El Intrépido Bravucón -Novela ligera- Parte 1: Recogiendo un gato perdido


Resumen de la historia: Año 1740. Bajo la falsa identidad de Don Sebastián de Almeida e Meneses, caballero de confianza para asuntos delicados, se esconde un incansable picaflor, experto con la espada y con un oscuro pasado como pirata bajo el nombre de Seagull Hood. Ahora realiza trabajos imposibles para la aristocracia a cambio de mucho dinero.
Pero todo cambia cuando conoce al buen doctor Christian Jacobson: ingenuo, despistado, amable y… ¡virgen!
Decidido a conquistarlo y protegerlo, Sebastián se instalará en su casa tras recibir una invitación del propio doctor, donde fundará la peculiar Agencia de Asuntos Extraordinarios.
Juntos conocerán a toda clase de personajes, amigos y enemigos, que los llevarán a vivir historias increíbles, llenas de aventuras, humor, drama y romance, mientras surcan el cielo y el mar a bordo de la extraordinaria embarcación retrofuturista El Intrépido Bravucón, acompañados por su nueva tripulación.

Categoría: Ficción original
Género: novela de aventuras steampunk y clockpunk histórico-fantásticas, comedia y bromance con ligero toque BL. Ambientada en el siglo XVIII retrofutrista y ucrónico, con la tecnología del siglo XIX
Personajes principales: Sebastián de Almeida e Meneses/ Seagull Hood (Capitán del Intrépido Bravucón y líder de la Agencia de Asuntos Extraordinarios -Espadachín extraordinario- 38 años). - Christian Jacobson (Médico de a bordo y de la Agencia de Asuntos extraordinarios -Tirador experto- 28 años) - Patrick "Paddy" Murphy (Primer oficial del Intrépido Bravucón y miembro de la Agencia de Asuntos Extraordinarios -Luchador experimentado, estilo libre- 21 años) - Riley Bennett (Navegante y mecánica del Intrépido Bravucón -Inventora- 24 años) - Constance de la Rochefoucauld (Cronista y secretaria de la Agencia de Asuntos Extraordinarios -memoria fotográfica, excelente copista- - 17 años) - Emilio "Billy" Massimo (Grumete del Intrépido Bravucón. miembro de la Agencia de Asuntos Extraordinarios -Espía, mensajero, posee grandes habilidades ninja- 12 años)
Personajes secundarios: Hannah Schneider (Políglota y filóloga, antigua institutriz de Christian Jacobson - 44 años) - Arjun Sharma (Anticuario, coleccionista, historiador - 49 años) - Alrun (Misteriosa niña elfo - poderes místicos - 8 años)
Mascotas: Romeo y Julieta (palomas mensajeras de Billy) - Loki (Fox terrier de pelo duro de Alrun)
Parejas: Sebastián de Almeida e Meneses/Seagull Hood y Christian Jacobson. Constance de la Rochefoucauld y Patrick "Paddy" Murphy. Hannah Scheinder y Arjun Sharma.
Estilo: aventura episódica con personajes e historias inspirados desde el anime
Formato: Novela por capítulos, novela ligera tipo anime
Estado: En publicación
Calificación: 13+ — Adolescentes y adultos
Advertencia de contenido: aventura con violencia moderada, peligro, situaciones de tensión y ligero romance entre personajes masculinos. Sin contenido sexual explícito.
Cantidad de palabras: por verse
Duración: por verse
Día de publicación: Lunes (Si se puede)
Año de publicación: 2026-20...¿? (Iniciado el 16 de Septiembre del 2026 y finalizado el... ya veremos cuándo)
Primera Publicación: El Rincón de Gabriella Yu 3
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada principalmente por el anime, los dramas asiáticos, la literatura universal y las películas. Soy una narradora de personajes muy visual. Me interesa descubrir quiénes son, qué sienten, por qué actúan como actúan y cómo las experiencias los transforman. Voy descubriendo sus historias a medida que avanzo con las historias que ellos mismos me cuentan... ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores! ¡Sólo me interesa contar historias, no la estructura gramatical ni ser una profesional! XD

Parte 1: Recogiendo un gato perdido

19 de junio de 1740

No puedo más.

