El Intrépido Bravucón -Novela Original- Capítulo 5: De cuando un ángel y un demonio se encuentran


Resumen de la historia: Año 1740. Bajo la falsa identidad de Dom Sebastião de Almeida e Meneses, caballero de confianza para asuntos delicados, se esconde un incansable picaflor experto con la espada y un pasado oscuro como pirata, ahora realiza trabajos imposibles para la aristocracia. Pero todo cambia cuando conoce al buen doctor Christian Jacobson, ingenuo, despistado y… ¡virgen!
Sebastián perderá completamente la cabeza por él y se empeñará en conquistarlo, a pesar de su férrea negativa… ¿fingida?
Juntos conocerán a toda clase de personajes, amigos y enemigos, que los llevarán a vivir historias increíbles, llenas de aventuras, humor, drama y romance, mientras convierten la casa de Christian en la sede de la peculiar Agencia de Asuntos Extraordinarios. 
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Categoría: Ficción original
Género: aventura, romance, comedia, fantasía histórica, acción, bromance, yaoi/shōnen-ai/BL
Contenido: romance entre dos hombres, tratado desde el afecto y los sentimientos, sin escenas sexuales explícitas.
Parejas: Sebastián de Almeida e Meneses/Seagull Hood y Christian Jacobson
Estilo: aventura episódica con personajes e historias inspirados desde el anime
Formato: Novela por capítulos
Estado: En publicación
Calificación: 13+ — Adolescentes y adultos
Advertencia de contenido: aventura con violencia moderada, peligro, situaciones de tensión y romance entre personajes masculinos. Sin contenido sexual explícito.
Cantidad de palabras: por verse
Duración: por verse
Día de publicación: Lunes (Si se puede)
Año de publicación: 2026-20...¿? (Iniciado el 16 de Septiembre del 2026 y finalizado el... ya veremos cuándo)
Primera Publicación: El Rincón de Gabriella Yu 3
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada principalmente por el anime, los dramas asiáticos, la literatura universal y las películas. Soy una narradora de personajes muy visual. Me interesa descubrir quiénes son, qué sienten, por qué actúan como actúan y cómo las experiencias los transforman. Voy descubriendo sus historias a medida que avanzo con las historias que ellos mismos me cuentan... ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores! ¡Sólo me interesa contar historias, no la estructura gramatical ni ser una profesional! XD


Capítulo 5: De cuando un ángel y un demonio se encuentran


21 de Julio de 1740

Apareció un demonio

Dice que quiere llevarme

Pero mi Ángel no quiere

Tengo miedo por él

Tengo miedo por mí

¿Ese demonio es en verdad un demonio?


—No permitiré que se lleve a mi paciente sin mi consentimiento, Señor de Almeida e Meneses —Le dijo el doctor Christian Jacobson, desafiante.

Sebastián sonrió burlón.

—¿Y me lo dice así?

—¿Cómo así?

—¿Completamente desnudo?

—¡Oh! ¿¡Pero cómo se atreve a burlarse de mí!? —Se abrazó aún más, completamente avergonzado y ofendido, aún con el agua hasta la cintura.

—No me estoy burlando, sólo disfruto del hermoso paisaje que se presenta ante mí.

—¡Oh, por Dios! —. Se puso rojo como un tomate. — ¿Puede por favor alcanzarme mi ropa para poder conversar con usted con más propiedad?

—¿Cuál? ¿Ésta?

—¿Acaso hay otra?

—Entendido. ¿Le paso la camisa?

—¡Por supuesto!

Tratando de no soltar una carcajada, se acercó a la orilla y se la tendió.

—Bueno, ahí la tiene, tómela.

Después de dudarlo un momento, Christian extendió el brazo todo lo que pudo sin dejar de cubrirse con el otro brazo ni tampoco acercarse más de lo necesario a la orilla, pero lo único que consiguió fue resbalar y caer de cara al agua y darse un buen chapuzón.

Sebastián soltó una gran carcajada exagerada, inclinándose hacia atrás muy teatralmente, con una mano en la cintura y la otra todavía extendiendo la camisa, muy divertido.

Christian sacó la cabeza a la superficie, la sacudió y escupió agua, totalmente rojo por la indignación.

—¡No le encuentro la gracia, Señor! 

—Disculpe usted si lo ofendí de alguna manera, Milord —Le hizo una venia sin perder la sonrisa. El doctor pensó que aquel tipo era un verdadero sinvergüenza e insoportable bravucón.

