Piratas del Caribe: El Libro del Destino -Fanfic- Capítulo 40: El Verdadero Asesino

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Resumen de la saga: Piratas del Caribe es una saga de aventuras fantásticas centrada en el excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). La trama principal sigue sus esfuerzos por recuperar su barco, el Perla Negra, enfrentándose a maldiciones sobrenaturales, piratas fantasmales (Capitán Barbossa, Davy Jones), monstruos marinos y la Marina Real británica en el Caribe del siglo XVIII. 


Argumento: Jack y Jacky se separaron! ahora son 2! un hombre y una mujer! Doble problemas para todos! Lograrán cambiar sus destinos y el de los demás? Continuación de La Maldición del Anillo de la Calavera. James y Jacky pasan su primera noche juntos...¿pero será la última? ¡Tiene de todo!
Género: aventura, drama, acción, fantasía, humor
Personajes: los principales e inventados
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: 384,335
Duración: 57 capítulos
Estado: completo
Año de publicación: 2007-2009 (Iniciado el 31 de Octubre del 2007 y finalizado el 17 de Mayo del 2009)
Primera Publicación: Fanfiction
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada tanto por el anime, los dramas asiáticos y la literatura universal. Me gusta hacer pasar a los personajes por duras pruebas. ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores!

Capítulo 40: El Verdadero Asesino

La repentina aparición del almirante George Jacobson dejó a todo el mundo boquiabierto, en especial al capitán Seagull Hood, quien ya sabía la verdadera identidad de éste. El ver a Isabel vestida como hombre, lo había dejado sinceramente anonadado. Sabía que la amaba con locura, pero también supo que ella jamás iba a amarlo.

—Yo me haré cargo de este bandido —repitió el almirante, caminando hacia donde se encontraban el capitán Hood y Morgan mientras su fría mirada se posaba acusadoramente sobre la capitana Jacky Sparrow y el ex comodoro James Norrington. Asustado, James se apartó como pudo de la pirata, quien lo miró muy sorprendida y sin comprender del todo su extraña actitud—. Ese hombre debe pagar por todas sus fechorías.

Seagull, sin quitarle la vista de encima a Isabel, se apartó prudentemente de Morgan hasta que ella se detuvo orgullosamente delante de éste último.

—Póngase de pie, capitán Bartolomé Morgan, lucharemos como caballeros.

El aludido la miró detenidamente y poco a poco comenzó a levantarse. Más allá, Annete y Billy corrieron muy preocupados hacia donde se encontraban Jacky y James.

—¡Señorito Norrington! ¿Qué le ocurrió? ¿Quién le hizo esto? —quiso saber la francesa mientras se arrodillaba ante él y comenzaba a revisarlo cuidadosamente y le dirigía una acusadora mirada a la capitana Sparrow.

—… Ella no me hizo nada, madame Foubert… Fue ese maldito pirata… —le aclaró el ex oficial, quien seguía sentado en la arena.

—Nada, ¿eh? Pues por su culpa usted perdió su dignidad y todo lo que le había costado lograr durante todos estos años, señorito Norrington, además de haberle roto el corazón, claro.

—¡Oiga! —se quejó Jacky, a quien el jovencito Billy se había lanzado a sus brazos, dichoso por verla de nuevo.

—¿Acaso osará negarse, señorita Sparrow? —la enfrentó furiosa, poniéndose de pie para mirarla a los ojos—. Todo lo que dije es cierto. ¡Admítalo!

James y Billy la miraron detenidamente al igual que Alwine y Elena, quienes se habían acercado a presenciar aquella interesante escena. Jacky, sintiéndose presionada, miró nerviosamente a cada uno de ellos hasta que finalmente posó su mirada sobre James Norrington.

—Bueno, yo… —comenzó a balbucear—. Yo… Yo… No…

—¡Ah! ¿Lo niega, usted?

Y sin que nadie se lo esperara, madame Foubert le dio a Jacky una buena cachetada, haciéndole girar la cabeza.