Voy a morir. Lo sé.

¡Tengo tanto frío que siento que me congelo!

¡Y tanta hambre que apenas puedo mantenerme consciente!

Lo siento, abuela.

Lo lamento tanto.

Yo no quería que las cosas terminaran así…

Constance.


La noche había caído sobre Londres, envolviendo sus calles en una oscuridad húmeda y desagradable. Una fina lluvia comenzaba a descender sobre los tejados, los adoquines y los callejones de los barrios más pobres de la ciudad.

Por aquellas calles avanzaba un hombre que, a juzgar por su vestimenta, parecía completamente fuera de lugar.

Su abrigo de buena calidad, sus prendas elegantes y su refinado porte contrastaban notablemente con el miserable entorno que lo rodeaba. Caminaba con cierta prisa, sosteniendo un maletín médico y cubriéndose la nariz con un pañuelo blanco de encaje.

El hedor era insoportable.

Los desperdicios acumulados junto a las paredes, el barro mezclado con excrementos y el agua estancada convertían aquellas callejuelas en un verdadero suplicio para cualquiera que no estuviera acostumbrado a semejantes condiciones.

Christian Jacobson, sin embargo, tenía otras cosas en las que pensar.

Acababa de visitar a un niño perteneciente a una familia sin recursos. Había dedicado buena parte de su tiempo a examinarlo y asegurarse de que sus padres comprendieran cómo debían cuidarlo. Ahora solo deseaba regresar a casa, quitarse aquellas ropas y descansar un poco.

Aunque, conociéndose, probablemente el descanso tendría que esperar.

A sus veintiocho años, Christian era un hombre que reunía cualidades bastante particulares. Pertenecía a una de las familias aristocráticas más poderosas de Inglaterra y poseía un título de lord que le habría permitido disfrutar de todos los privilegios que su posición social podía ofrecerle.

Pero no era precisamente esa clase de vida la que le interesaba.

Su curiosidad científica, su espíritu independiente y su profunda empatía por los demás lo habían llevado a dedicar su existencia a la medicina. Atendía a personas de todas las clases sociales y jamás consideraba que la riqueza, el apellido o la posición de un paciente determinaran cuánto valía su vida.

Era inteligente, educado y extraordinariamente atractivo. Su delicado rostro masculino, sus cabellos rubios y sus modales refinados despertaban admiración con una facilidad que a veces resultaba bastante incómoda para él. Más de una dama de la alta sociedad había intentado conquistar su atención, aunque Christian no parecía demasiado interesado en semejantes asuntos.

Su humor mordaz, sus comentarios sarcásticos sobre la política y sus críticas a las injusticias sociales tampoco contribuían a hacerlo especialmente popular entre los aristócratas.

Afortunadamente, aquello le importaba bastante poco.

Christian tenía una opinión propia y no acostumbraba modificarla para complacer a quienes se consideraban superiores al resto del mundo.

No obstante, había algo que podía considerarse una debilidad en su carácter: le costaba aceptar que una persona fuera completamente malvada. Incluso cuando alguien demostraba ser cruel, una parte de él insistía en buscar algún pequeño rastro de bondad que justificara mantener cierta esperanza.

Una cualidad noble, sin duda.

Aunque no siempre muy prudente.

Y aquella noche, precisamente, estaba a punto de volver a demostrarlo.

Christian levantó la mirada hacia el cielo. Después extendió una mano pálida y sintió cómo unas pequeñas gotas de lluvia caían sobre su palma.

—Genial. Lluvia.

Contempló el cielo con una expresión de resignación y se dispuso a continuar su camino.

No había avanzado demasiado cuando un hombre enorme apareció detrás de él. Llevaba una pesada caja de madera sobre la espalda y parecía tener tanta prisa que no se molestó en comprobar si tenía espacio suficiente para pasar.

El golpe fue tan repentino que Christian apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Ah!

Su cuerpo salió despedido hacia un lado y cayó de bruces sobre el barro.

