Piratas del Caribe: La Maldición del Anillo de la Calavera -Fanfic- Capítulo 62: ¡Comienza el Enfrentamiento Final!
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Resumen de la saga: Piratas del Caribe es una saga de aventuras fantásticas centrada en el excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). La trama principal sigue sus esfuerzos por recuperar su barco, el Perla Negra, enfrentándose a maldiciones sobrenaturales, piratas fantasmales (Capitán Barbossa, Davy Jones), monstruos marinos y la Marina Real británica en el Caribe del siglo XVIII.
Argumento: ¿Que pasaría si nuestro querido capitán Jack Sparrow se convirtiera en una mujer? Pues le traería muchísimos problemas a sus amigos y enemigos. Una historia entretenida para leer y una alocada historia de amor que te sorprenderá. ¡Tiene de todo! Advertencia: esta historia tiene escenas subidas de tono que estarán censuradas en este blog pero con la posibilidad de leerlas en otro blog redirigido.
Género: aventura, drama, acción, fantasía, humor
Personajes: los principales e inventados
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: 273,361
Duración: 67 capítulos
Estado: completo
Año de publicación: 2006-2007 (Iniciado el 7 de Octubre del 2006 y finalizado el 15 de Septiembre del 2007)
Primera Publicación: Fanfiction
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada tanto por el anime, los dramas asiáticos y la literatura universal. Me gusta hacer pasar a los personajes por duras pruebas. ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores!
Capítulo 62: ¡Comienza el Enfrentamiento Final!
El encrespado mar y la turbulenta tormenta que amenazaba con arreciar de un momento a otro, casi habían causado el naufragio de toda la flota real de Port Royal y desviar de su curso al "Perla Negra", pero gracias a la pericia de sus dirigentes y la de sus hombres, lograron que las cosas no tomaran un rumbo desastroso.
Entonces, para el alivio de todos, la "Isla del Cuello Torcido" fue avistada por los vigías justo al amanecer.
Hacía ya casi cinco horas que aquel extraño centauro se había llevado al capitán Jack Sparrow y al doctor Christian Jacobson con el pergamino, así que todos se encontraban muy preocupados por el bienestar de los dos. Una cosa era segura: el Jeque Tel Aviv aún no le había puesto las manos encima a Jack, puesto que ninguno de los hombres que habían caído bajo el hechizo de la maldición había enloquecido.
Antes de a atacar a ciegas a su enemigo, el comodoro James Norrington, como era su costumbre, había convocado a una pequeña junta a todos los oficiales de alto rango, incluyendo al capitán Barbossa como representante del "Perla Negra".
Los piratas, que estaban bajo los efectos de la maldición, protestaron por aquella pérdida de tiempo, sobre todo, Will Turner y Nefud Yidda, quienes eran los más impacientes de todos.
-Esta reunión es una tontería –se quejó el muchacho una vez que subió al bordo del barco insignia junto a Elizabeth, tía Dalma, Nefud Yidda, Al Sha'ab y el contramaestre Gibbs, todos ellos acompañando al capitán Hector Barbossa.
Cuando se encontraron frente al comodoro Norrington, el muchacho volvió a protestar:
-¡Deberíamos ir directamente a rescatar a Jacky y dejar de perder el tiempo!
James lo fulminó con la mirada por unos momentos antes de replicarle seriamente:
-Señor Turner, ya se lo he dicho antes: usted no es marino. No es militar. Es un simple armero. Y no es momento para acciones repentinas. –Lo miró con fijeza-. No cometa el error de pensar que es el único hombre aquí al cual le importa el bienestar de Sparrow… Usted sabe lo peligroso y manipulador que es el enemigo, sería una verdadera locura tratar de atacarlos sin tener la mínima seguridad de poder derrotarlo. La "Piedra Mística" está otra vez en manos del Jeque y no sabemos de lo que éste sea capaz de hacer con ella. Si usted estima a Jack Sparrow, le sugiero que se calme y deje pensar en un plan que no incluya un suicidio en masa.
Ambos se quedaron mirando desafiantemente por unos pocos segundos, hasta que William bajó la vista, cediendo a regañadientes ante la lógica del comodoro, quien se dio media vuelta y se dirigió hacia el lugar de reunión. Mientras todos lo seguían hacia su camarote, un temeroso Gibbs miraba hacia todos lados del navío militar y no veía más que soldados que lo miraban insistentemente.
-Esto es un mal presagio, mi capitán –decía mientras se acurrucaba a su lado-. Estamos a bordo de un navío de la armada y completamente rodeados por soldados que están entrenados para acabar con los piratas… ¡Piratas como nosotros!
-No tema, señor Gibbs –replicó Barbossa tranquilamente mientras caminaba con pasos seguros y decididos (a pesar de su cojera)-, todos estamos aquí por lo mismo y nadie va a pensar siquiera en ponerse uno en contra del otro. Es mejor aprovechar esta oportunidad al máximo, ¿no lo cree así, señor Gibbs? ¡Jah jah jah!
Mientras el aludido asentía sin poder estar de acuerdo con las palabras de su capitán, éste pensaba malignamente hacia sus adentros:
"Jeh. Primero seré yo quien los traicione".
Una vez dentro del amplio camarote de James Norrington, los tripulantes del "Perla Negra" se encontraron con el almirante George Jacobson, el teniente Gillette y otro teniente más, quienes ya se encontraban allí esperándolos.