—¡Ouch! —Sin volverse, la aporreada pirata se llevó la mano a su adolorida mejilla. ¡Hacía tanto que no la golpeaban de esa manera!—. Esto me lo merezco…

Se volvió y miró a madame a los ojos.

—Con sinceridad, madame Foubert, si yo dijera que usted está equivocada con sus conjeturas, entonces usted quedaría como una deshonesta y yo también quedaría como una deshonesta, pero, si yo dijera que usted está en lo cierto en sus conjeturas, entonces usted quedaría como una honesta y yo también quedaría como una honesta, así que, honestamente hablando, ambas somos tan honestas como deshonestas.

Todos parpadearon bastante confundidos con aquel extraño discurso, pero Annete no era mujer de quedarse en el molde, así que, agarrando a la capitana por el cuello de la camisa, exclamó:

—¡Usted es la única culpable de lo que le pasó a mi niño y no tiene por qué negarlo, señorita Sparrow o juro que la haré ingresar por la fuerza a un instituto correccional de señoritas para que aprenda a comportarse como tal!

Jacky se le quedó mirando con los ojos y la boca bien abiertos, jamás en su vida la habían amenazado con internarla en un instituto. Estuvo a punto de replicarle, pero la interrumpió una risotada bastante estruendosa por parte de Elena, quien ya se estaba quedando sin aire por culpa de su ataque de risa. Furiosa, madame Foubert se volvió hacia la impertinente jovencita y puso los brazos en jarra mientras le clavaba una gélida mirada.

—¿Qué le parece tan gracioso, señorita? —la miró de arriba abajo con el ceño fruncido por el desagrado que le inspiraba—. Veo que usted tiene mucha menos educación que la señorita Sparrow. Debería contemplar la idea de acompañarla al internado y aprender la buena educación que tanta falta le hace.

—¿Acaso perdió el juicio, vieja loca? ¡Nadie me dice lo que tengo que hacer! ¡Ni siquiera aquel bondadoso doctor!

Annete estuvo a punto de abofetearla por su impertinencia, pero se detuvo inmediatamente cuando escuchó aquellas últimas palabras. Lo primero que se le vino a la mente fue el bondadoso rostro de Christian Jacobson.

—¿De quién hablas? ¿Cuál doctor bondadoso? ¡Dime! —quiso saber.

—¡Oh! Yo… —balbuceó la muchacha al ver cómo había reaccionado aquella austera mujer. Seguramente ésta lo conocía.

—¡Habla de una vez! —la tomó por los hombros con las manos crispadas—. ¡A cuál doctor te refieres!

Pero Elena no podía hablar, estaba asustada, tenía miedo de que aquella ruda mujer reaccionara con violencia cuando supiera lo que ella le había hecho al doctor.

—Tenía un nombre muy bonito —intervino tímidamente la pequeña Alwine—, aunque no me gustaba su significado…

Annete se volvió hacia la pequeña y, arrodillándose, la tomó por los brazos, hablándole con un tono menos duro, casi dulce, esperanzada.

—Dime, pequeñita: ¿cómo se llamaba ese doctor?

Ella la miró con esa inocencia propia de su edad, comprendía todo con mucha facilidad, pero podía adivinar que su respuesta podría causarle mucho dolor a aquella señora.

—… Era un nombre muy bonito —repitó en un susurro—… Se llamaba Christian…

—¿Christian? ¿Christian? —repitió Annete, abriendo enormemente sus ojos verdes—. ¿Conoces su apellido?

—No me acuerdo… —fue la frustrante respuesta de la niña.

Dando un suspiro de fastidio, madame Foubert se puso en pie luego de acariciar secamente la cabeza de Alwine y se volvió hacia Elena, quien la miraba como si fuera la culpable de algo muy malo.

—¿Y tú? ¿No te acuerdas cómo se apellidaba?

Asustada, la aludida lo negó con la cabeza. Aquella mujer de dura mirada le daba mucho miedo.