Las rodillas y las manos quedaron hundidas en el fango maloliente. Su maletín salió disparado y terminó varios pasos más allá, en el interior de una callejuela lateral.

Durante unos segundos, Christian permaneció inmóvil.

Luego levantó lentamente la cabeza.

—¡Pero…!

Miró sus manos embarradas. Después observó sus rodillas, su ropa y el lugar donde había aterrizado su maletín.

Su expresión se volvió una mezcla de indignación y absoluto disgusto.

—¡Ay, no! ¡Pero qué asco! ¿Y qué clase de educación es esa? ¿Tanta prisa por llegar a un lugar al que, de todas maneras, llegará?

El hombre ni siquiera se había detenido.

Christian suspiró, se incorporó con dificultad y sacudió las manos, como si aquel gesto pudiera librarlo de la desagradable sensación que le recorría los dedos.

Sacó otro pañuelo y trató de limpiarse lo mejor posible. El anterior había quedado completamente arruinado.

—Magnífico… Sencillamente magnífico.

Se acomodó las prendas como pudo y caminó hacia su maletín. Estaba a tan solo unos pasos, pero algo llamó su atención antes de que pudiera recogerlo.

Junto a la pared de ladrillos de una vieja vivienda había un bulto oscuro.

Al principio no distinguió qué era. La escasa iluminación procedente de unas velas encendidas en la casa de enfrente apenas permitía ver algo entre las sombras.

Christian entrecerró los ojos.

¿Un montón de ropa abandonada?

¿Un saco?

Se acercó un poco más.

Entonces distinguió una forma humana.

Su expresión cambió inmediatamente.

Olvidándose por completo de sus manos sucias, de sus rodillas embarradas y de la ropa que acababa de intentar limpiar, se aproximó con cautela y se arrodilló junto al desconocido.

Era una persona acurrucada en posición fetal, cubierta con unos harapos mugrientos. Su cuerpo parecía tan pequeño y delgado que resultaba difícil determinar si se trataba de un muchacho o una muchacha. Incluso podía ser una persona adulta consumida por el hambre.

—¿Me escucha?

No obtuvo respuesta.

Christian inclinó ligeramente la cabeza y apoyó una mano sobre aquella frente sucia.

La retiró casi de inmediato.

—¡Cielos!

La temperatura era alarmante.

Tenía una fiebre altísima.

El joven doctor observó el rostro parcialmente oculto entre los harapos y sintió una punzada de preocupación. Aquella pobre criatura llevaba demasiado tiempo expuesta al frío y a la humedad. Su estado parecía bastante delicado.

No podía dejarla allí.

Ni siquiera se detuvo a considerar las posibles consecuencias de llevar a un desconocido a su casa. Tampoco pensó en lo que dirían sus empleados, que ya estaban bastante acostumbrados a sus inesperadas obras de caridad.

Simplemente tomó una decisión.

—Vamos… No podemos quedarnos aquí.

Con cuidado, pasó un brazo alrededor del cuerpo del desconocido y lo levantó hasta acomodarlo sobre su espalda.

La maniobra no fue precisamente sencilla.

Christian no era un hombre de gran fortaleza física. Su constitución era más bien delicada y aquel esfuerzo le exigió bastante más de lo que habría querido admitir.

Aun así, consiguió ponerse de pie.

Con una mano sostuvo a su nuevo paciente y con la otra recuperó el maletín.

—Esto va a ser más complicado de lo que esperaba…

Respiró hondo y comenzó a caminar.

Cada paso requería un esfuerzo considerable. La lluvia se hacía más persistente y las callejuelas parecían interminables, pero Christian no se permitió detenerse. Atravesó aquel laberinto de calles hasta alcanzar una vía más ancha, donde finalmente pudo conseguir un carruaje.

Le explicó al cochero que necesitaba llegar a su residencia con urgencia y le pagó el doble de la tarifa habitual para que aceptara transportarlos en aquellas condiciones.

El hombre miró primero las ropas embarradas del caballero y después a la persona inconsciente que llevaba consigo.

No hizo preguntas.

Christian subió con cuidado, acomodó al paciente a su lado y dio la dirección.