Sin decir una sola palabra, las miradas de Barbossa, Jacobson, Gillette y el otro teniente se cruzaron amenazadoramente. Pero sabiéndose protegido por las necesidades del comodoro Norrington, el capitán Hector Barbossa les hizo una reverencia a modo de burla y se fue a sentar frente a la mesa y colocó maleducadamente sus pies sobre ella.
El almirante Jacobson y el teniente Gillette morían de ganas por atravesar con sus sables el cuerpo de aquel descarado pirata que se ufanaba de una "inmunidad diplomática".
Antes de comenzar a hablar, el comodoro Norrington se colocó frente a la mesa y miró directamente hacia el atolondrado Barbossa y carraspeó muy molesto por su falta de educación, dándole a entender que se portara como un fino caballero si iba a estar allí.
De mala gana, el capitán sustituto del "Perla Negra" bajó los pies y se cruzó de brazos mientras su mono "Jack" daba un chillido de disgusto.
-Bien –comenzó a hablar el comodoro Norrington con suma seriedad-, estamos aquí reunidos para trazar un plan de ataque que acabe con el Jeque Alí Tel Aviv y la peligrosa "Piedra Mística". Quiero saber todo al respecto, por eso mandé a llamar al señor Gibbs, (quien estuvo con el capitán Jack Sparrow la primera vez que arribaron a la isla), a la llamada tía Dalma, (quien sabe mucho sobre maldiciones y hechizos) y a Al Sha'ab, quien sabe bastante al respecto de la historia de su pueblo árabe. Ahora, damas y caballeros, deseo que nos instruyan a todos sobre las características de la isla y la cueva por donde entró el capitán Sparrow, también que nos cuenten todo sobre Alí Tel Aviv, la "Maldición del Anillo de la Calavera" y cómo deshacer su hechizo. También quiero saber sobre la manera de contrarrestar el poder ilusorio de la "Piedra Mística" y también cómo destruirla.
Se volvió hacia tía Dalma y Al Sha'ab como para darles a entender que era el turno de ambos para hablar.
-Sé cómo romper la maldición y contrarrestar el poder de la "Piedra Mística" –fue la sorprendente revelación de la pitonisa. La extraña mujer se sintió poderosa y venerada ante la estupefacta mirada de todos los presentes, así que prosiguió con su relato:
-Para romper la maldición solamente necesito a esta jovencita (Elizabeth Swann), a Jack Sparrow, el cuchillo que la hechicera Jezabel utilizó para cortarse el dedo, su calavera y… a usted, comodoro Norrington.
-¿A mí? –se sorprendió el oficial mientras todos los demás lo miraban asombrados-. ¿Por qué a mí?
Tía Dalma lo observó con sumo cuidado, sonriendo, como si estuviera evaluando la posibilidad de contarle o no el motivo de su elección.
-Digamos… -dijo mientras apartaba una silla y se sentaba despreocupadamente sobre ella-, que no le conviene a usted saber el motivo, señor Norrington. No le vendría muy bien a su persona.
Todos volvieron sus rostros hacia el aludido, sin comprender muy bien a lo que tía Dalma se refería, y nervioso, James carraspeó y dijo:
-Bien. Ya sabré para qué me necesita. ¿Dónde piensa encontrar la daga y la calavera?
-Al Sha'ab puede responder a esa pregunta –dijo la pitonisa y miró al joven árabe.
El aludido dio un paso al frente y respondió de inmediato, ansioso por demostrar sus conocimientos:
-El tesoro que nuestra señora buscaba –(aquí se refería a la capitana Jacky Sparrow)- lleva el nombre del "Tesoro de la Calavera Dormida". Obviamente que la calavera que buscamos se encuentra entre el tesoro… O eso esperamos. También cuenta la historia que la daga que utilizó la hechicera se encuentra guardada en uno de los cofres del tesoro, pero solamente la persona que lleve el anillo puede abrir el cofre.
-¿Y de quién será esa calavera? –inquirió un poco atemorizado y aprensivo el teniente Gillette.
La pitonisa lo miró con una cara bastante siniestra, lo que asustó aún más al joven oficial.
-¿Y de quién más puede ser sino de la mismísima hechicera que creó éste poderoso maleficio? –le respondió-. Jezabel tuvo que dar su vida para que la "Maldición del Anillo de la Calavera" tuviera semejante poder. –Su rostro de ensombreció-. Y no olvidemos que el Jeque Alí Tel Aviv también está maldito por este poderoso hechizo.
-Tanto odio… -murmuró Elizabeth ensimismada-. Destruyó vidas enteras por una frustración de la que no pudo reponerse.
Todos miraron a la joven Swann, sobretodo, el almirante George Jacobson, quien se sentía algo "tocado" por ese comentario.
-Así es, niña –asintió tía Dalma, y su astuta mirada se posó sobre el almirante-. El odio destruye todo a su alrededor, hasta a quien lo porta.
Isabel la miró sorprendida, pues sentía que la pitonisa se estaba refiriendo a ella, como si conociera todo respecto a su vida. Nerviosa e incomodada, la oficial encubierta carraspeó llamando la atención de todos y les dijo:
-Nos estamos apartando del tema principal, caballeros, debemos seguir con el trazado del plan. –Miró fijamente a tía Dalma, como si la estuviera amenazando-. ¿Cómo podremos evadir el poder de la "Piedra Mística"?