—… ¿Cree que se refieran al doctor Jacobson, nanny…? —le preguntó James tan preocupado como extrañado por el destino de aquel hombre tan sabio.

Annete estuvo a punto de responderle, pero fue el almirante, que estaba escuchándolo todo con mucha atención, quien respondió, pues había decidido que ya era tiempo de que ellos supieran la triste y dolorosa verdad acerca de su tío.

—Sí, ése hombre era mi tío, James —declaró sin quitarle la vista de encima al capitán Morgan—. Éste maldito fue quien lo asesinó frente a mis ojos cuando intenté salvarlo cerca de estas costas.

—¡¿Qué?! —exclamó madame Foubert, impactada—. ¿Christian está muerto? No, no puede ser… —pronto sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Ya no habrían más juegos de ajedrez, ya no habrían más combates de inteligencia entre los dos, ya no volvería a ver su sonrisa tan burlona, inteligente y bondadosa a la vez. Ya nunca más volvería a verlo… Y jamás se casaría con él…

Todos conocían al buen doctor y todos reaccionaron de manera diferente frente a aquella horrible revelación. Rompiendo a llorar amargamente, la pequeña Alwine se lanzó a los brazos de Billy, quien, bastante confundido y avergonzado, no sabía si quitársela de encima o dejar que lo abrazara; Elena se hincó sobre la arena y comenzó a acariciar a su perro, agachando la cabeza y tratando de disimular las lágrimas de culpa que luchaban por salir de sus ojos; James se aferró con fuerza a la mano de Jacky, quien se percató de que él estaba temblando; madame Annete Foubert, en cambio, mientras las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, cerró los puños con inusual fuerza y apretó la mandíbula de tal forma, que hizo chirriar sus dientes.

—¡Acabe con ese hombre, almirante Jacobson; vengue la muerte de Monsieur Jacobson! ¡Un hombre tan perverso como ése no tiene ningún derecho a permanecer con vida sobre esta tierra de Dios después de haber asesinado a un caballero! —le pidió con voz sibilante, clavando su mirada de halcón sobre Morgan, fulminándolo.

Todos se le quedaron mirando, impresionados por la fría y decidida actitud de aquella mujer. Hasta Isabel se le quedó viendo, pues, aunque madame Annete Foubert aparentaba ser una mujer muy fría y recta, era muy femenina y llena de sentimientos fuertes, más femenina de lo que ella podría haber llegado o llegaría a ser jamás. Conmovida, la pequeña Alwine soltó a Billy y tomó la mano de la francesa con su pequeña manito, por lo que Annete, sorprendida, la miró detenidamente. Había algo en los ojos celestes de aquella niña que le hacía recordar la inusual bondad de su querido y amado Christian.

—¿Lo querías mucho? —preguntó la niña.

—Sí. Mucho —respondió después de unos momentos.

—Yo también lo quería mucho… —y de los ojos de Alwine comenzaron a brotar algunas lágrimas hasta que pronto rompió a llorar desconsoladamente mientras madame Foubert, conmovida, se puso en cuclillas para estrecharla suavemente contra su pecho, permitiéndole que se desahogara todo lo que quisiera mientras que ella también comenzaba a llorar en silencio, recordando que una vez, Christian le había afirmado que ella también tenía un corazón bondadoso a pesar de haberlo ocultado orgullosamente tras su fría e insensible armadura. En tanto, Elena, la culpa la carcomía terriblemente al saberse la culpable indirecta de la muerte del doctor. Si ella no los hubiera delatado a esos piratas, seguramente él estuviera con vida y, tal vez, proponiéndolo ser su padre.

Y así, con el corazón hecho pedazos, la jovencita se lanzó al suelo y rompió a llorar amargamente.

—¿La escuchaste? —le preguntó Isabel a "Sangre Negra"—. Tus días están acabados, ahora nadie te ayudará a escapar de tu merecido final… Pero... —Dirigió su fría mirada hacia la capitana Jacky Sparrow—, ahora tengo algo mucho más importante que hacer… —Volvió su atención hacia Seagull—. No dejes que se escape, pronto me encargaré de él.

