El Intrépido Bravucón -Novela estilo Anime- Parte 7: Cuando nada es lo que parece


Resumen de la historia: Año 1740. Bajo la falsa identidad de Dom Sebastião de Almeida e Meneses, caballero de confianza para asuntos delicados, se esconde un incansable picaflor experto con la espada y un pasado oscuro como pirata, ahora realiza trabajos imposibles para la aristocracia. Pero todo cambia cuando conoce al buen doctor Christian Jacobson, ingenuo, despistado y… ¡virgen!
Sebastián perderá completamente la cabeza por él y se empeñará en conquistarlo, a pesar de su férrea negativa… ¿fingida?
Juntos conocerán a toda clase de personajes, amigos y enemigos, que los llevarán a vivir historias increíbles, llenas de aventuras, humor, drama y romance, mientras convierten la casa de Christian en la sede de la peculiar Agencia de Asuntos Extraordinarios. 
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Categoría: Ficción original
Género: steampunk y clockpunk con fantasía histórica y aventura, romance, comedia,, acción, ucronía, retrofuturismo, bromance, yaoi/shōnen-ai/BL
Contenido: romance entre dos hombres, tratado desde el afecto y los sentimientos, sin escenas sexuales explícitas.
Parejas: Sebastián de Almeida e Meneses/Seagull Hood y Christian Jacobson
Estilo: aventura episódica con personajes e historias inspirados desde el anime
Formato: Novela por capítulos
Estado: En publicación
Calificación: 13+ — Adolescentes y adultos
Advertencia de contenido: aventura con violencia moderada, peligro, situaciones de tensión y romance entre personajes masculinos. Sin contenido sexual explícito.
Cantidad de palabras: por verse
Duración: por verse
Día de publicación: Lunes (Si se puede)
Año de publicación: 2026-20...¿? (Iniciado el 16 de Septiembre del 2026 y finalizado el... ya veremos cuándo)
Primera Publicación: El Rincón de Gabriella Yu 3
Escritora: Gabriella Yu
Mi estilo: estoy influenciada principalmente por el anime, los dramas asiáticos, la literatura universal y las películas. Soy una narradora de personajes muy visual. Me interesa descubrir quiénes son, qué sienten, por qué actúan como actúan y cómo las experiencias los transforman. Voy descubriendo sus historias a medida que avanzo con las historias que ellos mismos me cuentan... ¡Y no me maten, sólo soy una escritora aficionada y puedo cometer errores! ¡Sólo me interesa contar historias, no la estructura gramatical ni ser una profesional! XD


Parte 7: Cuando nada es lo que parece


6 de Agosto de 1740

Abuela, tengo miedo.

Mamá, tengo miedo.

Padre, tengo miedo.

El marqués está herido.

Yo estoy asustada.

¿Quién es este hombre?

Me da miedo, mucho miedo…


Ya estaba atardeciendo cuando dos jinetes en sus caballos pasaron a toda velocidad por un sendero que llevaba hacia un viejo y derruido castillo medieval que se encontraba sobre una atalaya. El doctor Christian Jacobson era uno de los jinetes y el otro el Duque Armand-Louis de La Rochefoucauld. Sus rostros reflejaban una enorme preocupación por la seguridad de Constance y del marqués Gaspard-Henri de Valençay.

Cuando llegaron al pie del castillo, ambos desmontaron casi al mismo tiempo, Christian con firmeza pero el padre de Constance casi perdió el equilibrio en cuanto sus pies tocaron el suelo. Estaba tan angustiado por su hija que sentía que las piernas ya no podían sostenerlo.

—¿Se siente bien? —Christian lo sostuvo del brazo rápidamente, pero el Duque se soltó rápidamente de él, sintiéndose avergonzado y vulnerable por primera vez en su vida.

—So-Sólo estoy un poco nervioso… —mintió, tratando de controlar el miedo.

—Su hija estará bien, no se preocupe Duque, para eso trajimos la recompensa que nos pidieron a cambio de ella —le dijo en un tono muy suave y comprensivo.

Aquella mirada tan compasiva desarmó al Duque por completo, terminando de derribar la última fortaleza que le quedaba, y se tapó el rostro con ambas manos tratando de reprimir un llanto desesperado.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —exclamó—. Siempre he tenido todo bajo control, todo, hasta mi familia… ¡Y la sola idea de perder a Constance me aterroriza!

