sobre todo en el amor.
Christian Jacobson, de un sentido del humor fino e inteligente, siempre sabía llevar una simpática sonrisa en su resplandeciente rostro maduro. Pero, su manera de ser rebelaba a un hombre totalmente romántico.
Tres veces había entregado su corazón y tres veces se lo habían roto; La primera vez se había enamorado locamente de una bellísima dama que había conocido apenas cumplidos sus 16 años de edad, pero ésta lo había engañado reiteradamente con diferentes caballeros, hiriendo su corazón; luego, cuando había cumplido 23 años, se había enamorado de una fina y dulce dama con quien se había casado de inmediato y tenido dos hermosos hijos a quienes amaba muchísimo, pero luego de un par de años, una terrible peste se los había arrebato de su vida dándole uno de los peores golpes de toda su existencia. Luego de pasados algunos años de respetuosa viudez, había tomado a su cargo a la pequeña Isabel y conocido a una buena señora, viuda como él, con quien había decidido casarse, pero después de haber conocido los planes de su sobrina, él había resuelto romper el compromiso, así como el corazón de su prometida y el suyo propio para ayudar en los planes se Isabel.
A pesar de todo lo que había vivido en su dura vida, a diferencia de su sobrina, Christian mantenía una poderosa fe en el destino y en sí mismo. Convencido con la idea de que todas las personas venían a este mundo a cumplir con un destino, y creía fielmente en que su destino era ayudar desinteresadamente a los demás.
Quizás su romanticismo innato era lo que había logrado que se conmoviera por la infortunada historia de amor de aquella extraña pero atractiva pareja que formaban Jacky y Norry. Christian no era hombre de prejuicios, su mente estaba abierta a todo estilo de vida y opiniones diversas, por eso era que no veía nada de malo en que aquellos dos se hubieran querido. Pero lo que ahora lo preocupaba, era que su sobrina Isabel no había tolerado ni toleraría semejante suceso, ya que sabía que ella estaba enamorada del comodoro Norrington y era muy testaruda como para darse por vencida. Ella había hecho cualquier cosa por separarlos y haría cualquier cosa para tener a James como su esposo.
.Christian no era un hombre muy fuerte físicamente, ya que siempre había sido enfermizo desde pequeño, pero poseía una tremenda fuerza de voluntad que siempre lo ayudaba a hacer frente a cualquier problema que se le presentara o ayudar a quien lo necesitara. Por eso, aunque nunca estuviera al cien por ciento, como buen Jacobson que era, jamás desoía a su innata testarudez para prestar su ayuda a quien lo necesitara. Como su sobrina, por ejemplo, por quien daría su propia vida sin dudarlo.
Isabel casi nunca lo había visto enojado, ya que él era un hombre pacífico y bondadoso, renuente a las peleas. Pero aún así él no era ningún cobarde, ya que si tenía que enfrentarse a alguien para salvar a algún ser desafortunado, lo hacía sin dudarlo. Aún así, el doctor Christian confiaba plenamente en que las disputas podían arreglarse con el poder de la palabra y no con el filo de una espada. Pero, si por alguna situación él llegaba a enojarse, resultaba ser un enojo de tranquilo reproche, su mirada era franca y directa, de su boca salían graves palabras llenas de verdad que hacían pensar a cualquiera que tuviera algo de sesos en la cabeza.
El doctor no era un hombre perfecto, ni mucho menos un santo, tan solo era un hombre dotado de una gran sabiduría y bondad. Su sobrina Isabel siempre bromeaba con él diciéndole que se había equivocado de profesión, que él tenía que haberse convertido en una especie de monje Zen o monje Franciscano. Pero por más bueno que éste fuera, jamás se dejaba pisotear por nadie, ya que no era ningún tonto y sabía muy bien cuáles eran sus derechos. Detestaba la injusticia, los excesos de poder y la irracionalidad de los que se creían más que los demás. Tan grande era su ideal, que en su juventud había integrado una pequeña banda de muchachos revolucionarios. Quizás, aquel idealismo provenía de su línea materna de origen francés, que más adelante, dicho idealismo llevaría a la Revolución Francesa en el lejano año 1789. Y justamente ése fuerte idealismo de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", tan diferente a la de su sobrina quien creía en el idealismo inglés del "Imperialismo Capitalista", lo que llevaba a ambos a protagonizar algunos pequeños desacuerdos políticos y una que otra escaramuza sin importancia.
