El Intrépido Brabucón -Novela Original- Capítulo 1: Recogiendo un gato perdido


Resumen de la historia: El pícaro capitán Seagull Hood es uno de los últimos piratas del Caribe que aún le presentan batalla a la Royal Navy para no desaparecer, además de hacerle honor a su nombre robándole a los ricos para darle a los pobres, es un incasable picaflor que lleva una doble vida como un fino caballero portugués que realiza trabajos imposibles para la aristocracia, pero pierde completamente la cabeza cuando conoce al buen doctor Christian Jacobson, ingenuo, despistado ¡y virgen!, a quien querrá conquistar a pesar de su férrea negativa. Juntos conocerán a más personajes que los llevarán a vivir historias increíbles llenas de aventuras, humor, drama y romance a bordo del barco pirata "El Intrépido Brabucón" y en nombre de la "Agencia de Asuntos Extraordinarios". ¡Esta historia va tomando forma! ¡Si no te gusta el yaoi, no lo leas!

Categoría: Ficción original
Géneros: Aventura · Fantasía · Romance · Humor · Acción - Yaoi
Formato: Novela por capítulos
Estado: En publicación
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: por verse
Duración: por verse
Día de publicación: Lunes (Si se puede)
Año de publicación: 2026-20...¿? (Iniciado el 16 de Septiembre del 2026 y finalizado el... ya veremos cuándo)
Primera Publicación: El Rincón de Gabriella Yu 3
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada principalmente por el anime, los dramas asiáticos, la literatura universal y las películas. Soy una narradora de personajes muy visual. Me interesa descubrir quiénes son, qué sienten, por qué actúan como actúan y cómo las experiencias los transforman. Voy descubriendo sus historias a medida que avanzo con las historias que ellos mismos me cuentan... ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores! ¡Sólo me interesa contar historias, no la estructura gramatical! XD

Capítulo 1: Recogiendo un gato perdido

 

19 de Junio de 1730

No puedo más.

Voy a morir, lo sé.

¡Me hace tanto frio que me congelo!

¡Tengo tanta hambre que desfallezco!

Lo siento, abuela.

Lo lamento tanto.

Yo no quería que las cosas terminaran así…

Constance

 

Christian Jacobson era un joven doctor muy atractivo e inteligente de unos 30 años de edad. Proveniente de una de las familias más aristocráticas y poderosas de Inglaterra era de por sí un Lord con todas las de la ley, pero él era un hombre poseedor de una mente curiosa ávida de conocimientos científicos, un espíritu rebelde y un corazón repleto de empatía y bondad hacia todo ser humano. Tal vez sus mayores defectos eran creer que toda persona malvada debía de tener aunque sea un pequeño rasgo de bondad, además, siendo él tan mordaz en su humor, sarcástico en lo político y un gran crítico social, no era una persona muy querida en los círculos de la alta sociedad, sobre todo siendo él un hombre muy educado y caballeroso con las damas que morían por él con mucha facilidad debido a su extraordinaria belleza tanto interior como exterior. Aquella exclusión de los altos círculos aristocráticos ni siquiera molestaba al buen doctor, dedicándose por entero a sus pacientes de todas clases sociales, pues era muy bueno en su profesión y no le negaba su ayuda a nadie. Y fue eso último lo que lo llevó a ayudar a un pequeño “gato perdido”.

Ya era muy tarde aquella noche, después de haber hecho una visita médica a un niño de una familia sin recursos, Christian caminaba presuroso como podía a través de las oscuras y angostas calles encharcadas de uno de los barrios más pobres de la emergente ciudad londinense. Tenía que taparse la nariz con su blanco pañuelo de encaje debido al nauseabundo olor de las calles llenas de desperdicios y excrementos. Por supuesto que no quería toparse con algún delincuente que quisiera robarle o hacerle algún daño al ver sus ropas finas, pero si se diera el caso, sabría defenderse muy bien, sobre todo con su inteligencia, o eso creía él.

