Piratas del Caribe: El Libro del Destino -Fanfic- Capítulo 30: Escapando de los Pelegostos


Resumen de la saga: Piratas del Caribe es una saga de aventuras fantásticas centrada en el excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). La trama principal sigue sus esfuerzos por recuperar su barco, el Perla Negra, enfrentándose a maldiciones sobrenaturalespiratas fantasmales (Capitán BarbossaDavy Jones), monstruos marinos y la Marina Real británica en el Caribe del siglo XVIII


Argumento: Jack y Jacky se separaron! ahora son 2! un hombre y una mujer! Doble problemas para todos! Lograrán cambiar sus destinos y el de los demás? Continuación de La Maldición del Anillo de la Calavera. James y Jacky pasan su primera noche juntos...¿pero será la última? ¡Tiene de todo!
Género: aventura, drama, acción, fantasía, humor
Personajes: los principales e inventados
Calificación: para mayores de 16 años
Cantidad de palabras: 384,335
Duración: 57 capítulos
Estado: completo
Año de publicación: 2007-2009 (Iniciado el 31 de Octubre del 2007 y finalizado el 17 de Mayo del 2009)
Primera Publicación: Fanfiction
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada tanto por el anime, los dramas asiáticos y la literatura universal. Me gusta hacer pasar a los personajes por duras pruebas. ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores!

Capítulo 30: Escapando de los Pelegostos

Al día siguiente, muy cerca de las costas de la Isla Pelegostos, un pequeño bote navegaba sobre las límpidas aguas color aguamarinas, transportando unicamente a tres ocupantes: dos hombres y un perro, quienes no eran otros más que Pintel, su amigo Ragetti y el perro de la cárce de Port Royal, quien aun llevaba las llaves de las celdas en su hocico. Los tres se dirigían directamente hacia las costas de la isla, pues habían divisado para su fortuna, al Perla Negra encallado en la playa.

—Creo que fue gracias a la Divina Providencia que escapamos de la cárcel —declaró el delgaducho Ragetti con gran convencimiento después de haber ojeado (con su único ojo) las páginas de una Biblia que llevaba en sus manos.

—Pues yo creo que fue por mi gran astucia. ¿No es así, perrito? —aclaró Pintel mientras remaba y se volvía hacia el perro que se encontraba parado sobre sus patas traseras en la proa del bote.

—¿Y cómo sabes si no fue la Divina Providencia la que te inspiró para hacer tu plan? —insistió Ragetti para luego volver a la lectura del libro—. Aun así, no pienso robar ningún barco…

—No es "robar", es "rescatar" —Pintel quiso disfrazar la verdad—. ¿Y desde cuándo te importa eso?

—Desde que ya no somos inmortales —declaró Ragetti con seriedad—. Debemos cuidar nuestras almas, aquí lo dice…

—¡Pero si tú no sabes leer!

—¡Es la Biblia!... Te dan crédito por intentar

—¡Fingir que se lee la Biblia es mentir! —replicó fastidiado Pintel—. ¡Eso te resta puntos y además molesta a… —señaló hacia arriba para referirse al Altísimo, pero entonces, los repentinos ladridos del perro los hicieron desviarse de su discusión teológica hacia algo más terrenal.

—¡Ahí está…! ¡Mira! —exclamó Ragetti al divisar el Perla Negra.

Ansioso por llegar a tierra, el perro saltó a las aguas del mar y se dirigió velozmente hacia la playa ante la sorpresa de los dos piratas, ex miembros de la tripulación de Hector Barbossa cuando éste era el capitán del Perla Negra.

—¿Y ahora qué le pasa? —preguntó Raggeti un tanto extrañado mientras miraba el perro.

—¿Habrá visto a un pez-gato tal vez? —bromeó Pintel encogiéndose de hombros para luego comenzar a reírse de su propio mal chiste.

Su amigo Raggeti, que era de "pocas luces"; tardó un poco en entenderlo, pero cuando lo hizo, comenzó a reírse con ganas.

—¡Qué bobo eres! —se burló del can.

Una vez llegado a las blancas arenas de la playa, el mojado perro se sacudió el agua de encima y se volvió para mirar a sus compañeros de viaje, a quienes la fuerza de las olas les había hecho perder el control del bote provocando así su naufragio, justo cuando ya estaban llegando a las costas de la playa.

—¡Vamos! ¡Sígueme! —Pintel le ordenó a su amigo mientras se dirigía caminando penosamente con el agua a la cintura hacia el encallado navío de Jack Sparrow.

Riéndose de alegría, los dos compañeros (y el perro) comenzaron a correr alrededor de la nave, muy entusiasmados tras haberla encontrado al fin. ¡Ahora tendrían un barco que sería únicamente comandados por ellos!

—¡Aquí está! ¡Y es sólo para nosotros! —festejó Pintel, deteniéndose ante la grandeza del Perla Negra.

—¡Y está subiendo la marea, eso ayudará! Además, en cierto modo, rescatar y salvar son casi la misma cosa —declaró Ragetti, también muy entusiasmado y olvidándose así de sus antiguas convicciones religiosas.

—¡Así se habla, viejo! ¡Eso es verdad, como un templo! —lo apoyó su amigo.

Pero mientras se alegraban de su buena fortuna, ambos dejaron de reírse cuando escucharon en la lejanía los "tam-tam" de unos tambores que los obligaron a mirar hacia las altas espesuras de las montañas, que era de donde provenían aquellos malos augurios.

—Supongo que lo mejor es salvarla lo antes posible…, ahora que nuestras almas son tan vulnerables y todo eso… ¿no? —declaró Ragetti con la carne de gallina, pues sabía muy bien que en aquel lugar habitaban terribles caníbales.

—¡Amén a eso! —lo apoyó Pintel haciendo apresuradamente sobre sí mismo la señal de la cruz.

Acto seguido, los dos piratas procedieron a liberar al barco de sus ataduras y subirse a él para preparar todos los aparejos necesarios para esperar la marea alta y así hacerse a la mar para alejarse de aquellas temibles costas.

Mientras tanto, en la aldea de los Pelegostos, la ceremonia había comenzado dando paso al ruidoso repiqueteo de los tambores y los frenéticos bailes fetichistas de los nativos. Todos los aldeanos se encontraban celebrando la próxima ascensión de sus dioses que muy pronto se convertirían en parte de ellos.

Jack y Jacky se encontraban sentados en sus respectivos tronos uno al lado del otro, con su rostros morenos revelando su preocupación tanto por sus propias vidas como la de Elizabeth y la de los demás. Sin que nadie se diera cuenta, los dos hermanos ya habían tramado un magnífico plan de escape que muy pronto utilizarían en el momento oportuno.

Y así, quitándose entre ellos el pobre tricornio —pues no cesaban de pelear por él—, cuatro de sus devotas servidoras se acercaron a ellos para colocarles al cuello un par de morbosos collares que por cuentas tenían grotescos dedos de los pies de las pobres victimas humanas que habían caído en manos de los Pelegostos. Luego de quitarle una vez más el sombrero a su hermana Jacky, el capitán del Perla Negra se dispuso a cortarle la uña a uno de los dedos gordos con su boca ante la cara de asco que puso su hermana.

—¿Y por qué, de paso, no le limas las uñas también, hermanito? —le preguntó irónicamente mientras recuperaba su sombrero y se lo volvía a colocar sobre su cabeza.

—Buena idea, hermanita, y de paso, también las voy a pintar —le replicó sonriente a la vez que volvía a arrebatarle el tricornio.