—No se haga el gracioso conmigo.

—No pretendo serlo. ¿Le alcanzo algo más? ¿Tal vez los calzones?

—¡Obviamente! —Se cubrió aún más el torso con los brazos cruzados, con el agua hasta el cuello. Si antes estaba rojo, ahora estaba rojísimo por la vergüenza.

A Sebastián le pareció aún más divertido. Pensó que ese joven doctor pudoroso era mucho más interesante de lo que parecía a primera vista.

Christian lo vio agacharse para tomar sus calzones con una expresión de tan tremenda satisfacción, que no pudo soportarlo.

—¡Espere! —Lo detuvo haciendo la señal de stop con la mano y bajando la cabeza, muy ruborizado.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Acaso no quiere ponerse los calzones? —Lo miró, irguiéndose y con cara de fingido desconcierto.

—¡No! ¡Me basta con la camisa!

—Bueno, allá usted. Gustos son gustos —Se alzó de hombros como si estuviera juzgándolo por pervertido. 

—Dios mío… —Christian se llevó la mano a la cara. 

No podía creer que tenía que estar teniendo una conversación sobre sus calzones con un desconocido que parecía ser un completo degenerado. Entonces hizo acopio de toda su voluntad para tomar el control de la situación y dijo:

—Don Sebastián de Almeida e Meneses, ¿podría usted apartarse de allí y darse la vuelta? Quisiera poder salir y vestirme para que podamos conversar como dos personas decentes, por favor.

—¿Por qué? Para mí no es ningún inconveniente, ambos somos hombres, y pienso que tenemos lo mismo ahí abajo… —Fijó su mirada por debajo de la cintura del aludido, cubierta por el agua casi transparente—. O eso creo yo…

—¡Cielo santo! ¡Hablo en serio! —Se hundió hasta la barbilla, desesperado y muy enfadado.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! Sus deseos son órdenes para mí, Milord.

Caminó una distancia prudencial y de vio media vuelta, dándole la espalda, una espalda bastante ancha, de hecho, y una pose teatral.

—¿Así está bien, Milord?

—Perfectamente. Y le pido que no se de la vuelta hasta que le avise.

—Me ofende usted, Milord, como caballero, jamás haría algo así.

Christian estaba seguro que aquel tipo estaba disfrutando mucho con aquella conversación.

—Caballero… Claro, como no… —Murmuró mientras salía del agua lo más rápido pero también lo más cuidadoso posible. No podía correr el riesgo de resbalarse justo en el peor momento para darle a aquel sujeto la excusa perfecta para darse la vuelta y verlo en una pose vergonzosa completamente desnudo.

Por suerte el peligroso visitante había dejado la camisa cerca, sobre el suelo, así que la tomó y se la puso en un segundo, acto seguido, se dirigió rápidamente hacia el lugar en donde estaba el resto de su ropa. 

—Estoy listo. Ya podemos conversar sobre Mademoiselle Constance, Don Sebastián—. Le escuchó decir al doctor, por lo que Sebastián comenzó a darse media vuelta preguntándose cómo se vería aquel rubiecito vestido.

—Es una verdadera pena… Hubiera preferido que siguiéramos conversando como lo estábamos haciendo. La vista era espectacular… ¡Oh!

Grande fue su sorpresa cuando vio al menudo y joven doctor apuntándolo firmemente con una pistola de chispa. Su pose era la de alguien que sabía usar un arma y la concentración en su rostro era perfecta, pero… vestido tan sólo con una camisa blanca que le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas, el cabello rubio chorreando agua y con unas lindas piernas largas y blancas aparentemente suaves y delicadas, le quitaba toda la solemnidad que debería de haber tenido si estuviera completamente vestido.

Sebastián silbó, un silbido largo de admiración y asombro, mientras lo observaba de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo.

Christian torció el gesto. Sintió como si estuviera haciendo el ridículo ante aquel sujeto o que el sujeto simplemente lo estaba desvistiendo con la mirada más que antes. 

—¿Por qué silbó así? ¿Qué no ve que le estoy apuntando con un arma?

—¡Oh! Disculpe usted, doctor, pero sinceramente nunca vi un ser tan adorable y peligroso al mismo tiempo.

—¡Oh! ¿Pero cómo se atreve? ¡Le advierto que soy un excelente tirador y no permitiré que se lleve a la muchacha sin mi consentimiento! ¡Jamás la entregaré a alguien como usted!

