El Intrépido Bravucón -Novela ligera- Parte 1: Recogiendo un gato perdido
Género: novela de aventuras steampunk y clockpunk histórico-fantásticas, comedia y bromance con ligero toque BL. Ambientada en el siglo XVIII retrofutrista y ucrónico, con la tecnología del siglo XIX
Formato: Novela por capítulos, novela ligera tipo anime
Estado: En publicación
Parte 1: Recogiendo un gato perdido
19 de junio de 1740
No puedo más.
Voy a morir. Lo sé.
¡Tengo tanto frío que siento que me
congelo!
¡Y tanta hambre que apenas puedo
mantenerme consciente!
Lo siento, abuela.
Lo lamento tanto.
Yo no quería que las cosas terminaran
así…
Constance.
La noche había caído sobre Londres, envolviendo sus
calles en una oscuridad húmeda y desagradable. Una fina lluvia comenzaba a
descender sobre los tejados, los adoquines y los callejones de los barrios más
pobres de la ciudad.
Por aquellas calles avanzaba un hombre que, a
juzgar por su vestimenta, parecía completamente fuera de lugar.
Su abrigo de buena calidad, sus prendas elegantes y
su refinado porte contrastaban notablemente con el miserable entorno que lo
rodeaba. Caminaba con cierta prisa, sosteniendo un maletín médico y cubriéndose
la nariz con un pañuelo blanco de encaje.
El hedor era insoportable.
Los desperdicios acumulados junto a las paredes, el
barro mezclado con excrementos y el agua estancada convertían aquellas
callejuelas en un verdadero suplicio para cualquiera que no estuviera
acostumbrado a semejantes condiciones.
Christian Jacobson, sin embargo, tenía otras cosas
en las que pensar.
Acababa de visitar a un niño perteneciente a una
familia sin recursos. Había dedicado buena parte de su tiempo a examinarlo y
asegurarse de que sus padres comprendieran cómo debían cuidarlo. Ahora solo
deseaba regresar a casa, quitarse aquellas ropas y descansar un poco.
Aunque, conociéndose, probablemente el descanso
tendría que esperar.
A sus veintiocho años, Christian era un hombre que
reunía cualidades bastante particulares. Pertenecía a una de las familias
aristocráticas más poderosas de Inglaterra y poseía un título de lord que le
habría permitido disfrutar de todos los privilegios que su posición social
podía ofrecerle.
Pero no era precisamente esa clase de vida la que
le interesaba.
Su curiosidad científica, su espíritu independiente
y su profunda empatía por los demás lo habían llevado a dedicar su existencia a
la medicina. Atendía a personas de todas las clases sociales y jamás
consideraba que la riqueza, el apellido o la posición de un paciente
determinaran cuánto valía su vida.
Era inteligente, educado y extraordinariamente
atractivo. Su delicado rostro masculino, sus cabellos rubios y sus modales
refinados despertaban admiración con una facilidad que a veces resultaba
bastante incómoda para él. Más de una dama de la alta sociedad había intentado
conquistar su atención, aunque Christian no parecía demasiado interesado en
semejantes asuntos.
Su humor mordaz, sus comentarios sarcásticos sobre
la política y sus críticas a las injusticias sociales tampoco contribuían a
hacerlo especialmente popular entre los aristócratas.
Afortunadamente, aquello le importaba bastante
poco.
Christian tenía una opinión propia y no acostumbraba
modificarla para complacer a quienes se consideraban superiores al resto del
mundo.
No obstante, había algo que podía considerarse una
debilidad en su carácter: le costaba aceptar que una persona fuera
completamente malvada. Incluso cuando alguien demostraba ser cruel, una parte
de él insistía en buscar algún pequeño rastro de bondad que justificara
mantener cierta esperanza.
Una cualidad noble, sin duda.
Aunque no siempre muy prudente.
Y aquella noche, precisamente, estaba a punto de
volver a demostrarlo.
Christian levantó la mirada hacia el cielo. Después
extendió una mano pálida y sintió cómo unas pequeñas gotas de lluvia caían
sobre su palma.
—Genial. Lluvia.
Contempló el cielo con una expresión de resignación
y se dispuso a continuar su camino.
No había avanzado demasiado cuando un hombre enorme
apareció detrás de él. Llevaba una pesada caja de madera sobre la espalda y
parecía tener tanta prisa que no se molestó en comprobar si tenía espacio
suficiente para pasar.
El golpe fue tan repentino que Christian apenas
tuvo tiempo de reaccionar.
—¡Ah!
Su cuerpo salió despedido hacia un lado y cayó de
bruces sobre el barro.