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A todo eso, William Turner se encontraba encerrado en una gran jaula circular hecha con huesos junto a Gibbs, Ana María, Cotton y Marty, suspendidos a más de cien pies de altura sobre un profundo acantilado. Los demás miembros de la tripulación del Perla que aun quedaban con vida, se encontraban encerrados en otra jaula a varios metros de distancia de sus otros compañeros.

—¿Cómo es que ahora hay dos Jack Sparrow en vez de uno solo? —quiso saber nuestro joven protagonista.

—No lo sabemos —le contestó Ana María—. La capitana Jacky apareció de repente y ni siquiera ella sabe por qué se separó de Jack Sparrow.

—Entonces… ¿se separaron? —frunció el entrecejo muy confundido.

—No tenemos ni la más remota idea de lo que les paso, Will —le respondió el maestre Gibbs—, pero con tan sólo permanecer al lado de la capitana se comprende que es la mismísima Jack Sparrow, pero en versión femenina.

El chico volvió a fruncir el entrecejo mientras ladeaba la cabeza.

—¿Pero por qué tenía que ser mujer?

—Eso tampoco lo sabemos —se quejó Ana María—, pero te aseguro que no soportarías a esos dos juntos ni un solo minuto, ¡son realmente insoportables! ¡Pelean cada rato como si fueran dos niños malcriados!

—Quizás Tía Dalma sepa algo al respecto… —propuso Will.

—Justamente pensábamos en ir a visitarla antes de encallar en este nido de caníbales… —replicó Gibbs tristemente.

Luego de estarse unos momentos en silencio mientras observaba el profundo precipicio a sus pies, el joven herrero le preguntó por qué los Pelgostos estaban adorando a los dos capitanes como si fuera sus reyes.

—Parece que les llamó su atención el enorme parecido que hay entre ellos dos y los convirtieron en sus jefes —declaró el aludido.

—¿Y por qué nos hicieron esto si ellos son los jefes? —preguntó Will bastante desilusionado.

—Sí, los Pelegostos los convirtieron en sus jefes, pero deben actuar como jefes si quieren seguir siendo los jefes —le aclaró Gibbs mientras se asomaba a los "barrotes" de la jaula.

El muchacho suspiró cansadamente.

—Así que no tienen elección, son tan prisioneros como nosotros… —dijo.

—Peor, Will, puedes estar seguro. En realidad, es que los Pelgostos piensan que Jack y su hermana son Dioses en su forma humana… —y luego agregó gravemente—: así que les concedieron el máximo honor de liberarlos de sus prisiones de carne y hueso…

Will lo miró muy confundido sin saber a qué atenerse con esas palabras, entonces, para darle a entender a lo que el maestre Gibbs se refería, Cotton tomó su mano y le mordió los dedos haciéndolo aullar de dolor.

—¡Ay! ¡Suelta! —Gibbs le gritó bastante adolorido mientras retiraba rápidamente su mano maltratada de las fauces casi desdentadas de Cotton y dirigía su atención hacia el ruido de los tambores.

—Se los van a comer asados… —aclaró con gran preocupación.

—¿Y en dónde está el resto de la tripulación? —volvió a preguntar el joven Turner.

—¿Ves estas jaulas, Will? —le respondió después de mirar los morbosos "barrotes" que conformaban aquella jaula—, las hicieron después de que llegamos a esta isla….

Al comprender que aquellos huesos pertenecían a los demás miembros desaparecidos de la tripulación del capitán Jack Sparrow, Will apartó rápidamente su mano de la jaula con una mueca de asqueada impresión en el rostro.

—El banquete ya va ha comenzar —declaró Gibbs bastante angustiado—. Cuando los tambores callen… —miró al muchacho—, Jack y Jacky habrán muerto.

—Pues no nos quedaremos aquí esperando a que eso ocurra, ¿o sí? —replicó éste, tratando de pensar en una idea para salir de allí.

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En ese mismo instante, en la aldea en donde estaban preparando el "banquete" divino, las celebraciones se volvieron mucho más frenéticas a medida que llegaba el momento de encender el fuego del sacrificio, por lo tanto, los hermanos Sparrow decidieron que ya era el momento de llevar a cabo inmediatamente su magnífico plan. Levantándose de su trono, luego de discutir con su hermana para decidir quién lo haría, Jack se dirigió hacia los nativos.

—¡No! ¡Hey! ¡No, no! ¡Más leña! ¡Hoguera grande! ¡Hoguera grande! —les pidió llamándoles la atención mientras exageraba haciendo gestos con sus brazos—. ¡Mucho fuego! ¡Mucho fuego! ¡Yo soy el jefe, quiero mucho fuego! ¡Ahora!

Viendo que, afortunadamente lo obedecían, Jack decidió seguir con el resto de su plan, por lo tanto, se dio media vuelta y miró a sus dos guardianes reales, quienes siempre lo estaban vigilando a él y a su hermana.

—¡Hey! ¡Aguki esnikuls esnikuls! ¡Tutsli! ¡Más leña! ¡Vamos! ¿Qué esperan?

Los dos Pelegostos se miraron un tanto desconcertados, pues no sabían qué hacer, pero Jacky decidió intervenir luego de poner los ojos en blanco un tanto fastidiada y se levantó de su trono para dirigirse hacia los dos nativos a quienes comenzó a empujar mientras decía:

—¡Aguki nikuls nikuls! ¿Qué esperan? ¡Mi hermano y yo queremos mucho fuego! ¡Queremos más leña! ¡Rápido o nuestra ira descenderá sobre ustedes como un águila hambrienta! ¡Hagan felices a sus dioses! ¡¡Tutsli!!

Y mientras los guardias obedecían rápidamente sus órdenes, Jacky se unió junto a su hermano y sonrieron satisfechos.

Los guardias pelegostos también estaban muy contentos de serles de ayuda a sus dioses gemelos, pero en cuanto depositaron un gran tronco sobre la futura fogata, se les borró la sonrisa cuando se dieron cuenta que los tronos estaban completamente vacíos, salvo los cetros emplumados que aun permanecían allí, sus dioses habían desaparecido tras haberles tomado el pelo para poder fugarse ante sus narices.

Corriendo muy a su manera (con los brazos cómicamente extendidos y alborotados), los hermanos Sparrow cruzaron a toda velocidad uno de los tantos puentes colgantes y, como ninguno de los dos quería estar detrás del otro, cada uno de ellos jalaba al otro de las ropas para que éste quedara detrás y sirviera así de escudo para el primero. Sin saber hacia dónde escapar, los capitanes siguieron corriendo dando un par de vueltas sobre sí mismos hasta que Jack se paró de golpe frente a la peligrosa orilla de un profundo precipicio en donde casi había tenido la desgracia de caerse, pero en cuanto quiso darse vuelta para alejarse de allí, Jacky llegó de golpe y chocó contra él, quien después de balancearse precariamente a orillas del precipicio, se cayó ante la sorpresa de su hermana, quien se arrodilló a orillas del despeñadero y comenzó a llorar desconsoladamente la desgracia ocurrida.

—¡No sabía que me estimabas tanto como para llorar por mí, hermanita! —exclamó Jack de pronto, provocando que Jacky se sobresaltara por la impresión y se asomara cuidadosamente al abismo para ver hacia abajo.

Y allí estaba su hermano, suspendido sobre el precipicio y aferrado a una de las tantas raíces que sobresalían de las paredes del precipicio.

—¡Idiota! ¡No lloro por ti, hermanito! —exclamó ofendida.

—¿No? ¿Y entonces por qué llorabas?

—¡Lloraba por mi sombrero! —le respondió mientras se lo arrebataba de la cabeza y se lo colocaba para luego ponerse de pie y marcharse de allí con el mentón en alto.