Solo entonces se permitió soltar un suspiro.

—Resista un poco más…

No sabía quién era aquella persona ni cómo había terminado en semejante situación.

Pero, mientras siguiera respirando, haría todo lo posible por salvarla.


La residencia de Christian Jacobson se encontraba en las afueras de Londres, en una zona campestre y residencial bastante más tranquila que los barrios por los que acababa de pasar.

Era una hermosa casa de dos pisos, rodeada por un jardín cuidado y de dimensiones moderadas. La propiedad resultaba elegante y confortable, aunque bastante modesta si se la comparaba con las enormes mansiones de otros miembros de la aristocracia.

Christian podría haberse permitido vivir en una residencia mucho más imponente.

Simplemente no le interesaba.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada, la puerta de la casa se abrió casi de inmediato.

John Wilkes, el encargado de cuidar la propiedad, salió con una lámpara de aceite en la mano. Su expresión de alivio duró apenas unos segundos: al ver el estado en que llegaba su señor, la preocupación reemplazó rápidamente a la sorpresa.

—¡Mi señor! ¡Ya estábamos preocupándonos por usted! Debería permitir que Timothy lo acompañara cuando visita esos lugares tan peligrosos para alguien de su posición social.

Christian lo miró mientras intentaba acomodarse para bajar del carruaje.

—También sería peligroso para él, John…

Hizo una pequeña pausa y volvió la atención hacia su acompañante.

—¡Uf! ¿Podrías ayudarme a llevarlo a la casa? Necesita atención médica.

John dejó escapar un suspiro.

No era la primera vez.

Ni siquiera estaba seguro de cuántas veces había sucedido ya.

Su señor tenía la costumbre de regresar acompañado por algún desconocido necesitado de ayuda. Y, aunque el corazón de John no era precisamente insensible, tampoco podía ignorar que algunos de aquellos individuos, una vez recuperados, habían demostrado una gratitud bastante peculiar: desaparecían llevándose consigo alguna pieza de la costosa platería de la casa.

El encargado de la propiedad no tenía demasiadas ganas de volver a pasar por semejante disgusto.

Pero tampoco podía dejar a su señor intentando cargar solo con aquel pobre desgraciado.

—Por supuesto, mi señor.

Entre ambos consiguieron bajar al paciente y trasladarlo hacia la entrada.

Cuando abrieron la puerta, el mayordomo y el ama de llaves, que habían acudido al oír el movimiento del carruaje, se quedaron contemplando la escena.

La mujer fue la primera en reaccionar.

—¡Pero, mi señor! ¿Otra vez? ¡Me lo tendría que haber imaginado por lo mucho que estaba tardando en regresar!

Su tono de protesta contrastaba con la rapidez con la que se apartó para permitirles entrar.

Christian no respondió a la queja. Estaba demasiado ocupado intentando que el desconocido no recibiera ningún golpe durante el traslado.

El mayordomo, por su parte, contempló al recién llegado con una resignación casi profesional.

—Iré a avisarle a la joven Jane para que prepare un cuarto para el nuevo gato perdido.

Dicho aquello, se marchó hacia las habitaciones de los criados.

—No despiertes a todos, solo a los necesarios —le pidió Christian.

—Muy bien, señor.

John se dispuso a seguirlo, pero antes de alejarse miró discretamente a su amo.

Estaba empapado, cubierto de barro y visiblemente agotado. Sin embargo, parecía mucho más preocupado por el desconocido que por sí mismo.

Usted también debe de estar cansado, señor…

Debería preocuparse un poco por su propio descanso.

John suspiró y continuó su camino.


Durante la siguiente media hora, la residencia Jacobson se convirtió en un pequeño centro de operaciones.

Se preparó una habitación, se calentó agua, se buscaron sábanas limpias y se dispusieron los elementos necesarios para que Christian pudiera atender al nuevo paciente.

Los criados protestaron, como era habitual en aquellas ocasiones. No obstante, todos cumplieron con sus tareas.