Las rodillas y las manos quedaron hundidas en el
fango maloliente. Su maletín salió disparado y terminó varios pasos más allá,
en el interior de una callejuela lateral.
Durante unos segundos, Christian permaneció
inmóvil.
Luego levantó lentamente la cabeza.
—¡Pero…!
Miró sus manos embarradas. Después observó sus
rodillas, su ropa y el lugar donde había aterrizado su maletín.
Su expresión se volvió una mezcla de indignación y
absoluto disgusto.
—¡Ay, no! ¡Pero qué asco! ¿Y qué clase de educación
es esa? ¿Tanta prisa por llegar a un lugar al que, de todas maneras, llegará?
El hombre ni siquiera se había detenido.
Christian suspiró, se incorporó con dificultad y
sacudió las manos, como si aquel gesto pudiera librarlo de la desagradable
sensación que le recorría los dedos.
Sacó otro pañuelo y trató de limpiarse lo mejor
posible. El anterior había quedado completamente arruinado.
—Magnífico… Sencillamente magnífico.
Se acomodó las prendas como pudo y caminó hacia su
maletín. Estaba a tan solo unos pasos, pero algo llamó su atención antes de que
pudiera recogerlo.
Junto a la pared de ladrillos de una vieja vivienda
había un bulto oscuro.
Al principio no distinguió qué era. La escasa
iluminación procedente de unas velas encendidas en la casa de enfrente apenas
permitía ver algo entre las sombras.
Christian entrecerró los ojos.
¿Un montón de ropa abandonada?
¿Un saco?
Se acercó un poco más.
Entonces distinguió una forma humana.
Su expresión cambió inmediatamente.
Olvidándose por completo de sus manos sucias, de
sus rodillas embarradas y de la ropa que acababa de intentar limpiar, se
aproximó con cautela y se arrodilló junto al desconocido.
Era una persona acurrucada en posición fetal,
cubierta con unos harapos mugrientos. Su cuerpo parecía tan pequeño y delgado
que resultaba difícil determinar si se trataba de un muchacho o una muchacha.
Incluso podía ser una persona adulta consumida por el hambre.
—¿Me escucha?
No obtuvo respuesta.
Christian inclinó ligeramente la cabeza y apoyó una
mano sobre aquella frente sucia.
La retiró casi de inmediato.
—¡Cielos!
La temperatura era alarmante.
Tenía una fiebre altísima.
El joven doctor observó el rostro parcialmente
oculto entre los harapos y sintió una punzada de preocupación. Aquella pobre
criatura llevaba demasiado tiempo expuesta al frío y a la humedad. Su estado
parecía bastante delicado.
No podía dejarla allí.
Ni siquiera se detuvo a considerar las posibles
consecuencias de llevar a un desconocido a su casa. Tampoco pensó en lo que
dirían sus empleados, que ya estaban bastante acostumbrados a sus inesperadas
obras de caridad.
Simplemente tomó una decisión.
—Vamos… No podemos quedarnos aquí.
Con cuidado, pasó un brazo alrededor del cuerpo del
desconocido y lo levantó hasta acomodarlo sobre su espalda.
La maniobra no fue precisamente sencilla.
Christian no era un hombre de gran fortaleza
física. Su constitución era más bien delicada y aquel esfuerzo le exigió
bastante más de lo que habría querido admitir.
Aun así, consiguió ponerse de pie.
Con una mano sostuvo a su nuevo paciente y con la
otra recuperó el maletín.
—Esto va a ser más complicado de lo que esperaba…
Respiró hondo y comenzó a caminar.
Cada paso requería un esfuerzo considerable. La
lluvia se hacía más persistente y las callejuelas parecían interminables, pero
Christian no se permitió detenerse. Atravesó aquel laberinto de calles hasta
alcanzar una vía más ancha, donde finalmente pudo conseguir un carruaje.
Le explicó al cochero que necesitaba llegar a su
residencia con urgencia y le pagó el doble de la tarifa habitual para que
aceptara transportarlos en aquellas condiciones.
El hombre miró primero las ropas embarradas del
caballero y después a la persona inconsciente que llevaba consigo.
No hizo preguntas.
Christian subió con cuidado, acomodó al paciente a
su lado y dio la dirección.
Solo entonces se permitió soltar un suspiro.
—Resista un poco más…
No sabía quién era aquella persona ni cómo había
terminado en semejante situación.
Pero, mientras siguiera respirando, haría todo lo
posible por salvarla.
La residencia de Christian Jacobson se encontraba
en las afueras de Londres, en una zona campestre y residencial bastante más
tranquila que los barrios por los que acababa de pasar.