Entonces se detuvo de pronto y miró hacia el cielo un tanto molesto, colocando la pálida palma de su mano hacia arriba, sintiendo finas gotas de lluvia sobre ella.

—Genial. Lluvia.

Un tanto disgustado se dispuso a seguir con su camino cuando de pronto un hombre enorme que cargaba una pesada caja de madera sobre su espalda lo empujó fuertemente hacia un lado para abrirse paso, por lo que Christian cayó de bruces al suelo, con las rodillas y las manos sobre el asqueroso fango maloliente y su maletín revolcado y caído más allá, en el interior de una callejuela lateral.

—¡Ay, no! ¡Pero qué asco y que mala educación! ¿Tanta prisa por llegar a un lugar que de todas maneras llegará?

Se quejó, sacudiendo las manos con gesto de desagrado mientras se ponía de pie. Se limpió lo mejor que pudo con otro pañuelo porque el otro ya no tenía remedio empapado en medio del barro. Terminado el acicalado, caminó hacia su maletín que estaba a tan sólo un par de pasos de distancia y fue cuando sus ojos se fijaron sobre un bulto que estaba afirmado en contra de la pared de ladrillos de una vieja casa. Pudo distinguirlo vagamente gracias a la luz de unas candelas de la casa del otro lado.

Siguiendo sus instintos de médico, se acercó lentamente hasta ese bulto y se hincó para investigarlo mejor, sin importarle ya la suciedad del lugar. Se dio cuenta que era una persona en posición fetal enrollada en harapos. Por su contextura física podría ser un jovencito o jovencita menudos, o tal vez un hombre o una mujer consumidos por el hambre.

Le puso la mano en la mugrienta frente y se alarmó al sentir una fiebre terriblemente alta en aquella pobre alma perdida, por lo que sin detenerse a pensarlo un segundo siquiera, decidió darle cobijo en su propio hogar para poder tratarlo, así que rápidamente se dio media vuelta y lo cargó sobre su espalda. Apenas logró ponerse de pie y tomar su maletín porque él no era un hombre muy fuerte físicamente, pero lo compensaba enormemente con su gran fuerza de voluntad y determinación, así que paso a paso logró atravesar las callejuelas hasta llegar a una calle más ancha en donde tomó un carruaje y le pagó doble al cochero para que los llevara a su casa en aquellas condiciones tan precarias.

Cuando el coche se detuvo frente a una hermosa casa de dos pisos con un bello jardín al frente ubicado en las afueras de la ciudad en una zona campestre residencial, Christian fue recibido rápidamente por John Wilkes, quien era el encargado de cuidar toda la propiedad. Sin embargo, no tenía mucho qué cuidar puesto que su Señor podría haber tenido una propiedad mucho más grande debido a la desahogada posición económica de la que gozaba, pero había elegido vivir en un lugar bastante modesto en comparación del resto de la aristocracia.

—Mi Señor, ya nos estábamos preocupándonos por usted. Debería permitir que Timothy lo acompañara a esos lugares tan peligrosos para alguien de su nivel social. ­—Le dijo mientras se acercaba con cara de preocupación y una lámpara de aceite en la mano.

—También sería peligroso para él, John… ¡Uf! ¿Podrías ayudarme a llevarlo a la casa? Necesita atención medica… —Le pidió mientras intentaba bajar al pobre menesteroso del coche.

Un tanto fastidiado porque no era la primera vez que su señor traía a un desconocido a la casa quien seguramente, ya recuperado, no dudaría en robar, como tantos otros antes, la costosa  platería al menor descuido de la servidumbre y el disgusto de la ama de llaves.

Y mientras el carruaje regresaba a la ciudad, Christian y su encargado llevaron al nuevo paciente a la casa para la sorpresa del mayordomo y el ama de llaves en cuanto abrieron la puerta para recibirlos.

—¡Pero, Mi Señor! ¿Otra vez? ¡Me lo tendría que haber imaginado por lo mucho que se estaba demorando en volver! ­—Se quejó la mujer, haciéndose a un lado para permitirles entrar.