—¡Oye! ¡Hermanita! ¡Ayúdame! —le pidió Jack entre afligido mientras pataleaba en el aire y se sujetaba fuertemente de la raíz con ambas manos.

—¿Así como me ayudaste a rescatar a mi querido Norricito, hermanito? ¡Nunca! ¡Arréglatelas tú solo! —le replicó mientras le hacía un gesto obsceno con la mano y entraba a una choza a husmear su interior.

Y mientras maldecía para su hermana y a su "Norricito", el capitán Jack Sparrow se vio obligado a valerse por sí mismo y trepó trabajosamente la poca distancia que lo separaba de la orilla. Una vez sentado sobre suelo firme, Jack se dispuso a tomar aliento y recuperar sus fuerzas. Una vez recuperado, se levantó y tomó sonriente una de las largas cañas amarillas que se hallaban amontonadas sobre el suelo con la idea de utilizarla, pero enseguida se le borró la sonrisa al percatarse de que la idea de usarla como garrocha o una especie de puente, no iba a dar buenos frutos. Desencantado, la dejó en su lugar y se dirigió inmediatamente hacia la choza en donde Jacky se había metido, con la esperanza de hallar algo que lo ayudara a descender por el precipicio.

Aquella choza se encontraba repleta de las cosas más variadas que jack se hubiera imaginado jamás, pues allí había varios juegos de platería, cofres repletos de los más diversos objetos y todo un horripilante conjunto de filosos cuchillos, cuchillas, hachas y machetes que colgaban morbosamente del techo, esperando para ser usados en algún banquete caníbal.

—¡Vaya! Veo que no te estrellaste contra las rocas, hermanito, ¡pero qué mala suerte tengo! —le comentó irónicamente en cuanto lo vio entrar.

—Lo que pasa era que tenía que recuperar algo mío, hermanita —le replicó quitándole el tricornio y colocándoselo sobre su cabeza.

—¡Oye! ¡Ese sombrero es mío! —se quejó la capitana mientras intentaba arrebatárselo otra vez, pero éste la tomó de una se sus muñecas y le dijo mientras llevaba su dedo índice a la boca.

—¡Shiiit, hermanita! ¡Guarda silencio y veamos si en ésta sucia cueva encontramos algo que nos ayude a escapar!

—¿De casualidad no buscabas algo como esto, hermanito? —le dijo mientras le dirigía una mirada terriblemente asesina y le mostraba una soga enrollada ante los ojos de su otro yo. —Sí, exactamente era eso lo que yo buscaba, hermanita —asintió sonriente mientras tomaba la soga y se la colgaba al hombro disponiéndose a salir de la choza, pero Jacky lo detuvo en cuanto sus ojos oscuros se posaron sobre algo que ya conocía desde hacía mucho tiempo. Y no era algo muy agradable de recordar.

—¡Oye! ¡Mira esto, hermanito!

Curioso, Jack se aproximó y tomó la lata que ella le había extendido y notó perplejo que era un embase de paprika y que llevaba la marca de la East India Company en su base.

Frunciendo el entrecejo con disgusto, ambos capitanes cruzaron sus miradas algo nerviosos y se dispusieron a marcharse de allí, no antes de que Jacky tratara de quitarle el tricornio y ambos comenzaran a manotearse como dos chiquilines malcriados peleándose por un dulce. Y así salieron de la choza, pelándose ridículamente hasta que volvieron sus miradas al frente y dejaron de manotearse poco a poco.

—¡Ay, que mal…! —exclamó asustado el capitán Jack Sparrow mientras veía ante ellos a un gran grupo de furiosos pelegostos armados con sus temibles lanzas, mirándolos muy ofendidos y listos para capturarlos.

Sonriendo estúpidamente, Jack levantó el brazo de su consternada hermana y comenzó a echarle la paprika en la axila.

—¡¡Oye!! ¡¿Pero qué estás haciendo?! —se molestó mientras su hermano le echaba aquel condimento en la otra axila ante la extrañeza de los nativos.

—Te sazono, ¿eh? —le dijo sonriente—. Es para que tengas mejor sabor, hermanita.

Y de un empujón, la entregó a los consternados pelegostos.

—Bueno, ahí la tienen. Está lista y deliciosa, se los aseguro. Que la disfruten muchísimo, pues tiene unas muy buenas "pechugas", ¿savvy? —les dijo sonriente.

Minutos más tarde, en medio de la frenética ceremonia pelegosto, Jack y Jacky se encontraban atados espalda contra espalda en una larga vara horizontal, una arriba y el otro abajo, dispuestos como un par de pollos listos para ser rostizados bajo las brasas. Jack Sparrow no se había salido con la suya.

Dos fuertes hombres los depositaron sobre un par de gruesas ramas que servían de sostenes sobre la pira.

—Bien hecho, buen trabajo… —Jack los felicitó de mala gana por la excelente recopilación de leños y ramas secas para la hoguera.

—No tanto. Deberían haber hecho dos piras en vez de una… —se quejó Jacky un tanto incómoda con los rayos del sol sobre sus ojos.

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Mientras tanto, en el acantilado en donde Will y los demás se encontraban encerrados en grandes jaulas de huesos, ya habían puesto en marcha su desesperado plan. Empujando y balanceando dichas jaulas como si fueran un par de péndulos, nuestro joven héroe y sus compañeros de aventuras trataban de alcanzar la otra pared del acantilado para poder aferrarse de las raíces que sobresalían de ella. Entre gritos de euforia y desencanto cuando fallaban su objetivo, ambos grupos ni siquiera llegaron a tocar una sola raíz en el primer intento, al segundo intento lograron tomarse de algunas raicillas, pero fueron tan pocas que no soportaron el tirón y se cortaron, pero, al tercer intento, por fin ambos grupos lograron aferrarse fuertemente a las duras y fuertes raíces de la pared.

—¡¡Saquen las piernas y empiecen a escalar!! —ordenó el maestre Gibbs en cuanto vio que el primer paso ya estaba cumplido.

—¡Arriba! ¡Necesitamos a todos para poder tripular al Perla Negra! —dijo Will mientras las dos jaulas comenzaban a subir gracias a los esfuerzos de sus prisioneros, pues todos querían llegar a la seguridad que les ofrecía el Perla.

—¡En realidad no necesitamos a todos! —exclamó uno de los piratas que estaba en la otra jaula, quien era el que había liderado a gran parte de la tripulación cuando se quejaron ante los capitanes Sparrows por la falta de acción y botines un par de días atrás—. ¡Con seis son suficientes!

De pronto, un tenso silencio se hizo entre ellos y detuvieron su ascenso unos momentos para mirarse mutuamente.

—¡Uy! ¡Qué dije…! —se quejó el pirata dándose cuenta de que ahora, el que llegaba primero a la sima, se haría con el mando del Perla Negra, pues, en cada jaula había gente suficiente para comandarla.

Dándose cuenta de lo mismo, Will lo pensó mejor y miró a Gibbs como si quisiera buscar en él una respuesta. Éste asintió con la cabeza y entonces el muchacho les ordenó a los demás que siguieran escalando. Y así, una frenética carrera por llegar hacia la sima inició entre los dos grupos de prisioneros para ver cuál de ellos llegaba primero y abordaba el barco pirata, convirtiéndose en una peligrosa carrera contra el tiempo gracias a los pelegostos.

—¡Qué pasa! ¿No pueden más? —se quejó el enano Marty, quien era el único que no servía de mucha ayuda en aquellos momentos, pues sus brazos y piernas eran demasiados cortos.

—¡Usen los músculos, muchachos! ¡Suban! —les aconsejó Gibbs.