Hábil en el manejo de la espada como en el uso de las armas de fuego, se negaba a utilizarlas en contra de alguien, salvo si la vida de algún inocente necesitara de su protección. El doctor Christian amaba a los animales y adoraba la naturaleza, y desde muy temprana edad se había negado a comer cualquier ser vivo convirtiéndose en todo un vegetariano.
Él era un hombre que creía en el destino, en la justicia, en la bondad oculta en la persona más corrupta, los libros y la lógica. Sabía escuchar y dar consejos a quien los necesitara, sin interesarse si los seguían o no, ya que él dejaba que los demás tomaran sus propias decisiones, que siguieran su propio camino, sea bueno o malo.
Por eso, el doctor no le había objetado nada a su sobrina cuando ésta había tramado aquel sucio plan. La había ayudado sin chistar, pero al ver el sufrimiento y la ira que crecían cada vez más y más en el corazón de Isabel con cada año que pasaba, la culpa comenzó a gobernar su espíritu, considerándose un auténtico fracaso como "protector" de su sobrina. Ahora, Christian Jacobson, intentaría por todos los medios persuadir a su sobrina de tomar un camino diferente en la vida, uno que fuera tan normal como la de cualquier mujer, y también, claro está, Mademoiselle Foubert formaría parte de su vida.
—¿Así que te han invitado al baile de máscaras de los Swann, James¿Y tú deseas asistir? —preguntó George "Isabel" Jacobson mientras se llevaba una taza de delicioso té a la boca.
—No siento muchos deseos de ir, pero sería una descortesía no hacerlo… —respondió su amigo tomando de la bandeja de plata uno de los deliciosos sándwiches ingleses que tan bien le quedaban a Annete.
James, Isabel, Christian y Annete se encontraban en el hermoso y pequeño jardín de la casa del comodoro, todos estaban sentados bajo un gran tejado cubierto por una bellísima enredadera de flores anaranjadas. Unas aristócratas sillas blancas y una mesita de té estaban dispuestas para quienes deseaban un momento de paz y relajación en aquel tranquilo jardín.
El comodoro miró detenidamente a su compañero y preguntó:
—Tal vez, si tú asistieras, yo no me sentiría tan a disgusto…
—¿Te parece? —replicó su amiga, y aunque mantenía una gran seriedad en su semblante, su cabeza comenzó a trabajar en una idea brillante que se le acababa de ocurrir—. Lo siento mucho, James, pero sin una invitación sería una falta de respeto ir a ese baile.
—¡Pero eres una persona distinguida e importante! No creo que te nieguen la entrada.
—Lo siento, pero no es mi costumbre romper con las normas de la sociedad.
—Pues eso suena algo extraño viniendo de alguien como tú… —protestó su amigo mientras se reclinaba sombre su silla algo contrariado. Isabel lo miró un tanto divertida; ¡ni por todo el oro del mundo asistiría a ese baile como el almirante Jacobson!
—Señorito Norrington —comenzó a decir Annete con su inconfundible tono altanero—, el señor Jacobson tiene toda la razón, él no puede asistir a un baile en el cual no fue invitado. Debería usted seguir su ejemplo, el señor Jacobson sí sabe cómo comportarse en…
—¿Juega usted al ajedrez, Madame? —La interrumpió de repente el doctor Jacobson; un tanto ofendida, el ama de llaves respondió con celeridad y con un ligero tono desafiante:
—Tan bien como el que más, Monsieur Jacobson.
—¿Pues qué le parece jugar una partida?
—Encantada. Verá cómo le gano, siempre he sido la mejor de mi clase.