—No dudo que usted sea lo que dice ser, doctor, pero… —Se le borró la sonrisa y se puso muy serio, haciendo que Christian se preocupara de verdad—. He venido a cumplir con mi trabajo y usted y sus encantos no me lo impedirán.

—¿Eh?

Y sin darle tiempo a reaccionar, Sebastián se movió tan rápido que en un segundo cubrió la distancia que había entre él y Christian y con una mano lo tomó fuertemente por la muñeca y le rodeó la cintura con el otro brazo, atrayéndolo fuertemente contra su cuerpo, sonriéndole perversamente mientras Christian lo miraba con los ojos como platos, tremendamente sorprendido y sin poder moverse un centímetro. La fuerza física de aquel sujeto era impresionante, y también la estatura, por lo menos le sacaba una diferencia de medio metro.

Quiso empujarlo con la mano libre sobre aquel duro pecho, pero le fue imposible, era como si quisiera empujar una sólida pared de piedra, y eso lo asustó terriblemente, pero jamás se lo iba a demostrar. 

Lo miró directamente a los ojos, furioso y humillado.

—¡Suélteme!

—¡Ah! ¿Aún tiene el valor de desafiarme?

—¡Le dije que me suelte! 

Para el horror de Christian, Sebastián acercó su rostro al de él, sonriéndole como un demonio, disfrutando del momento, disfrutando someterlo.

—No lo haré —. Le dijo con un tono peligroso—. No hasta que se dé por vencido y me entregue a la jovencita.

—Jamás… —Replicó entre dientes, desafiándolo—. Jamás permitiré que usted le ponga las manos encima. Es una niña inocente.

Por toda respuesta, el bravucón no lo aguantó más y soltó una estruendosa carcajada, ofendiendo al doctor.

—¡Oiga! ¿De qué se ríe?

—Perdón —Volvió su atención hacia su prisionero a quien seguía sujetándolo con firmeza—. Me resulta divertido que me diga eso alguien que es tan inocente como esa jovencita…

—¡Oh! —Christian se puso rojo como un tomate.

Sebastián acercó su rostro aún más. Lo estaba gozando muchísimo. Nunca en todos sus años de aventuras alrededor del mundo, había conocido a alguien tan interesante como ese delicado pero valiente rubiecito de grandes ojos celestes llenos de inteligencia e ingenuidad.

—¿Usted cree que no lo investigué antes de venir aquí, mi adorable doctor? Sé que es un excelente tirador tanto con el tiro al blanco como móvil pero nunca ha matado a nada ni a nadie a pesar de ser el mejor tirador de toda Inglaterra. Sé también que atiende a pobres y ricos. Que es tan imprudente que es capaz de entrar en las zonas más peligrosas para ayudar a algún enfermo. Comenzó sus estudios de medicina a los 16 años en la universidad de Edimburgo y hasta sirvió a la Royal Navy como médico cirujano. Sé que sus padres murieron en la gran epidemia cuando usted apenas era un niño pequeño quedando sólo en el mundo y por esa razón fue enviado a un internado pero sólo estuvo allí un año y finalmente fue criado y educado por la misma y fiel servidumbre de sus fallecidos padres, gente a la que quiere como a una familia, ¿no es así?... ¿Realmente cree que yo iba a creer que alguien tan ingenuo  como usted iba a ser capaz de dispararme? 

—No crea que soy tan ingenuo, Señor De Almeida e Meneses, si ese hubiera sido el caso, no hubiera tenido un arma escondida entre mis ropas.

—Touché, mi querido doctor, pero le apuesto que la tendría más para amenazar o defender que para quitarle la vida a alguien, ¿no es así? ¿O me equivoco?

—Idiota… —Se puso más furioso, casi humillado. Sentía que ese tipo no sólo lo desnudaba con la mirada, sino también se había inmiscuido en su vida privada.

—Pero como sabemos que es un hombre que sabe mucho de anatomía y además tiene una puntería excelente, estoy seguro que, ha de ser necesario, me habría disparado en un brazo o una pierna, en un lugar en donde no ocasionara un daño grave o permanente, ¿verdad?

Christian se quedó con la boca abierta, asombrado. Eso era justo lo que hubiera hecho para detenerlo.

Sebastián sonrió satisfecho.

—Me lo imaginaba… Usted es como un libro abierto para mí, doctor, es tan transparente.

—¡No tiene derecho a investigarme de esa manera!