—¡Oye! —se quejó Ana María, sintiéndose discriminada.

—¡Oh! ¡Lo siento! —se disculpó—. ¡Usen los músculos, muchachos y muchacha!

—¡Eso está mejor! —sonrió triunfante la joven mujer.

Pero, sin que ninguno de ellos se diera cuenta, a varios metros de distancia, un joven pelegosto había comenzado a cruzar uno de los puentes colgantes, poniendo en peligro el arriesgado plan de los piratas si llegaba a verlos y a dar la voz de alarma a los demás.

—¡Tenemos que llegar primero! —seguía diciendo el maestre Gibbs.

—¡Quietos! ¡Alto! ¡Silencio, silencio! —Will le pidió en un susurro a Gibbs que se callara y dejara de dar órdenes, deteniendo todos al darse cuenta del repentino peligro que los acechaba.

—¡Alto! ¡Silencio! ¡No se muevan! —les advirtió a los que estaban en la otra jaula, logrando llamar su atención para que se detuvieran.

Y así, los dos grupos de prisioneros centraron su atención en el nativo, quien ya se encontraba recorriendo la mitad del puente sin haberse percatado en lo absoluto de lo que estaba sucediendo allí abajo.

Viendo una oportunidad de adelantarse al otro grupo, el hombre que comandaba al otro grupo de piratas, les hizo una silenciosa señal a sus compañeros para que comenzaran a trepar ante el espanto de Will y su gente, quienes comenzaron a pedirles que se detuvieran porque corrían el riesgo de ser descubiertos por el nativo.

Haciendo caso omiso a las advertencias de los demás, el grupo traidor siguió trepando por la pared, burlándose cómicamente de los otros con risas y sonrisas silenciosas, hasta que, para la mala suerte de todos ellos, su líder, quien en vez de aferrarse a una de las raíces que sobresalían del muro de tierra, se aferró a una temible y venenosa serpiente de coral, logrando asustarlo tanto a él como a sus compañeros, provocando que se soltaran de sus asideros y cayeran inevitablemente al vacío entre desesperados gritos de angustia, llamando desafortunadamente la atención del joven guerrero pelegosto, quien vio cómo se cortaba la larga soga que mantenía colganda aquella jaula gracias al repentino tirón provocado por la caída y los lanzaba directamente a los oscuros y mortales abismos del acantilado. Apenas terminado aquel espectáculo, el joven pelegosto se percató de que los otros prisioneros estaban a medio camino de la libertad.

—¡¡Muévanse!! —ordenó Will Turner al darse cuenta de que habían sido descubiertos.

—¡¡Suban!! —apremió Gibbs al mismo tiempo.

Todos obedecieron inmediatamente y comenzaron a subir desesperadamente por la pared para poder llegar rápidamente a su destino antes de que aquel isleño diera la voz de alarma al resto de la tribu.

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En tanto, un nativo que llevaba una antorcha encendida en su mano derecha, corría a través de uno de los puentes colgantes rumbo al lugar del sacrificio para así dar inicio a la nefasta ceremonia.

—¡¡Aaah!! ¡Fair, fair! —exclamó excitado en cuanto llegó frente a los demás miembros de la tribu, desencadenando un enorme frenesí entre ellos y una enorme preocupación entre los hermanos piratas, viendo con horror cómo el hombre que llevaba la antorcha se acercaba a la pira para encenderla.

—¡He-hermana! ¡Muéstrales tus atributos para que los seduzcas y nos perdonen la vida! —Jack le pidió desesperado.

—¿Estás idiota o qué, hermanito? ¡No quiero que me violen! —se ofendió la aludida, quien estaba atada a espaldas de su descarado hermano.

—¿Y ahora te preocupa eso, hermanita? ¡El capitán Jack Sparrow jamás se preocupó por algo así!

—¡Claro! ¡Porque el capitán Jack Sparrow es un hombre! ¡Pero ahora yo soy la capitana Jacky Sparrow y no me hace nada de gracia que me violen unos sucios caníbales para que tú te salves, hermanito! Además… ¡tú no me ayudaste a rescatar a mi Norry!

—¡Uf! ¿Otra vez con ese cuento, hermanita? —bufó fastidiado mientras los pelegostos los observaban discutir bastante intrigados—. ¿Cuándo lo vas a olvidar?

—¡Jamás mientras esté con vida, idiota!

—Pues…, menos mal que no será por mucho tiempo… —murmuró muy preocupado mientras veía que su verdugo volvía a acercar la antorcha a la pira para encenderla de una buena vez.

Pero justo en ese momento, el joven nativo que había presenciado el intento de fuga de Will y sus amigos, se acercó corriendo hacia su gente y comenzó a avisarles nerviosamente sobre lo sucedido. Muy confundidos y sin saber qué hacer al respecto, todos los presentes dirigieron sus interrogativas miradas hacia sus "dioses" para saber qué decisión debían de tomar.

Jack y Jacky miraron a su alrededor un tanto sorprendidos y fastidiados. ¿Acaso aquellos salvajes no podían tomar decisiones por sí mismos?

—¡Síganlos! ¿Qué esperan? ¡Vayan por ellos! ¡Perilora! —les ordenó su Dios.

Llenos de frenética excitación, todos los pelegostos comenzaron a gritar y a correr hacia el acantilado en donde se encontraban los demás prisioneros para detenerlos y volverlos a capturar.

Pero, para la mala suerte de los horrorizados capitanes, Jack vio cómo el pelegosto encargado de encender la hoguera, tiraba descuidadamente la antorcha demasiado cerca de la pira, encendiéndola. El capitán Sparrow comenzó a llamar desesperadamente a los nativos, pero ninguno le hizo caso y muy pronto nuestros protagonistas quedaron a solas ante el fuego que comenzaba a encenderse bajo ellos.

—¡Ay, no! ¿Qué hago?—se quejó Jack y comenzó a soplar desesperadamente la llama para que se apagara, pero lo único que consiguió fue avivarla aún más, extendiéndose por gran parte de la pira.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¡Dime, hermanito! —quiso saber su hermana, quien no podía volver la cabeza para ver lo que estaba ocurriendo debajo suyo.

—¡N-nada! ¡N-no pasa nada, hermanita! —respondió horrorizado el capitán del Perla Negra mientras comenzaba a soplar inútilmente con mucha más fuerza las avivadas llamas de la hoguera.

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Con gran esfuerzo, Will y los demás lograron llegar hasta la sima del acantilado, y ahora debían buscar la manera de liberarse de aquella abominable jaula de huesos.

—¡Corten la soga! —apremió el joven herrero—. ¡Busquen una roca!

Y mientras nuestros aventureros se encontraban en la intensa tarea de buscar la roca adecuada que cortara sus ligaduras, Jack y Jacky Sparrow se encontraban en una situación mucho más "ardiente" que su tripulación.

—¡¿Pero qué demonios estás haciendo, hermanito?! —quiso saber la capitana cuando sintió que el aludido comenzaba a sacudir la vara en donde estaban atados—. ¿Por qué está haciendo calor tan de repente? ¡Hay olor a quemado!

—¡Muy pronto lo sabrás, hermanita! —exclamó Jack, que de un solo sacudón, dejó abajo a su otro yo mientras él se quedaba arriba. Ambos, habían cambiado sus posiciones.

—¡Ah! ¡Por fin un poco de brisa fresca para el gran capitán Jack Sparrow! Ahí tienes todas la respuestas a tus preguntas, hermanita —comentó alegremente mientras Jacky exhalaba un grito de desagradable sorpresa al ver las llamas debajo de ella.