El aludido asintió un tanto consternado, aun no podía asimilar la idea de ver a su querida Isabel en el papel de almirante… ¿Cómo podía ella desperdiciarse de esa manera?

Entonces, ya decidido con lo que iba a hacer, el almirante Jacobson se dirigió determinante hacia Jacky. En su hermoso rostro se podía adivinar lo que ella quería hacer, y no era algo muy bueno. James también lo había adivinado y se había puesto en pie lo más rápido que pudo, colocándose frente a la asustada pirata, interponiéndose entre ella y su amiga. Billy también había comprendido la terrible situación, así que él también se había colocado delante de James y Jacky, temblaba como una hoja, pero era muy valiente y decidido.

En cambio, Annete, Alwine y Elena, a pesar de que no conocían muy bien al almirante, lograron intuir algo muy peligroso en ese hombre, un sentimiento de peligro muy diferente del que inspiraba "Sangre Negra", que era como el de muerte. El almirante Jacobson inspiraba uno de espantoso terror, uno que Annete jamás se hubiera imaginado sentir, estremeciéndola completamente.

Sin decir una sola palabra, Isabel Jacobson apartó bruscamente a Billy a un costado, lanzándolo al suelo.

—¡No! —exclamó James en cuanto ella se paró frente a él—. Por favor, amigo, no le hagas daño. Ya te dije que ella no fue capaz de cometer semejante atrocidad…

—Quítate —fue la áspera orden del oficial.

—No lo haré, George; quiero que entres en razón. Ella o él no pudieron hacerlo, ¡eran demasiado pequeños! ¡Tienen casi nuestra edad!

Isabel sonrió condescendientemente.

—Eso ya lo sé, ¿crees que soy estúpido? Tal vez Jack Sparrow no asesinó a mis padres y a mi… hermana, pero lo que sí es seguro es que estuvo en ese maldito navío formando parte de la tripulación de esos piratas… —Su rostro se contorsionó horriblemente—. ¡¡Y juré que todos esos malditos piratas que nos abordaron morirían!! —Señaló a la asustada y sorprendida pirata—. ¡¡Jack Sparrow era uno de ellos y no será la excepción!!

—¿Qué? —fue todo lo que pudo decir Jacky, pues estaba tan sorprendida y confundida como los demás, no podía entender aquellas acusaciones, nada de eso tenía sentido. ¿De qué estaba hablando aquel loco?

—George, yo entiendo lo que sientes, pero en esto estás equivocado… —Norrington intentó hacerla entrar en razón, no quería que su mejor amiga asesinara a la mujer que él aun amaba.

—¡¡Por amor de Dios, James, ella es una maldita pirata!! ¡¡Deberías haberla mandado a la horca desde el primer momento que la viste!!

Isabel estaba perdiendo el control de sí misma, su rencor largamente alimentado durante años, su vida vivida a medias, su falsa identidad, el rechazo de su propuesta de matrimonio, la muerte de su tío, su frustración… todo había comenzado a rebasar el límite de su cordura, amenazando con perderla en cualquier momento.

—Tal vez tengas razón, amigo mío, pero perseguirla por un crimen que no cometió es injusto.

—¿Injusto? ¿Injusto? —repitió furiosa—. ¡¿Qué demonios sabes tú sobre lo que es injusto, James Norrington?! ¡¡Quítate de en medio!! ¡¡No la defiendas más!!

—¡No! ¡No lo haré! ¡Estás cometiendo un error! ¡Recapacita! ¡Esto ha ido demasiado lejos! —la enfrentó extendiendo los brazos como aquella vez que la defendió del ataque del pequeño Beckett y su grupo en el patio de la escuela militar.

—Quítate de en medio, James, te lo advierto… —le propuso con una peligrosa voz sibilante, sus ojos brillaron con una furia demencial.