Sin desviarle la mirada, la desafiante Dalma sacó una bolsita raída de su vestido y esparció su contenido sobre el escritorio lleno de cartas marítimas.
-Puedo crear una pócima con el resto de la "Piedra Blanca" para romper momentáneamente el poder de la "Piedra Mística", ya que como la piedra está rota, no tiene el mismo poder que antes.
-Utilizamos esa pócima cuando tuvimos que rescatar a "Jacky" de aquel barco árabe la primera vez que se lo llevaron –agregó el capitán Barbossa-. Con ella estaremos seguros… -y agregó maliciosamente:
-… por un tiempo.
Gillette tragó saliva, George y Norrington miraron al pirata un tanto preocupados.
-¿Y cómo recuperaremos al doctor Christian Jacobson? –preguntó el almirante Jacobson, aún más preocupado que antes por el destino de su querido tío.
Tía Dalma lo miró fijamente, como si lo estuviera estudiando en lo más profundo de su ser, poniéndolo aún más incomodado.
-Si rompemos la maldición, estoy segura de que su tío se salvará, a menos que…
-¿A menos que, qué?
-Que alguien lo asesine antes, almirante Jacobson.
Las dos se miraron con detenimiento. Desde un comienzo ambas habían sentido que eran demasiado inteligentes como para poder soportarse juntas en un mismo lugar.
-¿Y cómo destruiremos la "Piedra Mística"? –inquirió Will de repente, sacándolas de su enfrentamiento mental.
-Eso, ya lo veremos, muchachito –le respondió la pitonisa con una seductora sonrisa-. O logramos romper la piedra o lanzamos el pergamino al fuego.
-Y para eso tenemos que llegar hasta el Jeque Alí Tel Aviv y quitárselo –aclaró con suma gravedad el comodoro James Norrington-. Señora Dalma, ¿qué chances tenemos de poder derrotar al ejército de este Jeque?
-No lo sé –fue la sincera respuesta de la mujer-. Todo depende de si la mayoría del ejército que el Jeque tenga sea pura ilusión.
Mientras los oficiales se miraban entre sí sumamente preocupados por aquella respuesta, el joven William Turner bufó fastidiado y se cruzó de brazos. No era su estilo el tener que estar esperando para actuar. Pero cuando el viejo Gibbs comenzó a informarles respecto a todo lo referente de la "Isla de la Calavera" a los demás, el muchacho aprovechó el momento para retirarse silenciosamente de allí. Solo Elizabeth lo vio marcharse.
Una vez que el aprendiz de herrero se vio de nuevo sobre cubierta, la chica también salió del camarote para seguirlo.
-¡Will! –lo llamó y fue corriendo hasta donde él se había detenido para esperarla-. ¿A dónde vas?
-Quiero salir a tomar un poco de aire –contestó el muchacho sintiéndose muy frustrado-. No soporto quedarme aquí con los brazos cruzados.
-¿Acaso no pensaras… ir tú solo a recatar a Jack?
Will no respondió, solamente se le quedó mirando en silencio por algunos segundos antes de marcharse finalmente hacia el bote del "Perla Negra" que estaba amarrado a la nave, dejando a una Elizabeth Swann muy preocupada por su ilógica actitud.
La retirada de la joven Swann no le fue inadvertida para el orgulloso Nefud Yidda, quien solo así se dio por enterado de que su contrincante en el amor ya no estaba allí. Después de lanzarle una mirada asesina al comodoro Norrington (sin que este lo advirtiera), se fue también por detrás del muchacho. No iba a permitir que fuera el único quien rescatara a la pirata en problemas.
Ajeno a todo lo que planeaban los demás, Will había regresado al "Perla Negra" con la intención de preparar un bote y zarpar hacia la isla en donde tenían secuestrada a Jacky para poder rescatarla. Como no conocía dicha isla, Cotton y su loro lo acompañarían, quienes ya habían estado allí antes junto a Gibbs y al capitán Sparrow.
En contra de su voluntad y obligados por una temperamental Ana María, Pintel y Ragetti acompañarían al aventurero, pues ella también quería que rescataran lo más pronto posible a su capitán con toda la ayuda posible.
Cuando ya estaban a punto de bajar el bote sobre las aguas un tanto agitadas del mar, Nefud Yidda y Kasar hicieron su aparición con las mismas intenciones que nuestro joven protagonista.
-No creas que eres el único que quiere mandar al diablo a ese estúpido inglés y sus estúpidos planes –le dijo Nefud mientras tomaba fuertemente por el antebrazo a un sorprendido Will-. Yo también quiero ir contigo y rescatar a mi prometida.
-Es MÍ prometida –corrigió muy molesto el muchacho mientras apartaba bruscamente su brazo de las manos del árabe-. Y no necesito tu ayuda.
Entonces, ambos se miraron con rabia dispuestos a seguir discutiendo estúpidamente, y si no fuera porque Ana María se interpuso entre ellos, ambos hubieran acabado peleando en un duelo a muerte.
-¡Tontos de pacotilla! ¡Jack no es la prometida de nadie! ¡Él es un hombre, por el amor de Dios! ¡Ya dejen de discutir tonterías y vayan a rescatarlo de las manos de ese degenerado antes de que sea demasiado tarde para todos!