—¡¡Aaah!! ¡¿P-pero qué es esto?! ¡¡No me dijiste que habían prendido la fogata esos caníbales eunucos!!

—Quería que te llevaras una sorpresa, hermanita…

—¡Y me dejas a mí a merced del fuego! ¿Por qué mejor no te quemas tú?

—Vamos, hermanita —comenzó a decir tranquilamente como si tuviera todo el tiempo del mundo—, tú bien sabes que da igual cuál de los dos se queme, ya que los dos somos la misma persona: el magnífico capitán Jack Sparrow, por lo tanto, suponiendo ahora lo que estamos suponiendo, claro, si tú supones lo que yo supongo lo que estás suponiendo, da igual cuál de los dos se queme, ¿savvy?

—¿Sabes lo que estoy suponiendo en éste mismo momento, hermanito?

—No…

—¡¡Que eres un idiota eunuco!! —y antes de que Jack replicara a eso, Jacky le dio un sacudón a la vara y logró volver hacia arriba, dejando al capitán del Perla nuevamente boca abajo, frente al fuego que ya estaba tomando mucha más fuerza que antes.

Desesperado y con los ojos desorbitados, Jack comenzó a soplar nuevamente el fuego con la inútil intención de extinguirlo, pero con ello comprobó que estaba empeorando la situación, así que volvió a dar un fuerte sacudón y nuevamente dejó a Jacky ante el fuego, quien también comenzó a soplarlo desesperadamente para darse cuenta de que nada valía y, una vez más, sacudió la caña con la ayuda de su cuerpo y logró poner a Jack ante el fuego mientras ella respiraba agitadamente boca arriba el tan anhelado aire puro.

Por espacio de unos minutos, Jack y Jacky siguieron luchando por quién dejaba abajo a quién, pero viendo que con esa actitud infantil a nada llegarían, decidieron probar otra cosa. Y así, trabajando en equipo, los dos hermanos comenzaron a sacudir fieramente la vara de abajo hacia arriba hasta que lograron desencajarla de sus asideras, y ambos cayeron pesadamente sobre el suelo al lado de la pira encendida gracias al tremendo impulso que habían tomado.

—¡¡Mi sombrero!! ¡¡Se cayó al fuego!! —gritó de pronto la capitana al darse cuenta horrorizada que el tricornio que llevaba en su cabeza había caído accidentalmente a las voraces llamas.

—¡¡Sácalo!! ¡¡Sácalo!! ¡¿Qué estás esperando, hermanita?! ¡¡Está sufriendo!! —exclamó desesperado Jack Sparrow mientras comenzaba a patalear desesperado para librarse de las sogas que ataban sus pies.

Arriesgando su propia integridad, Jacky logró sacar el tricornio del fuego con ayuda de su boca, pues aún permanecía atada como su hermano y, mientras se levantaban del suelo, lo sacudió con fuerza con su cabeza para poder apagar el pequeño fuego que se había prendido al tricornio, pero, con tan mala suerte, que solamente consiguió avivarlo aún más, llenando de pánico a la capitana.

—¡¡Mfh!! ¡¡Mnmfh!! ¡¡Mnnmpfffh!! —comenzó a balbucear completamente histérica, llamando la atención a su otro yo.

—¡¡Tíralo al suelo!! ¡¡Tíralo al suelo!! —gritó el otro lleno de pánico, sintiéndose impotente al tener la manos aún atadas detrás de su espalda.

Jacky obedeció de inmediato y una vez que el tricornio cayó al suelo, Jack comenzó a pisotearlo hasta lograr apagar el fuego en el estropeado sombrero.

—¡Uf! ¡Menos mal que no se quemó demasiado! —suspiró aliviado y agregó bastante enojado:

—Si no hubiera sido por mí, ya estaría quemado.

Su hermana no dijo nada al respecto, pues estaba contemplando con tristeza su estropeado cabello que se había chamuscado un poco con al fuego cuando había sacado a su amado sombrero de la fogata.

Alzando el tricornio con los dientes, Jack decidió que ya era hora de marcharse de allí.

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Justo en el mismo momento en que Will lograba cortar la soga de la que se encontraba atada la jaula, un griterío proveniente de la selva llamó la atención de toda la escasa tripulación del Perla Negra. ¡Los nativos ya venían en su busca!

—¡Muevan a la jaula! ¡Háganla rodar! —ordenó el joven Turner en cuanto vio que una importante cantidad de furiosos caníbales comenzó a salir de la espesa vegetación corriendo velozmente hacia ellos, portando sus temibles lanzas.

—¡Empujen! —les pidió y todos comenzaron a hacer rodar la jaula con la ayuda se sus brazos y sus piernas como si fueran ratones corriendo dentro de una esfera.

Pero justo cuando habían tomado una buena velocidad y control sobre su extraño transporte, se toparon con un declive que les otorgó mucha más velocidad, obligándolos a rodar cuesta abajo y perdiendo lamentablemente el control de la jaula y dejándolos a todos metidos en una especie de remolino, completamente alborotados. Luego de recorrer un buen trecho entre la espesa vegetación (con la fortuna de no haber chocado contra ninguno de los tantos árboles que abundaban por allí), finalmente cayeron por otra pendiente mucho más pronunciada que la anterior, haciéndolos volar y gritar por sus vidas como nunca antes lo habían hecho. Después de tocar tierra, la jaula siguió rodando sin control hasta toparse con una flexible palmera que detuvo su alocada marcha tras haberse trepado un poco sobre ella para luego volver a caer al suelo con todos sus ocupantes completamente mareados, descompuestos, golpeados y desordenados. Pero no tuvieron mucho tiempo para recuperarse, puesto que los pelegostos aún los seguían de cerca vociferando a toda voz y blandiendo sus temibles armas.

—¡Levanten la jaula! ¡¡Ya!! —exclamó Will Turner muy alarmado mientras se levantaba y constataba el peligro.

—¡Ya escucharon! —lo secundó Gibbs mientras hacía lo propio—. ¡Como el vestido de una dama!

—¡Oye! —enseguida protestó Ana María, sintiéndose muy ofendida con aquel comentario machista a la vez que se ponía en pie para cumplir con el pedido del joven Turner, no sin antes proporcionarle un buen cachetazo al pobre maestre.

—¡Lo siento! ¡Pero es que en el guión original tú no estás con nosotros! —se disculpó Gibbs, frotándose la adolorida mejilla, disponiéndose a volver a empujar la dichosa jaula, dejando a la pobre muchacha bastante confundida con aquel extraño comentario.

Levantando la jaula con todas sus fuerzas y dejando sus piernas salir por debajo de ella, nuestro amigos piratas comenzaron nuevamente su cómica, desesperada y alocada carrera para tratar de escaparse de sus enemigos, corriendo a más no poder (excepto Marty, el enano, que no alcanzaba ni por asomo el suelo debido a sus cortos miembros inferiores, quien solamente amagaba sus movimientos) para no ser alcanzados por los nativos que los perseguían desde muy cerca.

--

Mientras tanto, en una posición muy incómoda ya que ambos compartían la misma vara y permanecían atados espalda contra espalda, los dos capitanes del Perla Negra corrían con gran dificultad a través del precario puente colgante hasta pasar corriendo sobre una cerca piedras apiladas, de donde casi se cayeron a un costado debido a su poca estabilidad.

—¿Qué te parece si mejor tratamos de soltarnos de nuestras ataduras, hermanito? En este estado, jamás avanzaremos —propuso Jacky, quien era la que siempre iba corriendo de espaldas.