—¿Derecho? No, mi estimado doctor, era mi obligación. Tenía que conocer al hombre con quien se está quedando Constance, y debo decir que no pudo haber encontrado a alguien tan indicado como usted para ayudarla, mi estimado doctor. Usted es perfecto.

—¡Oh! Yo no… —Sus mejillas se colorearon otra vez.

—Y es por eso que le daré su premio por ser buen chico… —Se inclinó peligrosamente hacia él, cerrando los ojos y estirando los labios con la evidente intención de besarlo.

—¡Oiga! ¡Oiga! ¿Pero qué cree que está haciendo? —Alarmado, Christian trató de echar la cabeza hacia atrás, tratando de alejarse lo más posible de aquellos labios sinvergüenzas, con el corazón golpeándole a mil.

—¿No es obvio, tierna ricura?

¡Ay, no! ¡Ay, no! ¿¡Pero qué diablos!? ¿¡Qué diablos quiere hacerme!? —Pensó, con la mente hecha un desastre, asustado y confundido,  no podía creer lo que le estaba pasando.

Paralizado, cerró los ojos con fuerza y frunció la boca, sintiendo ya la respiración del intruso sobre su rostro, a punto de besarlo, su primer beso.

— Milord, ¿pero qué está pasando aquí? —Se escuchó decir a alguien, interrumpiendo la escena.

Tanto el recién llegado como Sebastián y Christian, se quedaron mirando entre ellos con los ojos como platos y en completo silencio por espacio de unos segundos que parecieron interminables. Estaban separados por unos pocos metros.

—¡Señor Wilkes! ¡Benditos los ojos que lo ven! —Exclamó Christian con los ojos húmedos, aliviado. En cambio, Sebastián se sentía muy frustrado y aún no había liberado a su prisionero.

—Maldición, tuvo que aparecer este tipo en el mejor momen… ¡OUCH! O_O

Con los ojos bien abiertos y desorbitados, y con las manos sujetando fuertemente su entrepierna, Don Sebastián de Almeida e Meneses, caballero de confianza para asuntos delicados de la Agencia de Asuntos Extraordinarios, cayó de lado al suelo, tieso como una estatua, completamente paralizado y neutralizado por el dolor.

—¡Uh! —John Wilkes frunció el rostro como si él mismo hubiera recibido aquel golpazo.

—Perdón, usted me obligó… —Se excusó Christian, bajando la rodilla, sin poder evitar sentirse algo culpable por haber llegado hasta ese extremo.

—¿Quién es ese hombre, Mi Señor? ¿Le hizo daño? —Le preguntó, muy preocupado.

—Sólo me asustó un poco, pero creo que es un bocón. Me dijo que vino por Madeimoselle Constance.

—¿Por la señorita? ¿Ese tipo? —Lo miró horrorizado.

—Si… —Asintió, preocupado también.

—¿Entonces qué haremos con él, Señor? Por fortuna lo dejó fuera de combate —Miró al caído con cierta lástima, acercándose para verlo mejor.

Christian se apartó, caminando hacia el lugar en donde estaba el resto de su ropa, aun sosteniendo el arma.

—Vamos a llevarlo a casa. Quiero poner las cosas en claro con este hombre, así que hazte cargo de que no sea una amenaza para los habitantes de la casa, se lo pido de favor, Señor Wilkes.

—Sí, Milord.

Y mientras Christian comenzaba a vestirse, se preguntó si realmente podría tener una conversación seria con aquel sinvergüenza, puesto que le preocupaba la situación de Constance y su seguridad. 

“Mientras ella esté en mi casa como paciente, no podrán sacarla tan fácilmente” —Pensó, frunciendo el ceño.

Lejos estaba de imaginar que las cosas iban a ponerse muy feas tanto para él como para Constance en los próximos días, y que la persona menos pensada iba a ser quien lo solucionara todo de una manera increíblemente inolvidable.


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Notas de una Bloguera Arrinconada:
                                                                  Christian no es ningún debilucho, ¿verdad? Su aspecto frágil y angelical dista mucho de su valentía, decisión y determinación, cosas que a Sebastián le dará muchas sorpresas, sobre todo el rodillazo en la entrepierna... ¡Ja ja ja! ¡En el próximo capítulo comenzarán los problemas de verdad!
                                                                  ¡Muchas gracias por leer y seguir mi blog! ¡Y recuerden! ¡Permitan la publicidad y traigan más visitantes, se los agradecería un montón si les dicen qué pueden conseguir en él porque si alguien lo visita por primera vez, no sabrá para qué sirve este blog! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!

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