Ambos se le quedaron mirando, pero comprendieron al fin que aquella chica morena tenía toda la razón así que se dispusieron a zarpar inmediatamente hacia tierra los dos juntos a pesar de que no se llevaban muy bien por culpa de la rivalidad que sentían entre sí por culpa de su irracional amor por la capitana Jacky Sparrow.
Ninguno pensó que quizás podrían poner en riesgo el plan que estaban trazando el comodoro Norrington y los demás en el navío insignia.
Elizabeth Swann, que los miraba desde la cubierta del otro barco, se aferraba con fuerza a la barandilla sintiendo rabia y frustración por ver a su novio comportarse como un tonto por culpa del hechizo que había caído sobre él. Todo a causa de Jack Sparrow y sus típicos problemas de siempre.
-Si creen que Elizabeth Swann, hija del gobernador de Port Royal, Weatherby Swann, se va a quedar con los brazos cruzados sin hacer nada al respecto por recuperar a su novio, no conocen a Elizabeth Swann –murmuró con determinación.
Y siempre que cuando tomaba una decisión para actuar, la muchacha, ni lerda ni perezosa, se dirigió hacia los dos soldados más próximos: Murtogg y Mullroy.
-¡Ustedes! ¡Acompáñenme a ir esa isla! –les ordenó mirándolos decidida y amenazadoramente.
-¿No-nosotros, señorita Swann? –se sorprendió Murtogg.
-¡Claro! ¿A quién más creen que le estoy hablando?
-Pero las órdenes del comodoro fueron… -intentó decir Mullroy, a lo que la molesta chica le replicó enseguida mientras se daba media vuelta.
-¡Bien! ¡Entonces iré yo sola…! Pero luego tendrán que explicarle al comodoro Norrington y a mi padre, cómo es que permitieron que la indefensa señorita Swann muriera bajo la mano de unos bandidos árabes.
Y mientras se marchaba para preparar un bote, Murtogg y Mullroy se lo pensaron mejor y corrieron hacia donde se encontraba la joven.
-Iremos con usted, señorita Swann –le dijo un nervioso pero decidido Mullroy.
-Eh, s-sí –asintió el otro mucho más nervioso que su regordete compañero de armas.
Elizabeth los miró agradecida con una sonrisa de oreja a oreja y les dijo:
-Bien. Entonces quiero que me ayuden a bajar ésta barca al agua.
Mientras los dos fusileros se dedicaban a ayudarla, Norrington y los demás, (que no se habían dado cuenta de la ausencia de la joven, su novio y el árabe), le daban los últimos toques a su plan de batalla.
Todo había sido proyectado cuidadosamente: el capitán Barbossa, a bordo del "Perla Negra" y el teniente Gillette, a bordo del navío insignia, estarían preparados para cualquier posible ataque del enemigo, respaldados por los otros dos navíos de la armada. Todos a una prudencial distancia de la isla, tanto como para atacar o escapar, si las cosas se salían de control.
El comodoro Norrington iría a la "Isla del Cuello Torcido" junto al almirante Jacobson, tía Dalma, Elizabeth Swann, Al Sha'ab, Gibbs, William Turner, Nefud Yidda y Kasar. También llevaría con él a los fusileros Murtogg y Mullroy.
James no llevaría a nadie más que ellos, quienes eran los únicos que conocían la doble identidad de Jack Sparrow, ya no quería que más personas se enteraran de su feminidad. Eso podría ponerlos al descubierto si más personas se enteraban de que había una especie de "relación prohibida" entre él y la pirata.
-¿En dónde están los demás? –preguntó de pronto al notar la ausencia de Elizabeth, Will y Yidda.
Todos comenzaron a buscarlos mirando alrededor suyo, sorprendidos, nadie había reparado que aquellos tres se habían marchado en algún momento de la reunión.
"¡Exelente! –pensó Norrington muy molesto-. ¡Las cosas se complicaron aún más!"
-¿Qué haremos ahora? –le preguntó a tía Dalma-. Usted dijo que necesitaba a Elizabeth.
-No se preocupe por eso, comodoro –le respondió mientras sonreía-, estoy segura de que todos ellos se fueron a la isla. Tarde o temprano los encontraremos.
James asintió dándole la razón, así que enseguida dio la orden de llevar el plan a la práctica. Ya no debían perder más tiempo.
Con cada nave bajo el mando de sus capitanes y protegidos por las pócimas de la pitonisa, el comodoro Norrington, Tía Dalma, el almirante Jacobson, Al Sha'ab y Gibbs, abordaron un bote y se dirigieron rápida y silenciosamente hacia la "Isla del Cuello Torcido". Ingresar a territorio enemigo era un riesgo, y más si ese enemigo poseía una magia poderosa.
Sumido en sus pensamientos, James recorrió con la mirada a cada uno de lo rostros de quienes lo acompañaban en aquella misión: Al Sha'ab estaba algo nervioso pero se notaba que su curiosidad de "intelectual" podía más que él. Tía Dalma estaba siempre tan tranquila y seria como de costumbre. James jamás podría acostumbrarse a ella, siempre lograba ponerlo nervioso. Luego miró a Gibbs, quien protestaba como de costumbre mientras dirigía el bote con los remos. Por último, su atención recayó sobre su amiga Isabel Jacobson, quien había tenido un cierto revés de ánimo desde que a él casi lo había el doctor Jacobson, como si se sintiera culpable por todo lo sucedido. James frunció el entrecejo, si ella seguía con ése ánimo, no le ayudaría en mucho cuando tuvieran que pelear contra el enemigo.