Haciendo caso a la propuesta de su otro yo, Jack y ella comenzaron a forcejear nerviosamente sus ligaduras dando pequeños saltitos hasta que se percataron de que un niño pelegosto los estaba observando con la boca abierta de asombro y preparado de antemano con un cuchillo y un tenedor en cada mano, listo para el banquete prometido.

Los hermanos piratas le sonrieron algo presurosos y enseguida se acercaron al chico para que Jack pudiera arrebatarle el cuchillo de la mano y utilizarlo para poder cortar sus ataduras, asustando al pequeño muchachito, quien salió corriendo de allí.

—¡Rápido! ¡Córtalas ya! ¿Qué estás esperando, idiota? —lo apremió Jacky mientras él intentaba cortar las sogas y balbuceaba algunas palabras en contra de su irrespetuosa hermana.

Pero nunca llegó a cortarlas, puesto que ambos se dieron cuenta de que habían sido descubiertos por dos mujeres pelegastos que llevaban consigo dos bandejas repletas de fruta.

Viendo que su hermano no reaccionaba, Jacky le propinó un buen taconazo en el trasero para fustigarlo, obligándolo a emprender una alocada embestida hacia las mujeres y reprimiendo un grito de dolor porque aún mantenía sujetando entre sus dientes el sombrero de Jacky. Cabe aclarar que, teniendo Jacky el esbelto cuerpo de una mujer, era mucho más ligera que su hermano, quien siempre se veía obligado a transportarla sobre sus espaldas. Las pelegostos no tuvieron ningún problema en hacerse a un lado, permitiendo que ambos piratas siguieran de largo y estrellaran la punta de la caña contra una pila de cocos. Cuando Jack se apartó de ellos, notó que un coco había quedado ensartado en la punta de la vara, así que decidió aprovecharla y, con el impulso de su propio giro, logró lanzarlo en contra de las mujeres con la intención de noquear a alguna de las dos. Pero no lo logró, puesto que una de ellas lo atajó con ambas manos a poquísimos centímetros de su rostro, bañándola con su deliciosa leche. Terriblemente furiosa, la mujer bajó el fruto y los asesinó con la mirada. Ambas mujeres estaban dispuestas a acabar con aquellos insolentes.

--

A todo eso, William Turner y los demás miembros de la reducida tripulación del capitán Jack Sparrow, aún intentaban escapar de sus hambrientos y molestos perseguidores que seguían pisándoles los talones con su increíble velocidad fruto de su estilo de vida.

—¡Sigaaan! ¡No dejen de correr! —exclamaba nuestro joven armero, dándole ánimos a los demás.

Pero gracias a la tupida vegetación tropical y sus ansias de alejarse lo más rápido posible del los Pelegostos, ninguno de ellos se dio cuenta de que estaba a punto de terminárseles el camino, cayendo de repente desde una alta cornisa hacia una profunda hondonada entre aterrorizados gritos de pavor proferidos por nuestros despavoridos protagonistas. Luego de una caída libre de varios metros de altura, la jaula y todo su contenido cayó brutalmente en contra de las aguas de un río subterráneo, haciéndose pedazos y dejando libres a sus prisioneros, quienes bajo el temible ataque de las flechas que los nativos les dirigían desde las alturas, se alejaron nadando ayudados por la corriente del agua.

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Atacados ferozmente por las dos mujeres pelegostos, los dos hermanos Sparrow trataban de evadir la enorme cantidad de proyectiles que ellas les lanzaban entre histéricos gritos frenéticos con la intención de golpearlos con dichos proyectiles que no eran otra cosa más que frutas tropicales.

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Asediados continuamente por las peligrosas y mortales flechas de sus enemigos, Will y los demás seguían nadando por las aguas del río en la búsqueda de una favorable salida hacia la libertad de aquel oscuro lugar, con la fortuna, de que ninguno de ellos había sido alcanzado por aquellas flechas.

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Mientras tanto, nuestros capitanes seguían evadiendo las frutas evitando ser golpeadas por ellas. Poco a poco, con verdadera puntería, algunas de las frutas fueron clavándose en las puntas de la caña, que permanecía horizontal gracias a la incómoda posición de los hermanos y su intento de evadirlas.

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—¡Cúbranse! —les pidió su contramaestre a sus subordinados mientras seguían evitando el toque mortal de la lluvia de flechas que había comenzado a arreciar terriblemente sobre ellos. Debían evitar a toda costa que alguno de ellos resultara herido o muerto por los pelegostos.

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Melones, sandías, papayas, ananás y demás frutas tropicales volaban por los aires disparadas por las dos mujeres pelegostos, dirigiéndose no solamente a sus "dioses", sino también, estrellándose contra cualquier cosa alrededor de ellos, haciendo mil pedazos los frutos.

—¡¡Ya basta!! —pidió la capitana Jacky Sparrow, deteniendo a sus feroces atacantes y sus proyectiles de frutas.

Y, ante la consternación de aquellas mujeres, vieron ante ellas… a una verdadera brocheta humana, teniendo como ingredientes, a Jack, Jacky y un montón de frutas ensartadas a ambos lados de la vara.

--

Guarecidos en una gruta al final del río subterráneo en donde la corriente se introducía hacia las entrañas de la Tierra por brechas más profundas e infranqueables para los seres humanos, Will, Gibbs, Ana María, Cotton y Marty, se encontraban muy afligidos mientras intentaban permanecer ocultos ante los ojos de sus peligrosos enemigos. Pero eso no fue posible, ya que, desde las alturas y entre la vegetación de la isla, decenas de pelegostos emergieron con la intención de rematarlos con sus arcos y flechas.

Nuestros protagonistas ya se hubieran dado por muertos, pero la repentina aparición del niño que había descubierto la fuga de los dioses gemelos, obligó a los pelegostos a olvidarse de ellos y centrar su atención en una fuga mucho más importante.

—¡Paka! —exclamó tratando de llamar la atención a sus mayores y apuntando en dirección a la aldea—. ¡Nade-e kaga! ¡Nade-e kaga!

Comprendiendo entonces la gravedad de la situación, los cazadores prefirieron ir en busca de los dioses fugados, abandonando a sus otras presas de menor importancia. Y aunque Will y los demás no sabían a qué venía esa repentina reacción, pudieron respirar aliviados, ya que no corrían el riesgo de morir por el momento.

--

Dando un terrible grito de "guerra" para asustar a las mujeres, Jacky volvió a propinarle un buen taconazo en el trasero a su hermano, quien salió corriendo lo más rápido que pudo, pasando de largo entre medio de las pelegostos, pero, tras el peso de la fruta que llevaba delante de él, lo hizo inclinarse hacia abajo y clavar la punta de la caña contra un montón de rocas, que, debido al gran impacto, la elasticidad de la vara, la velocidad con que había corrido Jack y el poco peso que ambos hermanos ostentaban, hizo que la caña se arqueara como un elástico, levantara a los piratas por los aires y se disparara hacia adelante girando por los aires junto a todo su cargamento, cruzando inesperadamente el precipicio de una orilla a la otra, permitiendo a Jack Sparrow caer de pie al otro lado del acantilado y a su hermana, que se había liberado de sus ataduras gracias al revoleo, caer de espaldas contra el suelo.

Levantándose del suelo un tanto adolorida y sacudiéndose el polvo de la ropa, Jacky miró a su otro yo, quien aún permanecía parado a la orilla del precipicio, sonriéndole incrédulo ante la suerte que habían tenido, pero entonces, para la desagradable sorpresa de Jack Sparrow, poco a poco las frutas ensartadas en la vara comenzaron a resbalar hacia abajo y encima de él, provocándole un peligroso contrapeso que comenzaba a inclinarlo hacia abajo en dirección al precipicio.