—¡Oh¡Veo que usted ha sido muy bien educada, madame Foubert!
—Siempre me ha gustado poner a hombres "sabelotodo" en su lugar, Monsieur Jacobson.
—¿Me pondrá entonces en mi lugar, madame?
—¡Oh! Eso no lo sé, pues aún no lo considero un "sabelotodo", Monsieur.
—¿Debo tomarlo como un cumplido, entonces?
—No, debe usted tomarlo como un doble sentido.
—¿Acepta entonces, madame?
—Acepto, Monsieur.
Una vez terminado el cruce de palabras ingeniosas entre los dos, ambos se dirigieron hacia la biblioteca en donde James tenía un hermoso tablero de ajedrez.
—Se ven muy pintorescos aquellos dos cuando están "peleando" —comentó Norrington con un cierto dejo de triste añoranza en sus ojos.
—Sí, nunca he visto a mi tío tan feliz, y eso que siempre está feliz... —la sonrisa del rostro de Isabel desapareció inmediatamente al notar aquella extraña expresión en la cara de su amigo. Ella sabía perfectamente lo que él estaba pensando en ese momento, y no le gustó en lo absoluto.
— ¿Aún la extrañas? —preguntó fríamente.
El comodoro James Norrington, sobresaltado, la miró muy colorado.
—¿A-a quién te refieres? —trató de disimular la repentina angustia que había gobernado su corazón.
La joven mujer disfrazada de Almirante bufó fastidiada.
—No me engañas, James —dijo—, sé muy bien que estás pensando en esa sucia pirata.
Su amigo estaba a punto de replicarle, pero supo de inmediato que le sería casi imposible engañar a su amiga, así que cerró la boca y se quedó callado a la espera del sermón.
—Eres un tonto sentimental, James, estás perdiendo el tiempo en una mujer que jamás existió en realidad. ¡Piensa en lo mucho que se debe estar riendo de ti ese maldito truhan de Jack Sparrow¡Eres el hazmerreír de todos¿Por qué no te olvidas de ella de una vez y te dedicas a buscar a otra mujer que realmente te quiera y te valore como lo que eres?
Aunque dichas con sinceridad, aquellas ciertas pero duras palabras se clavaban cada una ferozmente en el destrozado corazón del comodoro, pero como todo buen inglés, supo disimular su dolor y mantener el semblante tan estoico como pudo.
—… Quizás tengas razón, amigo mío…, quizás tengas razón, pero…, yo… —trato de hablar lo más serenamente posible, pero su voz casi se quebró al final y la taza que mantenía en sus manos tembló y se cayó al suelo, haciéndose mil pedazos.
—¡Oh, James! —exclamó Isabel muy afligida mientras se levantaba de su silla y se dirigía velozmente hacia su amigo para arrodillarse ante él y tomar sus temblorosas manos. El comodoro Norrington mantenía su cabeza baja, sin animarse a levantar la vista y mirar a su amiga.
—¡Oh, James! —volvió a repetir la joven mientras apretaba fuertemente las manos de su amor secreto—. Es doloroso aceptarlo¡pero ya es hora de que te olvides de ella, que olvides el pasado y pienses en el futuro¡Piensa en tu vida¡Piensa en tu trabajo¿Acaso no te darás otra oportunidad para volver a ser feliz?
James la miró a los ojos y ella se quedó estupefacta¡pudo ver que en esa triste mirada había una enorme determinación y firme entereza!
—No es otra oportunidad lo que busco, George, ya he renunciado a ella cuando perdí a Jacky…
Se levantó y miró hacia el hermoso cielo azul con estoica resignación.
—Desde ahora en adelante, pondré toda mi vida y voluntad en mi trabajo. Buscaré a Jack Sparrow y le haré pagar por todo lo que me hizo, cueste lo que me cueste.
Isabel Jacobson no dijo nada, pero se prometió a sí misma que se mostraría ante James como la hermosa mujer que era y le demostraría que sí había otra oportunidad para ser feliz.