Christian sonrió conmovido y le colocó suavemente su esbelta mano sobre el hombro del afligido padre.

—No se puede tener el control siempre, Duque, pero no por eso lo vuelve un hombre débil ni incompetente. Tenga confianza en usted y en Constance y verá que todo saldrá bien, recuerde que tenemos la recompensa.

El Duque lo miró seriamente, habiendo podido recuperar la compostura.

—Y ellos tienen a mi hija —agregó—. Vamos.

—Sí.

Y juntos entraron por el enorme portal de piedra del castillo, esperando que todo saliera bien.

¿Cómo habían llegado hasta ese lugar? Resulta que en el momento en que el padre de Constance se presentó a la puerta de Christian, Emma estaba extendiendo la ropa de su joven inquilina en el tendedero de detrás de la casa y escuchó de repente un breve grito femenino a sus espaldas, se volvió y vio con horror cómo un hombre enorme vestido como un bandolero se llevaba a Constance sobre su hombro y al marqués en uno de sus brazos en jarra. Los dos estaban inconscientes y Billy en el suelo, mirando directo hacia aquel sujeto. Elvaliente muchacho había tratado de evitar aquella tragedia, pero nada podía hacer contra un sujeto de semejante musculatura y tamaño. Emma no quiso ver más y corrió hacia la casa para avisarle a su señor.

Una vez que fueron avisados, Christian, el duque y el mayordomo corrieron hasta Billy y respiraron tranquilos al ver que no estaba herido, pero el padre de Constance estaba tan nervioso que quiso presionar al chico para que hablara y Christian tuvo que detenerlo y decirle que Billy era sordomudo, entonces, para sorpresa de todos, el muchachito extendió un papel arrugado y sucio que el duque se lo arrebató de inmediato. Era una nota del secuestrador, sus exigencias. Debía llevar una gran suma de monedas de oro a un lugar y horario determinados si quería salvar las vidas de Constance y del marqués, dinero que Christian le prestó sin dudar y que el Duque iba a devolver una vez que todo estuviera resuelto, o eso esperaba.

 Mientras caminaban a través de las sombras del interior del arruinado castillo, lograron distinguir los haces de luz de una antorcha, así que se acercaron cuidadosamente hacia allí hasta llegar a un lugar amplio del castillo en donde el techo había colapsado hacía ya muchos años atrás y la luz de la luna bañaba todo aquel lugar además de unas cuantas antorchas cuyo movimientos eran dictados por la brisa nocturna, dibujando sombras inquietas a su alrededor. 

Entonces, Armand la vio.

—¡Constance!

La chica estaba atada de pies y manos, amordazada pero consiente. Comenzó a llorar desesperadamente al verlo, bajo el bozal parecía llamarlo. El marqués estaba a su lado, también atado, pero inconsciente. Una mancha roja se extendía por sobre su brazo derecho. Era sangre.

El duque corrió hacia su hija y trató de desatarla rápidamente. Christian también se acercó para comprobar que ella estuviera bien y luego se dirigió hacia el marqués para revisarlo y desatarlo.

—¡No te preocupes, hija mía! ¡Ya estoy aquí, vine a rescatarte! —Exclamó Armand, tratando de no llorar, tratando de mantener su orgullo frente a su hija, su dignidad. Constance lo notó y eso la sorprendió aún más, siempre había creído nunca fue valiosa para él.

—El marqués está bien, sólo es una herida superficial en el antebrazo —comentó Christian, concentrado en su tarea de revisarlo.

Cuando apenas Armand terminó de desatar las manos de su hija, escucharon una risa, una risa lenta, profunda y llena de maldad. Los ojos de todos, menos del marqués que seguía desmayado, se volvieron hacia el otro extremo del claro, y divisaron con horror a un hombre alto, bastante alto, robusto como un árbol, vestido como un pirata, con un parche en el ojo, un tricornio sobre su cabeza y un par de sables que llevaba cruzados detrás de su espalda. Parecía ser peligroso, muy peligroso.

—¡Tú! ¡Maldito desgraciado! ¡Perro traidor! —Exclamó con furia el duque, poniéndose de pie para la sorpresa de Constance y Christian—. ¿Qué demonios hiciste? ¡Nunca te ordené secuestrar a mi hija!

Por toda respuesta, el desconocido volvió a reírse. Christian y Constance estaban en shock, jamás hubieran siquiera imaginado que el duque estuviera implicado con aquel hombre, con el mismo secuestrador.