—¡¡Mmmfh!! —desesperado, viendo que comenzaba a inclinarse hacia atrás estando aun atado a la caña, le pidió ayuda a Jacky, quien permanecía parada frente a él con una graciosa expresión de sorpresa en su rostro.

Pero, en vez de ayudarlo, Jacky le quitó el tricornio de la boca y se lo colocó mientras, sonriente, acercaba su rostro al de él y le decía:

—Gracias por cuidar mi sombrero, hermanito, ya puedes irte… ¡adiós! —y lo empujó suavemente con el dedo índice mientras le sacaba la lengua en un claro gesto de burla y venganza.

Y mientras Jack caía de espaldas hacia el precipicio, desapareciendo ante la vista de su traidora y sonriente hermana, ésta se acercó a la orilla del acantilado y le grito:

—¡¡Eso fue por Norry, hermanitooo!!

—¡¡Esta me la vas a pagar, hermanitaaa!! —replicó su hermano mientras caía.

Con cierto aire de indiferencia, las dos nativas lo vieron caer a lo largo del acantilado al igual que su hermana, quien no se había dado cuenta de que uno de sus tobillos aún permanecía enredado de un extremo de la soga que muy pronto la arrastraría hacia abajo.

Cayendo horizontalmente entre el angosto espacio entre paredes del acantilado, los extremos de la resistente caña comenzaron a raspar dichos muros que cada vez eran más angostos hasta que, de repente, se trabaron y el impulso provocó que las ligaduras del capitán Jack Sparrow se aflojaran, lanzando a éste al vacío desenrollándose como si fuera un trompo hasta finalmente quedar colgado de uno de sus pies, terriblemente mareado. A Jacky, todo esto le hubiera hecho mucha gracia, pero justo en el momento en que Jack caía por el acantilado junto con la vara, la pirata fue cómica y abruptamente arrastrada hacia abajo gracias a la cuerda que aún la había mantenido unida a su hermano

Sin darle mayor importancia a lo ocurrido y dando por perdidos a sus "dioses", las mujeres pelegostos decidieron marcharse a hacer cosas más importantes que ver a un par de tontos caer por un precipicio.

Mientras tanto, Jack se encontraba rezando boca abajo por que no se resbalara la vara de las paredes y que la soga que lo contenía resistiera lo suficiente y no se cortara para no verse estrellado contra el suelo.

—Sólo quédate así, sólo quédate así —decía mientras juntaba las manos como si le estuviera rezando al extremo de la caña—. Sé buena chica, eso es, quédate así…

Pero justo cuando Jack había creído que se salvaría de una terrible caída, la capitana Jacky Sparrow cayó repentinamente del cielo y, para la fortuna de ella y desgracia para el otro, ésta se aferró con todas sus fuerzas a la cintura de su hermano, dándole tal tirón, que la vara comenzó a correrse.

—Vaya… —él comentó al darse cuenta de lo que iba a ocurrir.

—¡Oh, no! —se quejó Jacky mirando hacia abajo.

Y entonces, la caña se corrió y nuestros capitanes cayeron al vacío profiriendo horribles gritos de terror. Como si fuera un desfile, primero iba cayendo nuestro capitán seguido por su hermana, y a ésta la seguía la vara aun cargada de frutas, por lo que Jack fue el primero en caer de espaldas contra un frágil puente colgante, rompiéndolo y pasando de largo, atravesando dolorosamente otros cinco puentes, uno tras otro, agujereándolos para la sorpresa de un nativo que se encontraba vigilando sobre uno de los mencionados puentes, hasta que su accidentada trayectoria terminó dolorosamente en el suelo, estrellándose contra él y quedando bastante atontado. Como los puentes habían "detenido" en cierta forma su caída, el golpe contra el suelo no había sido tan tremendo.

Quejándose de dolor, el capitán Jack Sparrow, no pudo prever que su hermana había seguido la misma trayectoria que él, así que cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde.

—Oh, oh… —se quejó cuando vio a Jacky venir cayendo desde arriba gritando como una desesperada hasta terminó estrellándose brutalmente sobre él, terminado por sacarle el poco aire que aun le quedaba a nuestro capitán. A diferencia de él, nada había "frenado" la caída de Jacky, pero, afortunadamente para ella, había caído sobre algo menos duro que el mismo suelo.

—¡Mmm…! ¡Pero qué bonitos pechos…! —comentó Jack un tanto mareado al ver los bellos atributos de su hermana sobre su cara—… Hacía mucho tiempo que no los toco… ¿Puedo…?

—¡Bah…! ¡Púdrete, hermanito…! —se quejó la capitana Jacky Sparrow haciéndose a un lado, saliendo de encima de él y quedando tendida a su lado, completamente rendida y adolorida.

Pero, ella no había sido la única en caer desde arriba, puesto que la vara y las frutas los habían seguido a ambos y estaban a punto de caer sobre ellos.

—¿Eh? —incrédulo y asustado, Jack pudo ver venir a la caña peligrosamente de punta hacia ellos.

—Oh, no… —suspiró Jacky.

Afortunadamente para los dos hermanos, la caña se clavó justo entre medio de los dos, seguida por una lluvia de frutas destrozadas sobre nuestros protagonistas.

Por fin, y aunque sintieran como que los habían molido a palos, Jack y Jacky se encontraban fuera del alcance de sus carniceros nativos pelegostos.

--

Mientras tanto, en la playa, Will, Gibbs, Ana María, Cotton y Marty, se dirigían corriendo a toda velocidad hacia el Perla Negra, dispuestos a embarcarse bajo sus alas protectoras.

Ignorando la llegada de los verdaderos dueños del barco, Pintel y Ragetti, seguían con sus labores marinas.

—¡¡Suelta la amarras!! ¡¡La amarras!! —gritaba apremiante Pintel a su compañero desde la orilla de la playa, pues la marea ya había comenzado a subir y el barco pirata muy pronto vería su oportunidad de desencallar.

Pero Ragetti estaba muy lejos de obedecer aquella orden, puesto que se encontraba peleando por su ojo de madera con el monito del capitán Barbossa, quien se lo había arrebatado.

—¡Oye! ¡Ladrón! ¡Ven acá, bola de pelos! ¡Dámelo! —se quejó cuando el animalito se le adelantó, tomando con sus manitos el ojo que se encontraba rodando por la cubierta perseguida en cuatro patas por su tuerto y flacucho dueño.

A salvo sobre uno de los cañones, Jack (que así se llamaba el mono), comenzó a mordisquear el ojo para la aflicción de su dueño

—¡No lo muerdas! —suplicó, pero entonces, logró escuchar a su amigo, quien seguía pidiéndole que soltara las amarras, así que se levantó y se dirigió hacia la balaustrada en donde se encontraba el loro de Cotton.

—¡Tiene mi ojo! ¡No me lo devuelve! —le dio las quejas a su amigo.

—¡¿Cómo lo recuperaste la última vez?! —le preguntó Pintel un tanto fastidiado justo en el momento en que Gibbs y los demás llegaban hasta donde él se encontraba, tomándolo por sorpresa.

—¡Excelente! ¡Hicieron la mitad el trabajo! —lo felicitó el maestre Gibbs pasando de largo ante el sorprendido pirata.

—¡Lo hicimos para ustedes, sabíamos que volverían! —mintió, presuroso por quedar bien ante los legítimos tripulantes de la nave.

—¡¡Muchachos, a zarpar!! —ordenó Gibbs.

—¡Aun falta Jack! —se detuvo el joven Turner—. ¡Sin él no me voy!