Ya estaba a punto de decirle algo, cuando un pequeño y casi imperceptible movimiento bajo las lonas que estaban al fondo del bote llamó su atención. Curioso y alarmado, el oficial se inclinó lentamente y tomó un borde de la lona para jalarla de un tirón descubriendo a quien se escondía allí.
-¡¿TÚ?! –exclamó sorprendido al igual que los demás cuando vio al pequeño "Billy" agazapado bajo la lona.
El chico le sonrió entre avergonzado y asustado al verse pescado en falta cuando James le había prohibido terminantemente el ir con él a la isla.
-¡Te dije que no vinieras con nosotros, esto va a ser muy peligroso para un muchacho como tú! –le riñó el comodoro mientras lo tomaba por el brazo y lo ponía en pie.
-Ya estamos demasiado lejos del barco –dijo el almirante Jacobson mientras le dedicaba una mirada asesina al chico-. Tendrá que venir con nosotros.
-¡Pero podrían asesinarlo! –protestó James mientras "Billy" se escondía detrás de él, atemorizado por la frialdad del almirante.
-Tú y ese pirata decidieron quedarse con él –le replicó George secamente-. Debes aceptar tu responsabilidad.
James se le quedó mirando por unos momentos para luego mirar atentamente al niño: éste era un chico de estatura media para sus doce años de edad, su tez estaba algo bronceada, tenía ojos negros y largos cabellos morenos. Parecía ser de alguno de aquellos países del mediterráneo, Italia, probablemente. Por culpa de su privación del habla y oído, no sabía cuál era su verdadero nombre, si es que lo tuviese. Había un destello de inteligencia y audacia en la mirada del chico, pero seguramente, tantas necesidades lo habían retraído bastante. Si no fuera por sus problemas físicos, Norrington estaba seguro de que el muchacho hubiera sido un soldado excelente.
Entonces, pensando en la mejor manera de protegerlo, Norrington rebuscó entre los bolsillos de su casaca y sacó la moneda que Will le había entregado para salvarle la vida.
Dubitativo, la observó largamente sobre la palma de su mano y luego dirigió una mirada inquisitiva hacia tía Dalma, quien parecía no prestarle demasiada atención.
-Haga lo que quiera –le dijo ella mientras abanicaba la mano en señal de desinterés-, sus heridas ya no son mortales.
Se le quedó mirando un tanto perplejo por unos momentos, pero enseguida tomó una decisión y le puso la moneda dorada en la mano del chico y le dijo:
-Esto te protegerá –le cerró el puño con fuerza, tratando de demostrarle lo que quería de él-, no la pierdas por nada del mundo.
Comprendiéndolo todo, Billy miró la moneda del tesoro de Cortés por unos segundos para luego mirar hacia aquel hombre de apariencia hosca y seria. ¡Por fin había alguien más que se interesaba por su bienestar a parte de aquella extraña mujer pirata luego de varios años de abandono tras la muerte de su amada madre!
Y sin que James se lo esperara, el chico lo abrazó con todas sus fuerzas y comenzó a sollozar, agradecido por sentirse nuevamente querido.
-Bueno, bueno –le dijo el comodoro un tanto sonrojado mientras le daba unas palmaditas en la espalda-, tampoco es para que te pongas así. Compórtate como un hombrecito y ya deja de llorar.
Gibbs miraba aquella escena completamente sorprendido, jamás se hubiera imaginado a Norrington expresar ternura por alguien, no era ése su accionar. Isabel también estaba sorprendida, el que su amigo pusiera nuevamente su vida en peligro por un mocoso sin futuro la tenía totalmente preocupada: él se estaba ablandando, y eso no era propio ni conveniente para un oficial de la marina que luchaba contra los piratas más crueles y temibles de los siete mares. Tía Dalma, en cambio, observaba muy interesada aquella tierna escena. ¿Acaso el hechizo que había caído sobre él era lo que lo hacía actuar así? ¿O realmente había verdadera bondad en su corazón?
Entretanto, Will y los demás ya habían llegado a la isla y se dirigieron directamente hacia la entrada de la cueva guiados por Cotton y su loro, pero como habían desembarcado un poco lejos, les llevaría algo de tiempo llegar hasta su objetivo.
Aún no habían caminado mucho tiempo a través del bosque hasta que el repentino chasquido de una ramita rota los hizo ponerse alertas.
-¡Si es uno de esos perros infieles de Satanás, yo mismo acabaré con él! –sentenció Kasam mientras desenvainaba su sable turco.
-¡Espera! –exclamó su líder Nefud mientras extendía su brazo frente al árabe para evitar que fuera a enfrentar lo que sea que estuviera allí-. Mejor mandemos a este par de piratas contrahechos.
-¿S-se refiere a nosotros? –preguntó un tembloroso y flacucho Ragetti.
-¿Pues a quién más, sino? –le respondió con un ligero tono de amenaza.
-¡Pues no iremos! ¡Ni aunque estuviésemos locos! –se negó el regordete Pintel.