"Se lo diré después del baile —pensó con determinación—, y él me aceptará como su esposa así tengamos que casarnos en secreto o huir".
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El comodoro James Norrington les ofreció a sus amigos hospedarse en su casa, quienes aceptaron gustosos aquella propuesta. Mientras los dos oficiales disfrutaban de su buena amistad, Christian y Annete se dedicaban a una batalla intelectual entre los dos cada vez que se veían; a cual de los dos más sagaces. El pobre Billy tenía que seguir estudiando sus lecciones, pero aprovechaba cada tanto para hacerle una que otra travesura a su "maestra".
Isabel nada dijo a su tío sobre sus planes para la noche del baile, pero a él se le hizo algo extraño cuando justo el día anterior a dicho acontecimiento social, su sobrina volvió de uno de sus paseos por la colonia de Port Royal con un gran paquete bajo el brazo. Suponiendo que Isabel era lo suficientemente madura como para no cometer una tontería, el doctor Jacobson no hizo ninguna pregunta al respecto y dejó a su sobrina hacer lo que le pareciera.
La noche del baile de máscaras ofrecida por la hija del gobernador, Elizabeth Swann, para celebrar su compromiso con el joven y buen mozo William Turner, llegó tan rápido para James que no le dio mucho tiempo para prepararse debidamente sin correr el riesgo de llegar tarde al baile. Ya vestido para aquella ocasión tan especial, James se miró en el gran espejo de su habitación: vestía su elegante traje de ceremonia con el que había recibido la nominación de comodoro del gobernador aquel día en que se le había declarado a Elizabeth y encontrado con Jack Sparrow por primera vez. También llevaba la bella espada que Turner le había fabricado en una hermosa vaina. Frunció el ceño, faltaba lo más importante: la máscara.
Isabel Jacobson, alias, George Jacobson, estaba en el salón esperando a que su amigo apareciera por las escaleras. Sentada sobre un gran sofá carmesí vestida con ropas de hombre, mantenía su mirada fija en la gran puerta de ébano, ansiosa por verlo con sus galantes ropajes. Y cuando ya estaba poniéndose nerviosa, una de las dos hojas de la puerta se abrió y dio paso a un elegante y atractivo comodoro James Norrington, quien llevaba un hermoso antifaz blanco perlado sobre su rostro cuidadosamente empolvado. Su amiga sintió cómo su corazón comenzaba a latirle con pasmosa velocidad, hasta podía sentir la clásica sensación de "mariposas" en el estómago. ¡Él se veía tan guapo¡Parecía un príncipe!
—¿Me veo bien? —le preguntó James con cierto pavoneo.
—Serás la envidia de todos los demás caballeros —no quiso agregar "la atracción de todas las damas", pues estaba muerta de celos.
—Vamos, George, no es para tanto… —sus palabras sonaron un poco faltas de modestia, pero no pudo evitar ponerse colorado. Miró el reloj, ya eran las nueve y media de la noche.
—Ya tengo que irme, llegaré tarde al baile —Farfullo y se dirigió apresuradamente hacia la puerta, pero antes de desaparecer tras ella, volvió la cabeza hacia su amiga y le dijo con pesar:
—Es una verdadera lástima que no puedas acompañarme por culpa de tu jaqueca, amigo mío, la invitación que recibiste esta mañana se desperdiciará.
—No te preocupes por eso, mi tío empleará muy bien esa invitación, ya lo verás —sonrió pícaramente y se inclinó hacia atrás con la mano sobre la frente, fingiendo una vez más su falso padecimiento—. Cuando regreses estaré mucho mejor, tú diviértete por mí… —lo miró fijamente—. Sé que no te arrepentirás de haber asistido, te lo aseguro…
James frunció una ceja un tanto confundido, pero se despidió de su amiga y salió al corredor en donde el doctor Christian Jacobson lo estaba esperando en compañía de madame Foubert. Los dos estaban vestidos sobria pero elegantemente, con un traje de terciopelo negro él y con un vestido gris de tarlatana ella. El doctor llevaba una máscara propia de los festivales de Venecia, era blanca, con una nariz larga, líneas rojas sobre los orificios de los ojos y una marcada sonrisa negra algo burlona y siniestra a la vez pintada sobre la máscara. El ama de llaves llevaba puesto un delicado antifaz color plata con largo y delgado mango lateral.