Gibbs quiso replicarle, pero justo en ese mismo momento, para la sorpresa de todos, escucharon la voz del mencionado capitán, a quien vieron salir corriendo como loco detrás de la falda de un montaña a varios metros de distancia del ellos, acompañado por su contraparte femenina, quienes, al ver el Perla Negra, doblaron corriendo hacia esa dirección.

—¿Ésa es Jacky Sparrow? —preguntó Will entre feliz y maravillado de ver que ambos se habían escapado de las fauces de los pelegostos.

Pero aquella felicidad duró muy poco cuando William Turner y los demás vieron aparecer con horror a un enorme grupo de salvajes pelegostos que corrían furiosos blandiendo sus armas en contra de los hermanos fugados a quienes perseguían incansablemente.

—… Tal vez sí me vaya… —comentó el joven muchacho tragando saliva al notar el peligro que se le avecinaba, dirigiéndose presuroso hacia el barco con los demás asustados miembros de la tripulación.

—¡¡Huyamos, ahora!! —ordenó Gibbs inmediatamente mientras todos comenzaban a abordar el Perla para tomar sus posiciones y zarpar lo más rápido posible y alejarse de aquella condenada isla repleta de peligrosos caníbales.

—¿Pero qué están haciendo? —inquirió Will al ver en la lejanía, a Jack y a Jacky tironeando algo mientras corrían.

—¿Están peleando por el tricornio? —preguntó Gibbs un tanto consternado.

—¡Esos tontos! —exclamó muy enojada Ana María mientras ponía los brazos en jarra—. ¡Solo a ellos se les ocurriría pelear por un cochino sombrero en un momento como éste!

—¡Suéltalo! ¡Es mío! —gritó Jack mientras intentaba arrebatarle el sombrero a su hermana.

—¡No! ¡Este tricornio es mío! ¡Suéltalo tú! —replicó enojada negándose a soltarlos.

Y así siguieron por el espacio de unos momentos hasta que, Jack, siendo más fuerte que su hermana, logró quitarle el sombrero de las manos y empujarla hacia la arena, cayendo ésta, sentada sombre el suelo.

Ya estaba a punto de quejarse, cuando su instinto la hizo volver su rostro hacia atrás para percatarse horrorizada, que los caníbales estaban muy cerca de ella y a punto de atraparla. Gritando despavorida, Jacky se levantó del suelo en un santiamén y salió disparada hacia adelante, evitando que la capturaran por muy poco.

En cuanto logró alcanzar a su hermano, le sacó el sombrero de la cabeza y lo empujó hacia atrás para que fuera a él a quien atraparan los temibles pelegostos que les pisaban los talones. Y entonces, comenzó otra escena cómica entre los hermanos Sparrow, enojado con su hermana, Jack la tomó por el cinturón y la jaló hacia atrás para que fuera ella la última mientras le quitaba el sombrero. Pero, Jacky, al verse en semejante posición, decidió hacer lo mismo y, tomando del cinturón de su hermano, lo tironeó detrás suyo a la vez le quitaba el tricornio y se lo colocaba sobre su cabeza. Dando un grito de desesperación al ver a los nativos tan cerca de él, Jack volvió a jalar a su hermana detrás suyo al tiempo que recuperaba el tricornio y se lo ponía. Furiosa, Jacky volvió a jalar a Jack hasta dejarlo atrás de ella mientras le quitaba el sombrero de la cabeza. Fastidiado, Jack hizo otro tanto con Jacky y luego ésta volvió a repetir la misma acción contra él, y así, ambos piratas siguieron comportándose como niñitos caprichosos haciendo lo mismo cada instante mientras se escapaban de los pelegostos y se dirigían al Perla Negra.

—¡¡Velas a todo lo que dan!! —Gibbs seguía dando órdenes a la vez que subía por el casco del barco mientras los hermanos Sparrows se cruzaban con el perro que había venido con Pintel y Ragetti, quien se encontraba parado en medio de la playa ladrándoles a los pelegostos.

—¡Buen perro! —le dijo Jack mientras pasaba corriendo al lado del can.

Gritando como locos y peleando por quién dejaba atrás al otro y se quedaba con el tricornio, los capitanes Sparrow por fin lograron llegar hasta su amado Perla Negra tras haber chapoteado desesperados la orilla del mar, temiendo que su propia tripulación los dejara librados a su suerte. Cave aclarar, que Jack y Jacky, también se pelearon por quién subía primero por el casco de la nave, empujando y tironeando al otro hasta que por fin, ambos se aferraron a las cuerdas al mismo tiempo que el otro.

Desesperados y frustrados, los pelegostos se detuvieron a la orilla del mar mientras veían cómo sus dioses escapaban de ellos negándoles un suculento sacrificio.

Sintiéndose muy orgullosos tras haber escapado de aquellos locos, los capitanes decidieron despedirse de ellos con su chascarrillo preferido. Y así, extendiendo sus brazos al mismo tiempo en señal de despedida, exclamaron:

—¡Y como nikuls nikuls decía: "Todos recordarán éste día como el día en que casi se comieron al…"! —pero entonces, una inesperada ola los golpeó de lleno, empapándolos completamente tanto a ellos como a su humor, así que decidieron seguir trepando para abordar de una vez al Perla mientras terminaban de mala gana su típica frase:

—… al capitán Jack Sparrow...

—¡Capitana Jacky Sparrow! —corrigió Jacky muy molesta mientras le descargaba un fuerte sopapo en la nuca de su hermano, quien la miró furioso y le dijo mientras se friccionaba el golpe:

—¿Qué te parece: "capitanes Sparrows", mi fastidiosa hermanita?

—Me parece fantástico. Vamos a nuestro camarote para festejar nuestro acuerdo con mucho ron —le contestó sonriente mientras se apresuraba a llegar a cubierta seguida por un preocupadísimo Jack Sparrow.

—¡Oye, hermanita! ¡Debemos arreglar eso de a quién le pertenece todo el cargamento de ron!

Mientras tanto, los pelegostos se deshacían en lamentaciones al ver cómo los dioses gemelos de alejaban de la isla a bordo de aquel enorme bote negro, pero entonces, entre sus numerosas quejas, a todos les llamó la atención unos insistentes ladridos a sus espaldas y, que al volverse, se dieron cuenta de la presencia del perro y toda lamentación cesó inmediatamente al encontrar un nuevo objeto de su admiración.

Dándose cuenta en lío en el que se había metido, el pobre animal dejó de ladrar y salió huyendo a través de la playa perseguido frenéticamente por sus nuevos adoradores.

Continuará... ¡Yo-oh-oh, y una botella de ron!

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Notas de una Bloguera Arrinconada:
                                                                  Anoche vi la película Amenaza en lo Profundo.
                                                                  Recuerdo cuando comencé a escribir la adaptación de la segunda y la tercera películas de Piratas del Caribe... ¡Fue una tarea titánica que duró años! Lo bueno es que salió bastante bien, según mis lectores, pero yo le agarré una fobia tremenda a cualquier película de esa saga así que ni siquiera volví a verlas, ni a las que vi y ni a las que no vi.
                                                                  Me he dado cuenta que soy una persona que cree más en el destino que en los milagros, o sea, está en el destino de una persona salvarse o no, por más buena persona o mala persona que haya sido, por más rezos que hayan rezado por esa persona. Y no lo veo mal, lo veo completamente normal y no afecta en nada mi fe en Dios. 
                                                                  ¡Muchas gracias por leer y seguir mi blog! ¡Y recuerden! ¡Permitan la publicidad y traigan más visitantes, se los agradecería un montón si les dicen qué pueden conseguir en él porque si alguien lo visita por primera vez, no sabrá para qué sirve este blog! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!! ¡Cuídense! ¡Hasta la próxima entrada!

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