-¡Eso! –apoyó su compañero-. Usted no es nadie para decirnos qué hacer.
-Entonces… -Yidda desenvainó su espada-, como veo que ustedes no nos servirán para nada, morirán.
-¡N-no! ¡No! ¡Iremos! ¡Iremos! –exclamaron muy asustados los piratas al unísono mientras abanicaban sus manos al ver que sus vidas peligraban.
Y así, muertos de miedo, Pintel y Ragetti se dirigieron sigilosa y torpemente hacia el sitio en donde habían escuchado aquel ruido misterioso.
Tan asustados estaban, que no pudieron evitar gritar de terror cuando dos soldados de la armada aparecieron de repente de entre unos arbustos frente a ellos.
-¡¡Aaaaaaaah!! –gritaron también los fusileros, quienes no eran otros que Murtogg y Mullroy.
Los cuatro cayeron al suelo al mismo tiempo que Will y Elizabeth se sorprendieron al encontrarse frente a frente.
-¡Will!
-¡Elizabeth! ¿Pero qué estás haciendo aquí?
-Vine a ayudarte. Tú no eres el único que quiere que Jack vuelva a ser hombre…
-Te equivocas –le cortó el muchacho para luego seguir caminando en dirección a la montaña-. Yo solamente quiero rescatar a mi amada Jacky y nada más.
-¡Pero, Will! –quiso detenerlo tomándolo del brazo, pero él se desembarazó enseguida y se volvió para mirarla.
-No insistas, Elizabeth, tú ya no significas nada para mí. No me interesa tu ayuda. –Y dejando a su ex prometida con el corazón roto, el joven herrero se introdujo entre el follaje del bosque tropical seguido por Pintel, Ragetti, Cotton y su loro, quienes se dieron los segundos necesarios para dedicarle una mirada de lástima a la cabizbaja muchacha antes de desaparecer tras un trastornado William Turner al igual que un enfurecido Yidda y el enorme Kasar. Sólo Murtogg y Mullroy se quedaron con ella en un incómodo silencio.
-No vale la pena sufrir por ese chico malagradecido, señorita Swann, si disculpa mi atrevimiento en decírselo… -habló por fin Murtogg, sintiendo gran compasión por ella.
-No tiene derecho a tratarla de esa manera tan cruel, no está en sus cabales. Vámonos de aquí, por favor señorita Swann. El comodoro Norrington debe estar muy molesto por haberse usted marchado así –aconsejó Mullroy.
Elizabeth no dijo nada, seguía con la vista fija en el suelo, luchando contra el terrible dolor que consumía su destrozado corazón. Ella se debatía entre mandar todo al diablo e irse de allí o seguir adelante hasta lograr romper la maldición que aquejaba al capitán Jack Sparrow y a su prometido.
Poco a poco, sus esbeltos puños se fueron cerrando hasta ser apretados con fuerza en el momento en que tomó una decisión de lo que haría al respecto.
-Tiene razón, Will no está en sus cabales –los miró con gran determinación-, y voy a ayudarlo cueste lo que me cueste.
Y ante la sorpresa de los dos fusileros, la joven se encaminó hacia la misma dirección que había tomado su ex prometido.
Mirándose entre ellos y encogiéndose de hombros, los dos hombres la siguieron entregándose a su suerte.
Mientras tanto, el comodoro Norrington y los demás ya habían desembarcado en la playa de la isla y se dirigieron rápidamente por donde el contramaestre Gibbs les iba indicando.
Sin saber que Will y Elizabeth estaban cerca de allí, todo el grupo de James cruzó velozmente el bosque y llegó hasta el pie de la montaña, cuya resbaladiza ladera los hacía trastabillar cada tanto hasta que lograron dar con la cueva por donde había entrado el capitán Jack Sparrow la primera vez que estuvo allí.
-La entrada es bastante angosta… -comentó el oficial mientras atisbaba por el oscuro hueco de la cueva-. Tendremos que entrar uno por uno con sumo cuidado.
-Este… -comenzó a decir un avergonzado Gibbs mientras jugaba con sus dedos índices-, yo no puedo entrar por allí, comodoro Norrington, soy demasiado… gordo...
-No se preocupe, señor Gibbs –le dijo después de suspirar-, su trabajo llegó hasta aquí. Usted se quedará con el chico a vigilar la entrada mientras los demás entramos. Si llega a avistar a la señorita Swann o al señor Turner, guíeles hasta aquí. Pero si llega a ver antes al enemigo… -se acercó ceñudo hacia él-, no quiero héroes, ¿entendido? Escape como pueda de aquí y llévese al muchacho. ¿Comprendió?
-No tiene que repetirlo dos veces, señor –asintió el contramaestre del "Perla Negra" para luego verlos desaparecer uno por uno a través de aquella oscura gruta.
Billy intentó ir también, pero Gibbs lo detuvo tomándolo firmemente por el hombro. Cuando el chico lo miró suplicante, éste le dijo:
-Yo también estoy preocupado, chico, pero tenemos una misión qué cumplir. ¿No querrás hacer enojar el comodoro, verdad, mozalbete?
Comprendiéndolo a medias, el muchachito se quedó mirando hacia el oscuro hueco con cara de preocupación. Ya había perdido a la "bonita pirata" y no quería perder ahora al "valiente soldado".