—No lo haré. No permitiré que cometas un error del que luego te arrepentirás —le dijo con gran decisión.

—¡Ja! ¿En verdad crees que me arrepentiré de asesinarla? Qué poco me conoces, amigo mío… Ahora, quítate de en medio o me veré obligado a quitarte por la fuerza —volvió a amenazarlo.

James tragó saliva, sabía de lo que era capaz Isabel pero no estaba dispuesto a ceder, no permitiría que ella cometiera semejante error.

—No me haré a un lado, George; tú sabes que jamás lo haría —declaró al final.

Jacky lo miró admirada, aun si su Norry declaraba que ya no la quería, que la odiaba, era capaz de arriesgar su propia vida por ella. ¿Qué otra muestra de amor era más grande que sacrificar la propia vida por otra persona?

—Bien…, si eso es lo que quieres… —dijo Isabel con un tono de voz tan amenazador que helaba la sangre a cualquiera.

De pronto y sin dar tiempo a nadie de reaccionar, el almirante le propinó un fortísimo golpe de puño en la herida que Norrington tenía en el abdomen, provocando que éste cayera de bruces al suelo, a un costado. Con la rapidez de un rayo, Isabel desenvainó el sable japonés y con inimaginable velocidad colocó su filosa hoja sobre el cuello de la asustada y sorprendida pirata. Seagull Hood y todos los demás no podían dar crédito a lo que estaban viendo, no lograban entender nada de lo que estaba pasando, absolutamente nada.

—¡Joven Norrington! —exclamó muy asustada su ex institutriz mientras se lanzaba a su lado y lo tomaba entre sus manos mientras él trataba de soportar el tremendo dolor que le había causado semejante golpe—. ¿Está usted bien? ¡Joven Norrington!

—… Sí, estoy bien…, no se preocupe, madame Foubert… —le respondió con voz débil, dirigiendo su atención hacia donde se encontraba Jacky. Grande fue su angustia al darse cuenta de lo que pasaba. Trató de levantarse, pero no lo logró, el golpe que Isabel le había dado lo había dejado muy debilitado y adolorido.

—¿Pero qué es lo que está pasando? No entiendo… —preguntó Annete.

—… El almirante cree que Jacky formó parte de la banda de piratas que asesinó a su familia cuando él era un niño…

—¿Cómo? ¿Y usted se atrevió a mezclarse con una mujer así, señorito Norrington? ¿Con una asesina? —lo censuró enojada.

—… Ella no es ninguna asesina, madame Foubert… —la corrigió mirándola a los ojos, ofendido—… Muy a pesar mío o no, jamás he escuchado que el capitán Jack Sparrow haya asesinado a inocentes…

—¿Un pirata que no asesina? Eso es algo muy difícil de creer, señorito Norrington, muy difícil de creer… —replicó de mala gana—. Todos los piratas son asesinos.

—No todos son asesinos… Algunos no lo son… —murmuró mirando muy angustiado hacia Jacky.

Mirando de reojo al filoso sable y luego al peligroso almirante Jacobson, la capitana Sparrow no pudo hacer otra cosa que sonreír tontamente.

—¿Perdón? ¿Podría explicarme, con sinceridad, de qué se me acusa? —pidió—. Porque si voy a ser acusado o, en su defecto, acusada de lo que usted me acusa, ya que usted es el acusador, tengo el derecho de saber de lo que se me acusa, ¿savvy?

Isabel frunció el entrecejo ante tanta palabrería inútil, pero como su mente era rápida, no le molestó demasiado como para tener que protestar.

—No te hagas la estúpida —dijo—. ¿De verdad no sabes por qué te odio tanto como para matarte?

—Ejém… —carraspeó—. Si diría que es por causa de Norry, podría atribuirlo a los celos… Pero no sabría definirlo si serían celos de amistad o de… amor… Cosa que lo convertiría a usted en algo que he estado sospechando durante tanto tiempo… —respondió algo dubitativa.