—No, no lo hizo, duque, pero pensé que podría ganar algún dinero extra secuestrándola.

—¿Algún dinero extra? ¿Acaso te volviste loco? ¡Te pagué bien para que siguieras a ese granuja de Almeida e Meneses y le dieras una paliza después de que encontrara a mi hija!

Christian y Constance se le quedaron mirando sin entender nada.

El secuestrador volvió a reírse, enfureciendo aún más a Armand.

—No se preocupe por ese encargo, duque. Le daré una paliza a ese hombre, cumpliré con mi trato y usted tendrá que pagarme… otra vez —Dejó de sonreír, su expresión se volvió cruel—. O si no, ni usted ni su hija volverán a ver la luz del sol.

—¡Desgraciado! —Armand sacó una pistola de chispa del interior de su casaca, dispuesto a dispararle, pero el secuestrador desenvainó en un segundo uno de los sables, acercándose a él con una velocidad increíble, entonces le cortó el cañón del arma con un sablazo y le propinó una tremenda patada en el estómago, lanzando al duque contra la pared, dándose otro formidable golpe, y cayó inconsciente al suelo.

—¡Padre! —Constance corrió hacia él para tomarlo entre sus brazos, llorando aterrorizada—. ¡Padre! ¡Padre! ¡Despierta, por favor!

El duque apenas logró entreabrir los ojos, le dolía todo el cuerpo y apenas podía ordenar sus ideas y sentimientos. Christian llegó hasta ellos para revisarlo y confirmar su estado.

—Constance…

—Padre…

—Hija… —Levantó lentamente la mano temblorosa hasta tocar suavemente la mejilla se su hija. Era tan suave que sus ojos se llenaron de lágrimas, comprendiendo que casi nunca le había demostrado cariño a una niña tan tranquila y dócil como ella. Nunca les había dado problemas hasta el momento en que escapó, y comprendió que ese escape se debía a su propia culpa por obligarla a casarse con un desconocido—. Perdóname…

—¿Qué? Pero, padre…

—No, escucha… —Negó con la cabeza—. Nunca fui bueno ni contigo ni con tu madre… Siempre creí que era yo quien debía tomar las decisiones en la familia, aunque a ustedes no les gustara… Pero este error me ha hecho comprender lo idiota que he sido y soy… —Apretó débilmente la mano de Constance—. Mi querida hija, escucha… Si no quieres casarte, no lo hagas…

—¡Oh! ¡Padre! ¡Padre! ¡No quiero perderte!—Comenzó a llorar, colocando su frente sobre la mano de Armand, sintiendo una mezcla de miedo y agradecimiento en su corazón.

Al escuchar eso, Christian no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Desde pequeño, siempre había sido muy sensible hacia los sentimientos de las demás personas.

—No te preocupes, Constance, tu padre no tiene ninguna herida que haga peligrar su vida —le dijo con suavidad.

—Qué bien… —replicó la chica, sonriendo débilmente, aliviada.

—No, no está bien. Ahora no.

Aquella voz los sobresaltó, porque no era la voz del secuestrador, sino que era la del mismo marqués. 

Miraron hacia el sitio en donde estaba y lo vieron levantarse lentamente, desatándose y sacándose la mordaza con una tranquilidad fríamente calculada.

—No está nada bien —Repitió.

—¿Ma-Marqués? —Apenas pudo decir Constance.

—¿Q-qué quiere decir con eso…? —preguntó el duque, aún entre los brazos de su hija, sin entender nada de lo que estaba pasando.

Christian también estaba sorprendido, pero supo que algo estaba muy mal con sólo haber visto la facilidad con la que aquel hombre se liberó de sus ataduras por sí mismo. Además, su mirada era ahora fría y calculadora, revelando a un hombre muy peligroso. Ya no era aquella amable persona de modales cálidos y enamorado de Constance. Todo había sido un elaborado engaño y las cosas iban a emporar muy rápido.

—Ay no… —murmuró.

El marqués continuó con su explicación. Le resultaba muy placentero ser el centro de la atención.

—Que no está nada bien que ahora usted esté con vida después de lo que dijo, tendré que cambiar mis planes. Lo mejor hubiera sido que usted pagara el rescate y yo me casara con su hija, luego yo lo asesinaría para ser el único hombre y jefe de la poderosa familia de la Rochefoucauld, pero como ahora cambió de opinión con respecto a mi matrimonio con su hija, tendré que eliminarlo, tomar el dinero del rescate y casarme por la fuerza con su hija y quedarme con todas sus riquezas y su linda esposa también. ¿Qué le parece? Sólo tengo que cambiar un poco mi plan original y estará todo solucionado.