"¡Jack! ¡Capitán! ¿Podré verlo salir de esa cueva convertido en el hombre a quien siempre conocí?" –Pensó su contramaestre sumido en la aflicción y la ansiedad.
Uno a uno había atravesado la estrecha y larga caverna hasta que lograron salir a una cueva mucho más grande, allí en donde el inmenso y riquísimo tesoro árabe descansaba desde hacía ya varias décadas.
-Éste es el tesoro por el que el capitán Jack Sparrow venía a apropiarse –informó tía Dalma mientras observaba maravillada todo aquel resplandor dorado. Sonrió maliciosamente antes de agregar:
-Y al final terminó apropiándose de un cuerpo femenino.
Norrington miró alrededor con una mueca en el rostro como si todo aquello le produjera cierta aprensión.
-Piratas… -murmuró molesto-. Siempre quieren apropiarse de lo que no es suyo. Éste tesoro le pertenece al reino de Francia.
-Por el cual no verá una sola moneda, éste tesoro le pertenece ahora a Inglaterra –rebatió duramente el almirante Jacobson fulminando a su compañero con una mirada amenazadora-. Ten cuidado con lo que dices, podrías ser tomado por un traidor.
James Norrington la miró muy ofendido, no había sido esa su intención.
-Los dos están equivocados –replicó Al Sha'ab bastante molesto, parado en medio de la cueva-. Todas estas riquezas le fueron robadas a mi pueblo. Es nuestro derecho recuperarlas.
-No si ustedes mueren de éste lugar –amenazó Jacobson mientras desenvainaba amenazadoramente su sable japonés dispuesto a defender el "derecho" de su patria para apropiarse de lo que no era suyo.
Aquella amenazadora actitud, tomó por sorpresa al joven árabe, quien no pudo evitar retroceder un paso, asustado, pues sabía que aquel hombre era sumamente peligroso y dispuesto a cualquier cosa. Hacerle frente significaba una muerte segura.
-Guarda tu arma, George –le dijo James mientras le colocaba la mano sobre su hombro para calmarlo-, eso ya lo veremos después. Por lo pronto debemos concentrarnos en romper el hechizo y acabar con el jeque Tel Aviv.
Comprendiendo que su amigo tenía razón, el almirante dio un bufido de fastidio y guardo la espada mientras Al Sha'ab suspiraba aliviado al ver su pellejo a salvo.
-Tenemos que encontrar la calavera de Jezabel y la daga que utilizó para cortarse –dijo la pitonisa mientras miraba alrededor suyo-. Esas cosas tienen que estar por aquí…
-Bien –asintió el almirante Jacobson-, separémonos para buscar mejor, pero no se distancien mucho, ¿entendido? El enemigo debe estar esperando el momento oportuno para atacarnos.
Obedeciendo a sus órdenes, los cuatro se separaron un poco y comenzaron a rebuscar entre el tesoro y sus cofres.
Sintiéndose más seguros que los otros, George y James decidieron recorrer cuidadosamente aquella inmensa caverna mirando todo lo que les llamara la atención.
Mientras caminaba por un recodo oscuro de la cueva, Isabel tomó una antorcha de las pocas que había allí y se aproximó a algo que parecía una brecha en la pared. Poco a poco fue acercándose, la llama de la antorcha no ayudaba mucho en aquella total oscuridad, pero parecía haber alguien allí, así que, inquieta y alarmada, tomó la empuñadura de su espada lista para atacar si era necesario, hasta que…
-Hola, mi querida sobrina… -saludó el poseído doctor Chirstian Jacobson mientras salía de aquella tenebrosa gruta-. ¿Viniste a visitar a su viejo tío?
-¡Tío…! –murmuró Isabel asombrada-. ¿Qué…?
Entonces, para su disgusto, su pariente sacó lentamente una espada que tenía escondida detrás de él.
-He escuchado por ahí que mi niñita ha estado portándose muy mal con sus amiguitos… -la miró maliciosamente-. Creo que deberé castigarte...
Con los ojos desorbitados por la desagradable situación, la joven almiranta no pudo evitar quedarse petrificada por la consternación. No quería verse obligada a matar a su propio tío, aquel quien la había cuidado desde que sus padres habían sido asesinados.
Más allá, tía Dalma buscaba y rebuscaba entre el tesoro haciendo muecas de aprobación cada vez que se encontraba con algo que le gustaba. Al Sha'ab se encontraba ayudándola hasta que el sonido de unas pisadas lo hicieron levantar la vista hasta encontrarse frente a frente con todas las concubinas del jeque Alí Tel Aviv, quienes lo miraban amenazadoramente.
-¡Demonios! –exclamó asustado a la vez que se ponía en pie y sacaba su espada para defenderse.
-¡L-las concubinas del jeque! –exclamó aterrado.
-Lo sé –admitió la mujer seriamente preocupada al notar que aquellos hombres convertidos en mujeres comenzaban a rodearlos, así que tomó al joven hombre fuertemente por el brazo y le dijo:
-Tienes que hacerte cargo de ellos. Necesito tiempo para poder buscar y preparar el contra hechizo o no saldremos vivos de aquí… -lo miró, y se dio cuenta que él estaba completamente aterrorizado, por lo que tía Dalma se vio obligada a sacudirlo para lograr llamar su atención-. ¡Tienes que pelear! ¿Entendido? ¡Necesito que me ayudes o si no todos moriremos!