Era una hermosa casa de dos pisos, rodeada por un
jardín cuidado y de dimensiones moderadas. La propiedad resultaba elegante y
confortable, aunque bastante modesta si se la comparaba con las enormes
mansiones de otros miembros de la aristocracia.
Christian podría haberse permitido vivir en una
residencia mucho más imponente.
Simplemente no le interesaba.
Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada,
la puerta de la casa se abrió casi de inmediato.
John Wilkes, el encargado de cuidar la propiedad,
salió con una lámpara de aceite en la mano. Su expresión de alivio duró apenas
unos segundos: al ver el estado en que llegaba su señor, la preocupación
reemplazó rápidamente a la sorpresa.
—¡Mi señor! ¡Ya estábamos preocupándonos por usted!
Debería permitir que Timothy lo acompañara cuando visita esos lugares tan
peligrosos para alguien de su posición social.
Christian lo miró mientras intentaba acomodarse
para bajar del carruaje.
—También sería peligroso para él, John…
Hizo una pequeña pausa y volvió la atención hacia
su acompañante.
—¡Uf! ¿Podrías ayudarme a llevarlo a la casa?
Necesita atención médica.
John dejó escapar un suspiro.
No era la primera vez.
Ni siquiera estaba seguro de cuántas veces había
sucedido ya.
Su señor tenía la costumbre de regresar acompañado
por algún desconocido necesitado de ayuda. Y, aunque el corazón de John no era
precisamente insensible, tampoco podía ignorar que algunos de aquellos
individuos, una vez recuperados, habían demostrado una gratitud bastante
peculiar: desaparecían llevándose consigo alguna pieza de la costosa platería
de la casa.
El encargado de la propiedad no tenía demasiadas
ganas de volver a pasar por semejante disgusto.
Pero tampoco podía dejar a su señor intentando
cargar solo con aquel pobre desgraciado.
—Por supuesto, mi señor.
Entre ambos consiguieron bajar al paciente y
trasladarlo hacia la entrada.
Cuando abrieron la puerta, el mayordomo y el ama de
llaves, que habían acudido al oír el movimiento del carruaje, se quedaron
contemplando la escena.
La mujer fue la primera en reaccionar.
—¡Pero, mi señor! ¿Otra vez? ¡Me lo tendría que
haber imaginado por lo mucho que estaba tardando en regresar!
Su tono de protesta contrastaba con la rapidez con
la que se apartó para permitirles entrar.
Christian no respondió a la queja. Estaba demasiado
ocupado intentando que el desconocido no recibiera ningún golpe durante el
traslado.
El mayordomo, por su parte, contempló al recién
llegado con una resignación casi profesional.
—Iré a avisarle a la joven Jane para que prepare un
cuarto para el nuevo gato perdido.
Dicho aquello, se marchó hacia las habitaciones de
los criados.
—No despiertes a todos, solo a los necesarios —le
pidió Christian.
—Muy bien, señor.
John se dispuso a seguirlo, pero antes de alejarse
miró discretamente a su amo.
Estaba empapado, cubierto de barro y visiblemente
agotado. Sin embargo, parecía mucho más preocupado por el desconocido que por
sí mismo.
Usted también debe de estar cansado,
señor…
Debería preocuparse un poco por su
propio descanso.
John suspiró y continuó su camino.
Durante la siguiente media hora, la residencia
Jacobson se convirtió en un pequeño centro de operaciones.
Se preparó una habitación, se calentó agua, se
buscaron sábanas limpias y se dispusieron los elementos necesarios para que
Christian pudiera atender al nuevo paciente.
Los criados protestaron, como era habitual en
aquellas ocasiones. No obstante, todos cumplieron con sus tareas.
En el fondo, aunque las inesperadas apariciones de
aquellos «gatos perdidos» alteraban la tranquilidad de la casa y les daban más
trabajo del necesario, se sentían orgullosos de servir a un hombre que no
dudaba en ayudar a los más desamparados.
Christian, por supuesto, no tenía ninguna intención
de abandonar a su paciente.
Una vez instalado en la habitación, se ocupó
personalmente de atenderlo. Le administró la medicación que consideró
necesaria, controló su temperatura y le cambió repetidamente el paño fresco que
había colocado sobre su frente.
La fiebre no cedió de inmediato.
Aquello lo obligó a permanecer despierto durante
buena parte de la noche, observando cualquier cambio en su respiración y
vigilando su evolución.
De tanto en tanto, se acomodaba en una cómoda
mecedora situada junto a la cama. Allí intentaba leer algún libro mientras
esperaba que transcurriera el tiempo necesario para volver a examinarlo.
Pero el cansancio terminó imponiéndose.
Sus párpados comenzaron a cerrarse una y otra vez,
y en más de una ocasión tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse dormido.