Isabel estaba sorprendida, quizás aquella pirata había descubierto su verdadera identidad. Pero eso no la amedrentó del todo de sus intenciones originales. Volvió a hablar, y lo hizo fingiendo seguridad y sarcasmo a pesar de que sentía que su corazón golpeaba con enorme fuerza.

—¿Ah, sí? ¿Y qué crees que soy?

Jacky Sparrow la miró de reojo antes de contestar.

—Bueno, pues… a Norry nunca le gustó mi teoría…

—¿James? ¿Y qué tiene que ver James con todo esto?

—Mucho, se lo aseguro.

—¿En serio? ¿Y qué esperas para decírmelo? Vamos… —acercó su amenazante rostro al de ella—, dímelo…, con sinceridad…

—Este… Usted se va a enojar conmigo… —replicó insegura mientras bajaba la vista y juntaba la yema de los dedos índice.

—Mire, Jacky Sparrow…: yo ya estoy enojada con usted y eso no…

—Capitana Jacky Sparrow —la interrumpió alzando la vista.

—¿Cómo?

—Capitana Jacky Sparrow. Así se dice —le aclaró.

Apenas terminó de escucharla, Isabel la tomó rbuscamente por el cuello de la sucia camisa y comenzó a sacudirla frenéticamente, furiosa.

—¡No me venga con estupideces, Jacky Sparrow! ¡Me importa un comino lo que sea usted! ¡Si no me dice de una vez qué es lo que sospecha de mí, esas serán sus últimas palabras! ¡Se lo juro!

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Se lo diré!

El almirante dejó de sacudirla y la miró con gravedad.

—Bien. Te escucho.

Curiosos, Seagull y Morgan (que estaban más lejos), Annete, Elena, Alwine y Billy (a éste último se lo explicaba todo la ex institutriz mediante las señas) trataron de escuchar con mucha atención las siguientes palabras que saldrían de la boca de la atolondrada pirata, excepto James, quien ya estaba sospechando la respuesta y se lamentaba por la estupidez de Jacky.

—… Bueno… —comenzó a hablar la pirata amenazada—. Yo siempre le dije a Norry que me parecía que usted era… gay…

Todos parpadearon perplejos durante unos segundos, pero cuando la idea penetró en sus mentes, todos comenzaron a reírse descaradamente a carcajadas del almirante Jacobson, quien estaba hecho una verdadera furia. ¿Cómo se atrevía esa desgraciada pirata a catalogarla como gay frente a todo el mundo?

—¡¡Guarden silencio o juro que ninguno saldrá bien parado de esta maldita isla!! —amenazó terriblemente iracunda. Todos se callaron en el acto y trataron de desviarle la mirada, carraspeando.

Jacky, quien con James eran los únicos que no se habían reído, miraba a uno y a otro lado sin lograr entender nada de lo que había pasado, adivinando que ahora el almirante Jacobson tenía algo más en la lista de acusaciones en contra suya.

—Esteee… No dije eso para que se rieran… —aclaró.

Rubicunda, Isabel volvió su aplastante atención hacia ella y le dijo con un tono más que furioso y amenazante:

—¿Acaso te crees muy graciosa, imbécil? —dijo—. Tal vez James sea una de las razones por la que te odio, pero no se compara en nada con la verdadera razón por la que quiero tomar revancha... —Acercó aún más el rostro contra el de la preocupada pirata—… Te odio porque tú fuiste uno de los piratas que participaron en el asesinato de mi familia…

—¿Q-qué…? —fue todo lo que pudo decir la acusada.

—¿Acaso no eres tú en realidad el capitán Jack Sparrow? ¡Contesta! —los ojos de Isabel centellaron de ira.

—Sí —respondió más por obligación que gusto.

—¿Y no estuviste a bordo de un barco pirata llamado Captain Blood cuando eras un niño? ¿Acaso no estuviste a bordo cuando atacaron a un navío mercante ingles llamado Saint Prudence y asesinaron a toda su tripulación?