Al Sha'ab la miró y parpadeó sorprendido, luego asintió con la cabeza y se aferró fuertemente a su sable turco y se dispuso a combatir contra aquellos seres siniestros, aunque se le doblaran las rodillas por el temor y no fuera tan buen guerrero como sus compañeros del desierto.
"¡Elizabeth! –pensó desesperada la pitonisa-. ¿En dónde demonios te metiste, chiquilla? ¡Necesito que estés aquí o si no, no podremos romper la maldición!
Ignorando lo que les estaba ocurriendo a los demás, James había encontrado una larga galería y había decidido entrar en ella ayudándose con la luz antorcha. Ya había recorrido varios metros hasta que llegó a un ensanchamiento de la misma y se detuvo cuando sus pies se toparon con algo blando. Entonces, extrañado, el oficial se agachó para averiguar lo que era y grande fue su sorpresa cuando la luz de la antorcha le reveló a su propia casaca azul, la misma que se había sacado en casa de Beckett y la que Jacky había tomado entre sus manos.
-Jacky… Estás aquí…-murmuró preocupado y a la misma vez esperanzado mientras dejaba a un lado la antorcha y tomaba la casaca, pero algo pesado en ella hizo que dejara de pensar en su amada pirata y averiguara de lo que se trataba.
Desenrolló cuidadosamente la casaca y se dio con la sorpresa de que ésta contenía una hermosa daga de oro macizo. Era muy posible aquel objeto era lo que la extraña pitonisa buscaba.
-Seguramente Jacky fue quien la encontró… -susurró apesadumbrado mientras permanecía en cuclillas mirando el cuchillo.
-¿Qué come que adivina? –escuchó sorprendido esta repentina pregunta hecha por una voz femenina muy conocida por él a la misma vez que sentía que el filo de una espada caía sorpresivamente encima suyo.
-¡¡Ah!! –gritó adolorido a la tiempo que soltaba la casaca y el cuchillo completamente desconcertado y caía sentado pesadamente hacia atrás sobre el piso empedrado. Adolorido y confundido por el corte recibido y el haber escuchado al mismo tiempo la voz de su querida Jacky sparrow.
La herida fue limpia y profunda realizada todo a lo largo de su brazo izquierdo. La manga de la casaca estaba destrozada al igual que la de la camisa.
Mientras James se tomaba el brazo lastimado, miró hacia quien lo había atacado para comprobar que quien lo había atacado era la mujer a quien tanto amaba.
Y así, parado frente suyo, se encontraba un capitán Jack Sparrow desconocido para él, quien lo miraba con desprecio y una cruel sonrisa se dibujaba en su rostro ensombrecido.
-¡Jacky…! –apenas pudo decir mientras se ponía trabajosamente en pie, más por alteración que por sus heridas.
-Comodoro Norrington, qué gusto el volver a verlo… –lo saludó con ironía el eludido mientras lo miraba con sus ojos inexpresivos que le daban una impresión aterradora-. ¿Sabe? Recordará éste día como el día en que el capitán Jack Sparrow lo ensartó como a una salchicha.
En tanto, en la entrada de la cueva, Billy se sentía más intranquilo que nunca por la seguridad de James y Jacky, que aprovechando un descuido del pobre Gibss, se introdujo velozmente a la gruta.
-¡No! ¡No vayas! ¡Niño! ¡Regresa aquí! –lo llamó desesperado el contramaestre en cuanto lo vio escapar. En vano trató de entrar él también a la caverna, pero su volumen corporal no se lo permitió. Frustrado, Gibbs golpeó el suelo con el pie-. ¡Que un mal rayo parta a ese mocoso! ¡Norrington me hará ahorcar si algo malo le llega a pasar!
Cerca de allí, Will y su grupo seguían aproximándose al sitio en donde se encontraba la entrada de la cueva del tesoro, seguidos de cerca por Elizabeth y sus guardaespaldas.
Mientras Will Y Nefud seguían discutiendo por quién iba a rescatar a la capitana, Elizabeth murmuraba maldiciones, los piratas y los fusileros se morían de miedo por cualquier insignificancia, sólo Kasar, Cotton y su loro se dieron cuenta a último momento de que un enorme cíclope apareció frente al grupo cortándoles la retirada.
-¡¡Peligro!! ¡¡Peligro!! –vociferó desesperado el loro, pero ya era demasiado tarde, la enorme bestia ya había atrapado a Elizabeth entre sus fuertes manos.
-¡¡ELIZABEEEEEEHT!! –exclamó Will desesperado al tratar de atrapar en vano los pies de su aterrorizada ex prometida cuando ésta era alzada por el monstruo.
-¡¡AYÚDAME, WWWWIIIILLLL!! –pidió la apresada chica mientras extendía suplicante sus manos hacia el alterado muchacho.
El joven Turner se sentía morir, ¿cómo podría rescatarla haciéndole frente a un monstruo como ése?
A todo eso, el capitán Hector Barbossa observaba con su catalejo a varios cíclopes enormes acercarse hacia donde estaban él y la flota naval, dispuestos a atacarlos.
-Comienza la fiesta… -comentó sonriente el capitán sustituto del "Perla Megra" mientras el resto de la tripulación comenzaba a correr de aquí para allá, despavoridos.
Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron!
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