—¿Solucionado? ¿Planes? ¿Quedarte con mi hija y mi esposa? —Armand se puso de pie a duras penas, ayudado por Cosntance. Estaba furioso—. ¿Entonces tú fuiste quien contrató a este sujeto para que secuestrara a Cosntance?

—Por supuesto, no hay que ser un genio para darse cuenta de eso, ¿verdad?

El duque apretó los dientes, furioso por la humillación. El marqués siguió hablando, comenzando a dar un paseo por el lugar, como si disfrutara de compartir sus ideas con ellos.

—Cuando supe que usted contrató a este armario con piernas para que vigilara a Sebastián y le diera una tunda cuando encontrara a su hija, yo le propuse que la secuestrara y pidiera rescate, que le pagaría bien por ello. 

—¿Pero por qué secuestrarla? ¿Por qué si había dado mi consentimiento para que mi hija se casara con usted?

—Por codicia —Lo miró fijo, sonriente, como si aquel motivo fuera lo más natural del mundo—.  Si alguien puede sacar más provecho de algo, ¿acaso no lo haría? El plan era simple: secuestrarme a mí y a Constance, pedir el rescate y devolverle a su hija sana y salva, y claro, esperar la boda con los bolsillos llenos. 

—Y yo cobraría por ambos trabajos —. Sonrió el secuestrador.

El marqués siguió hablando.

—Tenía planeado secuestrarla dentro de unos días, cuando la convenciera de casarse conmigo al hacerle ver la buena persona que yo era… ¡Las niñas inocentes son tan estúpidas que se entregan sin dudar a cualquiera que les prometa el paraíso en la Tierra!

—¡Oh! —Horrorizada, Constance se llevó la mano a la boca, comenzando a llorar en silencio, dándose cuenta que estuvo a punto de aceptar casarse con aquel hombre sólo porque le había parecido una buena persona.

—Maldito… —El duque cerró los puños con fuerza. Comprendiendo que estuvo a punto de entregar a su hija a un hombre tan cruel como ese sólo por acrecentar su estatus social.

—¿¡Cómo te atreves a jugar así con los sentimientos de las chicas inocentes!?  —se quejó Christian, con los puños crispados y las lágrimas saltando de sus ojos claros, furioso, sorprendiendo a todos—. ¡No tienes ningún derecho de hacer algo así! ¡Es injusto! ¡Una crueldad!

El marqués fijó su atención sobre él y sonrió. Le hizo gracias ver a ese pequeño hombrecito de aspecto frágil poner tanta pasión en sus palabras. 

—No es una crueldad tratar sobrevivir en este mundo utilizando a los demás, mi querido doctor Jacobson, es la ley de la selva.

—No vivimos en una selva, marqués, vivimos en una sociedad civilizada.

El aludido se rió con gusto, haciendo un gesto con la mano como si estuviera espantado a una mosca.

—¿De verdad cree eso, mi querido doctor? ¡Qué iluso es usted!

—No lo soy. Si la ley de la selva realmente existiría entre nosotros,  no viviríamos como vivimos hoy, con orden y en relativa paz, y estoy seguro de que seguiremos evolucionando como una sociedad ordenada viviendo como seres civilizados.

Un tenso silencio siguió a esas palabras llenas de idealismo y fe, al marqués se le había borrado la sonrisa y una especie de furia se había encendido en sus ojos grises.

—Odio a los aristócratas que no saben valorar su nivel privilegiado de poder y estatus por sobre la estúpida plebe —dijo con una calma escalofriante. Metió la mano dentro de la casaca y sacó lentamente una pistola de chispa mientras los ojos de los demás comenzaban a abrirse al mismo ritmo, palideciendo de terror. 

Apuntó hace ellos. El enorme pirata simplemente se quedó observando con divertida atención desde el otro lado del claro, cruzándose de brazos.

—Mi querido doctor, ¿qué le parece si ponemos a prueba sus estúpidos ideales? Como todos sabemos, sólo hay una bala en esta arma, que gustosamente la utilizaría en usted, pero no voy a cambiar mis planes por un estúpido idealista. ¡¡¡Esta bala es para el imbécil del duque!!!