—¿Captain Blood? —repitó Jacky—¿Saint Prudence?

De pronto, lejanos recuerdos volvieron a su mente, recuerdos que creía haber olvidado hacía mucho tiempo porque no eran dignos de recordarse. Eran recuerdos horribles, sangrientos…Recuerdos que no tendría que tener si no fuera por un estúpido error infantil… Aquellos mismos recuerdos que lo habían hecho decidir trabajar al servicio de la East India Company. Pero había algo que no concordaba bien, algo que no encajaba en esa terrible historia… Él recordaba no haber asesinado a nadie, todo lo contrario, él había salvado la vida de una pequeña niña… La única sobreviviente de aquel terrible ataque pirata a un inocente navío mercante… La única sobreviviente… Una niña… Una hermosa niña…

Entonces, sus oscuros ojos se posaron sobre el rostro del almirante, aquel hermoso rostro masculino… Demasiado hermoso para ser un hombre…

—¡Oh! ¡No puede ser…! ¡Tú eras…! —murmuró sorprendida ante el inesperado descubrimiento que había acabado de hacer.

Pero justo cuando estaba a punto de revelárselo, el capitán Bart "Sangre Negra" Morgan la interrumpió con una horrible y estruendosa carcajada. Furiosa, Isabel volvió su rostro hacia él.

—¿Qué le parece tan gracioso, imbécil? Recuerde que usted será el próximo en morir después de que me encargue de esta desgraciada.

Morgan dejó de reírse y permaneció en silencio por algunos segundos, mirando al almirante con ojos crueles y burlones.

—Yo pienso que usted el imbécil, almirante Jacobson… —se atrevió a decir.

—¿Pero cómo se atreve a insultarme de esa manera, maldito impertinente? —protestó furiosa, pero no soltó a Jacky en ningún momento.

—Se lo merece… Usted no ve más allá de sus narices, almirante. Está completamente ciego. Esa mujerzuela jamás asesinó a nadie cuando era un muchachito, un grumetillo de agua dulce; es más, era un completo inútil, y si yo hubiera sabido que aquella maldita mocosa aun estaba con vida y se encontraba escondida en algún lugar del barco inglés, la habría buscado hasta encontrarla para vengarme de esto… —le dijo mientras se corría el oscuro y enmarañado cabello de la oreja que le quedaba.

Los ojos de Isabel se agrandaron cuan grandes eran al ver que la oreja de aquel horrendo pirata estaba cortada en la punta. ¡Había sido su pequeño hermano quien valientemente había atacado al agresor de su madre mordiéndole rabiosamente la oreja hasta cortársela! ¡Aquella maldita oreja!

De pronto, a su mente volvió la imagen de aquel individuo flacucho y repulsivo: los ojos inyectados en sangre, los dientes negros, su sed de sangre y sufrimiento… El mismo que había asesinado a su familia a sangre fría.

—¡Tú! —exclamó con el rostro desencajado por la ira—¡Tú fuiste siempre ese maldito que asesinó a mis padres y a mi hermano! ¡Todo este maldito tiempo fuiste tú! ¡Y ahora asesinaste a mi tío!

Morgan sonrió, era una sonrisa fría y cruel, sus ojos, burlones, la miraban con gran interés.

—Así es, mi querido almirante… ¿O debería decir: mi querida almirante?

Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron!

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Notas de una Bloguera Arrinconada:
                                                                  Mañana es el día de la madre y por primera vez en mi vida como laburante no tengo un peso para comprarle un regalo, todo lo poco que gano en mi negocios es para el tratamiento de mi perrita... ¡No veo la hora de que mi situación económica mejore! Desde pequeña me acostumbré siempre a privarme de cosas porque sabía que mis padres no iban a comprarme lo que yo quería, pero al crecer me di cuenta que no teníamos suficiente porque mi papá se gastaba la plata que ganaba en mujeres, el muy... je je. Ahora que está viejo y sin plata nadie le da bola, ni mi mamá, se lo tiene bien merecido.
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