—¿El doctor la invitó al baile, madame Foubert? —preguntó asombrado el comodoro.
—Más bien yo le pedí que me diera la invitación si ésta no iba a ser aprovechada, señorito Norrington —le replicó tan ufana como un pavo real—, debo vigilar que "esa" mujer no vuelva a acercarse a usted. Seguramente aprovechará este baile para volver a conquistarlo o algo así.
James torció el gesto disgustado, no le gustaba para nada que lo esté vigilando a su edad¡él ya no era un muchacho, por el amor de Dios!
—Bien, ya vámonos que se ha hecho muy tarde ya —dijo un tanto molesto el comodoro Norrington mientras se dirigía a la puerta principal.
Justo cuando Annete estaba por seguir a su niño, el doctor Jacobson se adelantó a ella y le ofreció su brazo mientras le decía galantemente:
—¿Nos vamos, Madame Foubert? Puede usted tomarse de mi brazo con confianza.
Ello lo miró con su peculiar vista de halcón y le dijo con un tono bastante presuntuoso:
—Es confianza lo que no le tengo a usted, Monsieur Jacobson, es demasiado inteligente para mi gusto.
—Puede tenerme toda la confianza que quiera en mí, madame Foubert, usted es demasiado inteligente para mí —su sonrisa era tan encantadora, que la pobre mujer no pudo negarse por más tiempo a su petición y se tomó del brazo del doctor, no sin antes titubear un poco.
Los tres subieron al carruaje que los estaba esperando afuera. De más está decir que James se quedó totalmente boquiabierto cuando vio a su áspera nanny tomada del brazo del sonriente doctor Jacobson.
Mientras tanto, Isabel observaba la partida del carruaje hacia la casa del gobernador desde una de las grandes y elegantes ventanas del salón. Por fin estaba sola.
—¡Bien¡Comencemos con el plan! —exclamó radiante y se dirigió velozmente a su dormitorio para deshacer el misterioso paquete.
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Aquella noche del sábado pareció estar hecha especialmente para el baile de máscaras que había organizado Elizabeth. Era una noche mágica, propicia para que cualquier pareja enamorada renovara sus votos de amor eterno: el límpido cielo nocturno estaba poblado de infinitas estrellas, que titilaban alegremente al compás de la música de la orquesta contratada por el gobernador de Port Royal. La suave y fresca brisa del mar soplaba sobre la ciudad costera, lo que evitaba que el clima fuera demasiado caluroso. Elizabeth Swann estaba radiante, aquella noche era perfecta y nadie la estropearía, absolutamente nadie.
Toda la tripulación del Perla Negra se encontraba reunida en la cubierta frente al camarote del capitán Jack Sparrow, o de la capitana Jacky Sparrow, o del capitán Hector Barbossa, pues nadie sabía con plena certeza quién sería el verdadero capitán del barco pirata. Ya se había explicado con anterioridad a la confundida tripulación sobre la repentina aparición de Jacky Sparrow. Por supuesto que nadie sabía cómo y porqué había sucedido tal cosa, pero muy pronto supieron que si un Sparrow provocaba tantos problemas, dos Sparrow provocarían el doble de problemas, eso era completamente seguro. La aceptación de aquel nuevo y extraño personaje fue simplemente resignada a la suerte.
Los bucaneros se encontraban ansiosos por ver salir del camarote a los dos Sparrow, pues como ambos irían al baile, le habían despojado de sus elegantes ropas a una rica pareja que se encontraba en un viaje de placer navegando en su propio navío, (dicho sea de paso, también les robaron otras cosillas). Luego, como la cosa más asombrosa de todos los tiempos y luego de que Gibbs declarara que se "vendría fin del mundo", Jack y Jacky se bañaron para poder quitarse la suciedad y la pestilencia a ron que los caracterizaba. "El sacrificio vale la pena", había declarado Jack Sparrow a su pasmada tripulación. Ambos se vestirían como si fueran personajes de la más alta sociedad para asistir a dicho baile.