Se escuchó un disparo y el grito de Constance. La pistola del marqués se hizo pedazos y se escuchó un desgarrador grito de dolor. Una mano sana tomó la otra ensangrentada. Constance y su padre estaban petrificados… 

…y Christian sostenía su arma humeante firmemente apuntada hacia el sorprendido marqués, quien sostenía su otra mano herida, temblando de ira y dolor, con la mirada fija sobre él.

—No permitiré que les haga daño, marqués de Valencay —le dijo Christian con una firmeza de voluntad tan grande que sólo logró que el aludido estallara de furia.

—¿¡QUE NO LO PERMITIRÁS!? ¿¡QUE NO LO PERMITIRÁS!? ¿¡PERO QUIÉN DIABLOS TE HAS CREÍDO QUE ERES, MALDITO AFEMINADO!? 

—¿Afe… minado…? —Christian parpadeó, incrédulo, perdiendo toda la gallardía de su postura en un segundo.

—¡OYE, TÚ! —El marqués se dirigió hacia el pirata secuestrador—. ¡ACABA CON ESE ESTÚPIDO Y CON EL DUQUE DE UNA VEZ! ¡LOS QUIERO MUERTOS! ¡AHORA!

El aludido se rió suavemente, disfrutando de aquella orden.

—Será un placer, marqués.

Para el horror de Christian, Constance y su padre, aquel enorme sujeto desenvainó los dos sables, comenzando a caminar hacia ellos mientras se relamía los labios de placer. 

—¡Oh, padre! —La joven abrazó al duque, escondiendo el rostro en su pecho, temblando de miedo. Armand también la abrazó, tratando de protegerla mientras observaba impotente cómo el pirata se dirigía hacia ellos sin detenerse, paso a paso.

Christian sabía que no tenían oportunidad de sobrevivir, que Constance quedaría sola a merced de aquellos hombres, y aunque se moría de miedo ante la posibilidad de encontrar una muerte dolorosa, con sólo mirar hacia la joven y a su padre, supo lo que tenía que hacer, por más inútil que eso fuera.

Dio un paso y se interpuso entre ellos y el pirata, abriendo los brazos. Ya no temblaba, estaba decidido a hacer hasta lo imposible para protegerlos, y más ahora, que parecía que la relación entre padre e hija iba a cambiar para mejor.

Si algo malo les pasaba ahora, todo habría sido en vano.

—¿Qué estás intentando hacer, hombrecito? —Se burló el pirata, sin detenerse.

—No permitiré que les hagas daño.

Su interlocutor se rió.

—¿Dices que no lo permitirás? Mírate. Eres pequeño. Pareces tan frágil como una mujer… ¡Podría derribarte con un soplido!

Christian apretó los dientes furioso. Odiaba que lo trataran como a un debilucho por su aspecto.

—¡Inténtalo! ¡No me moveré de aquí!

El marqués lo observaba con renovado interés. Se lamentó brevemente el haber ordenado eliminarlo, pues le hubiera gustado hacerse cargo él mismo del pequeño doctor.

El pirata sonrió satisfecho.

—Como quieras.

Se detuvo frente a él, a unos pasos se distancia y alzó uno de los sables sobre su rubia cabeza. Christian no le quitó la mirada de encima, desafiándolo a pesar de que sus piernas comenzaban a temblar de miedo y su corazón le latía a mil por hora. 

Constance seguía agarrada fuertemente a su padre, y él no podía quitar la vista de encima de la esbelta espalda de aquel valiente muchacho que estaba arriesgando su vida por ellos… completamente en vano. 

—Despídete de este mundo —Sentenció el secuestrador.

Bajó el sable de un golpe y Christian cerró los ojos, esperando el golpe mortal… pero escuchó un estruendo metálico y el golpe mortal nunca llegó.

Extrañado, Christian abrió lentamente los ojos y se sorprendió al ver ante él a un hombre alto de hombros anchos, cabello negro largo y rizado, un sombrero negro extravagante con una pluma roja, con una enorme capa ondeando sobre su espalda… Y una espada rapier bloqueando elegante pero fuertemente el sable del atacante, quien lo miraba con los ojos desencajados, asombrado.

—Don Sebastián… —Murmuró Christian, aún incrédulo, dejándose caer de rodillas al suelo, aliviado.

El aludido lo miró por el rabillo del ojo, y le dijo, sonriendo:

—Tranquilo, mi querido y valiente doctor, ya estoy aquí.


 
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