—Iré a avisarle a la joven Jane para que prepare un cuarto para el nuevo gato perdido —Fue todo lo que dijo el mayordomo, marchándose a las habitaciones de los criados.

—No despiertes a todos, sólo a los necesarios. —. Le pidió Christian.

—Muy bien, señor —Asintió el mayordomo.

Y mientras se marchaba, John pensó:

“Usted también debe estar cansado, Señor… Debería preocuparse también por su propio descanso…”.

Entonces fue todo un alboroto en la casa durante la siguiente media hora como cada vez que su amo aparecía con otro “gato perdido”. A regañadientes todos hicieron lo que debían hacer, pero interiormente se sentían muy orgullosos de servir a una persona tan preocupada por el bienestar del prójimo y del desvalido.

 A pesar de las quejas de la servidumbre, Christian se salió con la suya y se quedó velando al gato perdido para bajarle la fiebre y vigilar su evolución durante toda la noche, administrándole la medicina y cambiándole el paño fresco de la frente, dormitando de tanto en tanto en una cómoda mecedora que estaba al lado de la cama, ubicada en una habitación bastante bien amoblada.

A la mañana siguiente, el ama de llaves entró suavemente a la habitación, encontrando a su amo completamente dormido en la mecedora, con un libro abierto a punto de caérsele de las manos. Sus cabellos rubios estaban un tanto desordenados sobre su delicado y pálido rostro masculino.

Sigilosamente la veterana mujer se acercó al gato perdido y se inclinó para sentir su respiración y tocar su frente con el dorso de la mano.

Sonrió.

El gato perdido dormía tranquila y profundamente.

—Señora Kinderhouse… —Murmuró Christian, despertándose calmadamente.

—Buenos días, Mi Señor. No quise despertarlo… —Se disculpó con sinceridad para luego y mirar bondadosamente a través de los cristales de sus pequeños anteojos al joven paciente con los largos y castaños cabellos desparramados sobre la almohada—. ¿Debería llamar al joven William para que se ocupe de las necesidades higiénicas del paciente? Seguramente lo necesita.

—El joven William no es la persona adecuada para ello, señora Kinderhouse… —Se puso  de pie mientras se tapaba la boca y bostezaba suavemente para luego comenzar a desarrugarse plácidamente la ropa—. Dígale a la joven Emma que venga.

—¿La joven Emma? ¿Pero por qué, Mi Señor? —Lo miró con los ojos como platos.

—¿No lo adivina? —Le guiñó un ojo con picardía mientras abría la puerta que daba al pasillo—. El “gato perdido” es una jovencita.

Y cerró tranquilamente la puerta detrás de él, dejando al ama de llaves completamente sorprendida. Luego, miró al gato perdido, quien dormía tranquilamente luego de una dura noche febril.

­—¡Oh, cielos!


Nombre: Doctor y Lord Christian Jacobson
Edad: 30 años, aunque parece de menos
Estatus: aristócrata
Estado civil: soltero
Personalidad: curioso, le interesan las ciencias, algo ingenuo y despistado.
Inexperto y tímido en los asuntos de la intimidad. 
Idealista, observador, tranquilo e inteligente.
De marcado instinto protector y maternal.
Su empatía y compasión hacia el prójimo lo lleva a límites peligrosos.
El alcohol lo transforma, por lo que prefiere evitarlo a toda costa.
Advertencia: No siempre es lo que parece. Puede dar grandes sorpresas.

Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron! ¡Si no te gusta el yaoi, no lo leas!

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Notas de una Bloguera Arrinconada:
                                                                  ¡Primer capítulo luego del prólogo! ¡Aparece el doc en escena! En el próximo episodio aparecerá el pícaro brabucón, je je... ¡Él se conocerá con el doc gracias a Constance y no habrá quien se lo quite de la cabeza! ja ja ja ja!!!
                                                                  ¡Muchas gracias por leer y seguir mi blog! ¡Y recuerden! ¡Permitan la publicidad y traigan más visitantes, se los agradecería un montón si les dicen qué pueden conseguir en él porque si alguien lo visita por primera vez, no sabrá para qué sirve este blog! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!

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