Finalmente, la noche avanzó sin que el doctor
abandonara su puesto.
La mañana llegó con una luz suave que se filtraba a
través de las ventanas de la habitación.
La puerta se abrió con discreción y el ama de
llaves entró procurando no hacer ruido.
La señora Kinderhouse era una mujer veterana,
acostumbrada desde hacía tiempo a las peculiaridades de su señor. Había
aprendido que sus buenas intenciones podían ocasionar bastante trabajo y que
discutir con él no siempre servía de mucho.
Al entrar, descubrió que Christian estaba
profundamente dormido en la mecedora.
Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado
y sostenía un libro abierto entre las manos. El volumen parecía a punto de
deslizarse de sus dedos.
Sus cabellos rubios, normalmente bien arreglados,
estaban algo desordenados sobre su delicado rostro masculino. La ropa también
mostraba las consecuencias de una noche que, sin duda, había sido demasiado
larga.
La señora Kinderhouse lo contempló unos instantes.
Después se acercó a la cama.
El paciente dormía tranquilamente, con sus largos
cabellos castaños desparramados sobre la almohada. La mujer se inclinó con
cuidado para comprobar su respiración y apoyó el dorso de la mano sobre su
frente.
Su expresión se iluminó con una sonrisa.
La fiebre había cedido.
El pequeño gato perdido descansaba ahora
profundamente, lejos del frío y de la humedad de aquella callejuela.
—Señora Kinderhouse…
La mujer se sobresaltó apenas.
Christian había despertado.
—¡Mi señor! Buenos días. No quise despertarlo…
—Buenos días…
El doctor se incorporó lentamente en la mecedora.
Parpadeó un par de veces y observó a la mujer con expresión todavía adormilada.
—¿Cómo se encuentra?
—Parece estar mucho mejor, mi señor. La fiebre ha
bajado.
Christian dirigió la mirada hacia la cama y dejó
escapar un suspiro de alivio.
—Me alegra oírlo.
La señora Kinderhouse volvió a observar al
paciente. Sus cabellos castaños se extendían sobre la almohada y su rostro,
aunque todavía pálido por el agotamiento, parecía mucho más tranquilo que la
noche anterior.
La mujer se acomodó los anteojos.
—¿Debería llamar al joven William para que se ocupe
de las necesidades higiénicas del paciente? Seguramente lo necesita.
Christian terminó de levantarse. Se cubrió la boca
con una mano para disimular un bostezo y luego se alisó tranquilamente la ropa,
intentando recuperar algo de su habitual compostura.
—El joven William no es la persona adecuada para
ello, señora Kinderhouse…
La mujer lo miró, desconcertada.
—¿No lo es?
—No. Dígale a la joven Emma que venga.
La señora Kinderhouse abrió los ojos de par en par.
—¿¡La joven Emma!? ¿Pero por qué, mi señor?
Christian la observó durante un instante. Después,
una pequeña sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—¿No lo adivina?
Le guiñó un ojo con picardía y se dirigió hacia la
puerta.
—El gato perdido es una jovencita.
La señora Kinderhouse se quedó inmóvil.
Christian abrió la puerta, salió al pasillo y la
cerró tranquilamente detrás de sí, como si acabara de anunciar algo de lo más
corriente.
Durante unos segundos, la mujer permaneció mirando
la puerta.
Luego volvió lentamente la cabeza hacia la cama.
La joven desconocida continuaba durmiendo
plácidamente, ajena a la pequeña conmoción que acababa de provocar su llegada a
la residencia.
—¡Oh, cielos!
Y así, sin que nadie lo supiera todavía, comenzaba la historia de una muchacha que había llegado a aquella casa como un gato perdido.
NOTA IMPORTANTE:SI TE ENTERAS QUE ESTA SERIE (U OTRAS)ESTÁN SIENDO EMITIDAS POR TELEVISIÓN, POR FAVOR,SI NO VAS A MIRARLAS, POR LO MENOS DEJA LA TV PRENDIDA.DALES RATING PARA QUE CONTINÚEN DOBLÁNDOLAS EN NUESTRO IDIOMA.O COMPRA SUS PRODUCTOS OFICIALES
¡Primer capítulo luego del prólogo! ¡Aparece el doc en escena! En el próximo episodio aparecerá el pícaro brabucón, je je... ¡Él se conocerá con el doc gracias a Constance y no habrá quien se lo quite de la cabeza! ja ja ja ja!!! ¡Muchas gracias por leer y seguir mi blog! ¡Y recuerden! ¡Permitan la publicidad y traigan más visitantes, se los agradecería un montón si les dicen qué pueden conseguir en él porque si alguien lo visita por primera vez, no sabrá para qué sirve este blog! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!
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