—¿Cómo crees que saldrán de allí? —Pintel le susurró curioso a su compañero.
—Creo que por la puerta… —contestó seriamente el otro, lo que le quedaba cómico por su cara de tonto.
—¡Grrr¡Eres un idiota! —exclamó muy enojado su compañero agarrándolo fuertemente el cuello para ahorcarlo por su estupidez.
—¡Silencio¡Ya salen! —avisó Marty, el enano, apuntando hacia la puerta.
Todos se quedaron expectantes mirando hacia la puerta del camarote, ésta se abrió lentamente y dio paso a una pareja irreconocible para todos, estaban tomados del brazo y se veían demasiado aristocráticos.
El capitán Jack Sparrow, tenía el pelo oscuro admirablemente recogido en la nuca a pesar de sus rastas, vestía una casaca y pantaloncillos de seda dorada; los guantes, la camisa repleta de vuelos, el pañuelo y las medias, todos de seda blanca. Traía zapatos de charol negro con grandes hebillas doradas y un antifaz negro de paño. Su pícara sonrisa debajo de aquel antifaz relucía como un bandido disfrazado esperando a hacer una de sus travesuras.
Jacky Sparrow llevaba un precioso vestido de muselina color amarillo claro cubierto de suaves encajes de seda en el escote, las mangas y el borde de la ancha falda; llevaba unos preciosos zapatitos blancos y un par de guantes de seda del mismo color y los oscuros cabellos primorosamente desenmarañados con un peinado alto sujeto con una bellísima guirnalda de flores blancas. Un finísimo antifaz blanco perlado adornaba su rostro empolvado. Parecía la princesa de algún cuento de hadas.
—¿Me queda bien este color? —preguntó Jacky Sparrow con fingida afectación.
Todos los hombres asintieron con cara de babosos mientras miraban su pronunciado escote; Anna María bufó bastante molesta y se cruzó de brazos¡y pensar que ella había creído que se había liberado de la libidinosa Jacky Sparrow que siempre hacía quedar muy mal a las de su sexo!
—¿Creen que con esos disfraces los engañarán? —inquirió Barbossa bastante divertido mientras su mono "Jack" jugaba sobre sus anchos hombros.
—Claro que sí —respondió Jack Sparrow con habla afectada y con el rostro exageradamente empolvado, sacando un pañuelo con puntillas del bolsillo—, ya verás cómo nos divertiremos engañándolos. ¿No es así, "hermanita"?
—Así es, "hermanito", jeh jeh jeh… —se rió malignamente mientras se cubría con su pañuelo de seda la boca pintada de carmesí.
—Esos dos me asustan… —murmuró un espantado Gibbs—. Nos vamos a meter en un terrible lío…
—Señores…, y señora —Jack miró a Anna María e inclinó un tanto la cabeza mientras hablaba con un marcado acento español—: recordarán esta noche como la noche en que el comodoro Norrington nos permitirá saquear por todo el Mar del Caribe gracias a nuestra "hermana" aquí presente.
Un "hurra" exclamado con gran vehemencia se dejó escuchar por todo el navío pirata festejando la "Edad de Oro" que les prometía su capitán. Jacky les dedicó una hermosa sonrisa y un beso "volador" mientras se inclinaba llevando una de sus piernas atrás y sujetando los extremos de su falda, extendiéndola.
Luego, los dos Sparrow tomaron una chalupa junto a Gibbs para cubrir las varias leguas de distancia que los separaba de la costa de Port Royal, Barbbosa murmuró sonriendo mientras los veía marcharse:
—¿Alguien les dijo que los españoles son los enemigos mortales de los ingleses?
La inocente barca se perdió entre la oscuridad del mar, llevándose consigo a su ignorante tripulación.
Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron!
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