En el fondo, aunque las inesperadas apariciones de aquellos «gatos perdidos» alteraban la tranquilidad de la casa y les daban más trabajo del necesario, se sentían orgullosos de servir a un hombre que no dudaba en ayudar a los más desamparados.

Christian, por supuesto, no tenía ninguna intención de abandonar a su paciente.

Una vez instalado en la habitación, se ocupó personalmente de atenderlo. Le administró la medicación que consideró necesaria, controló su temperatura y le cambió repetidamente el paño fresco que había colocado sobre su frente.

La fiebre no cedió de inmediato.

Aquello lo obligó a permanecer despierto durante buena parte de la noche, observando cualquier cambio en su respiración y vigilando su evolución.

De tanto en tanto, se acomodaba en una cómoda mecedora situada junto a la cama. Allí intentaba leer algún libro mientras esperaba que transcurriera el tiempo necesario para volver a examinarlo.

Pero el cansancio terminó imponiéndose.

Sus párpados comenzaron a cerrarse una y otra vez, y en más de una ocasión tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse dormido.

Finalmente, la noche avanzó sin que el doctor abandonara su puesto.


La mañana llegó con una luz suave que se filtraba a través de las ventanas de la habitación.

La puerta se abrió con discreción y el ama de llaves entró procurando no hacer ruido.

La señora Kinderhouse era una mujer veterana, acostumbrada desde hacía tiempo a las peculiaridades de su señor. Había aprendido que sus buenas intenciones podían ocasionar bastante trabajo y que discutir con él no siempre servía de mucho.

Al entrar, descubrió que Christian estaba profundamente dormido en la mecedora.

Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y sostenía un libro abierto entre las manos. El volumen parecía a punto de deslizarse de sus dedos.

Sus cabellos rubios, normalmente bien arreglados, estaban algo desordenados sobre su delicado rostro masculino. La ropa también mostraba las consecuencias de una noche que, sin duda, había sido demasiado larga.

La señora Kinderhouse lo contempló unos instantes.

Después se acercó a la cama.

El paciente dormía tranquilamente, con sus largos cabellos castaños desparramados sobre la almohada. La mujer se inclinó con cuidado para comprobar su respiración y apoyó el dorso de la mano sobre su frente.

Su expresión se iluminó con una sonrisa.

La fiebre había cedido.

El pequeño gato perdido descansaba ahora profundamente, lejos del frío y de la humedad de aquella callejuela.

—Señora Kinderhouse…

La mujer se sobresaltó apenas.

Christian había despertado.

—¡Mi señor! Buenos días. No quise despertarlo…

—Buenos días…

El doctor se incorporó lentamente en la mecedora. Parpadeó un par de veces y observó a la mujer con expresión todavía adormilada.

—¿Cómo se encuentra?

—Parece estar mucho mejor, mi señor. La fiebre ha bajado.

Christian dirigió la mirada hacia la cama y dejó escapar un suspiro de alivio.

—Me alegra oírlo.

La señora Kinderhouse volvió a observar al paciente. Sus cabellos castaños se extendían sobre la almohada y su rostro, aunque todavía pálido por el agotamiento, parecía mucho más tranquilo que la noche anterior.

La mujer se acomodó los anteojos.

—¿Debería llamar al joven William para que se ocupe de las necesidades higiénicas del paciente? Seguramente lo necesita.

Christian terminó de levantarse. Se cubrió la boca con una mano para disimular un bostezo y luego se alisó tranquilamente la ropa, intentando recuperar algo de su habitual compostura.

—El joven William no es la persona adecuada para ello, señora Kinderhouse…

La mujer lo miró, desconcertada.

—¿No lo es?

—No. Dígale a la joven Emma que venga.

La señora Kinderhouse abrió los ojos de par en par.

—¿¡La joven Emma!? ¿Pero por qué, mi señor?

Christian la observó durante un instante. Después, una pequeña sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—¿No lo adivina?

Le guiñó un ojo con picardía y se dirigió hacia la puerta.

—El gato perdido es una jovencita.

La señora Kinderhouse se quedó inmóvil.

Christian abrió la puerta, salió al pasillo y la cerró tranquilamente detrás de sí, como si acabara de anunciar algo de lo más corriente.

Durante unos segundos, la mujer permaneció mirando la puerta.

Luego volvió lentamente la cabeza hacia la cama.

La joven desconocida continuaba durmiendo plácidamente, ajena a la pequeña conmoción que acababa de provocar su llegada a la residencia.

—¡Oh, cielos!

Y así, sin que nadie lo supiera todavía, comenzaba la historia de una muchacha que había llegado a aquella casa como un gato perdido.


Nombre: Lord Christian Jacobson
Edad: 28 años, aunque parece de menos
Nacimiento: 3 de marzo de 1712 (Piscis)
Estatura: 1,60
Peso: 50 kilos
Compleción física: esbelto y bien formado
(Como Yukito Tsukishiro del anime Sakura Card Captor)
Estatus: aristócrata
Estado civil: soltero
Ocupación: doctor
Personalidad: curioso, le interesan las ciencias, algo ingenuo y despistado.
Inexperto en los asuntos de la intimidad, a los que le da poca importancia.
Idealista, a veces irónico y sarcástico, observador, tranquilo e inteligente.
De marcado instinto protector y maternal.
Su empatía y compasión hacia el prójimo lo lleva a límites peligrosos.
El alcohol lo transforma, por lo que prefiere evitarlo a toda costa.
También es terco, sensible y orgulloso. 
Referentes: Yukito Tsukishiro (Card Captor Sakura) y
Henry Goodsir (The Terror, serie de tv)
Adicción: el té
Arma: pistola de chispa
Advertencia: No siempre es lo que parece. Puede dar grandes sorpresas.

Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron! 

SI QUIERES LEER LOS OTROS CAPÍTULOS DE ESTA HISTORIA U OTRAS,
PUEDES ENCONTRARLOS EN EL ÍNDICE DEL BLOG.


NOTA IMPORTANTE:
SI TE ENTERAS QUE ESTA SERIE (U OTRAS)
ESTÁN SIENDO EMITIDAS POR TELEVISIÓN, POR FAVOR,
SI NO VAS A MIRARLAS, POR LO MENOS DEJA LA TV PRENDIDA.
DALES RATING PARA QUE CONTINÚEN DOBLÁNDOLAS EN NUESTRO IDIOMA.
O COMPRA SUS PRODUCTOS OFICIALES

¡DALE CLIC A ESTA IMAGEN DE SAILOR MOON CUANDO
 LA VEAS AL FINAL DE UNA ENTRADA SOBRE ANIME O DRAMAS!

PARA VER MÁS CONTENIDO SOBRE ESTO, ENTRA AL ÍNDICE DEL BLOG.

¡Y NO LO OLVIDEN! SI ESTÁN AGRADECIDOS CON
LOS BUENOS MOMENTOS QUE LES DA ESTE BLOG...
DESACTIVEN ADBLOCK O...
¡¡¡DENLO A CONOCER CON TODO EL MUNDO!!! 😄
¡DISFRÙTENLO! 😁



Notas de una Bloguera Arrinconada:
                                                                  ¡Primer capítulo luego del prólogo! ¡Aparece el doc en escena! En el próximo episodio aparecerá el pícaro brabucón, je je... ¡Él se conocerá con el doc gracias a Constance y no habrá quien se lo quite de la cabeza! ja ja ja ja!!!
                                                                  ¡Muchas gracias por leer y seguir mi blog! ¡Y recuerden! ¡Permitan la publicidad y traigan más visitantes, se los agradecería un montón si les dicen qué pueden conseguir en él porque si alguien lo visita por primera vez, no sabrá para qué sirve este blog! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!

Gracias por visitar el blog!
¡Cuídense y no olviden comentar!
Sayounara Bye Bye!
Gabriella Yu ദ്ദി(˵ •̀ ᴗ - ˵ ) ✧

                                      

                                                                                   

Comentarios

LAS ENTRADAS MÁS ARRINCONADAS DEL MES

Arrinconándonos con... Detective Conan ¡Otra vez!

Arrinconándonos con... Doctor-X

Arrinconándonos con... One Piece

Arrinconándonos con... Pokemon